¿Quiénes somos?

 

El Escudo
de la
Congregación del Santisimo Redentor

 


 

Historia y significado

En nuestros textos legislativos (Reglas de 1749, Constituciones de 1764, Constituciones y Estatutos de 1982) no hay nada sobre el escudo de la Congregación. Se habla sólo del sello. Pero este sello ha sido usado siempre como escudo de la Congregación.

El estatuto 06, que reproduce sustancialmente la const. 717 de 1764, define así el sello:

«El sello de la Congregación está formado por una cruz con la lanza y la esponja, puestos sobre tres montes; a los lados de la cruz figuran los nombres abreviados de Jesús y de María; sobre la cruz, un ojo con rayos luminosos; encima de todo una corona. Alrededor del sello se lee: “Copiosa Apud Eum Redemptio” (cf. Salmo 129,7)».

Origen

Desde el principio de la fundación se vio la necesidad de tener un sello con el que garantizar legalmente los documentos que se debían presentar ante las autoridades civiles o religiosas para la aprobación del instituto y de sus reglas y de las nuevas fundaciones. Para ello s. Alfonso y sus primeros compañeros escogieron algunos símbolos religiosos que, de alguna manera, indicaban la idea o finalidad del nuevo instituto, añadiendo algunos elementos decorativos que seguían, más o menos, las normas de la heráldica.

La elaboración del sello llevó varios años, pero no sabemos con precisión todos los pasos que se dieron hasta llegar a un sello definitivo. En la Casa Anastasio, Scala, hay un grafito, atribuido al Hno. Vito Curzio, que se considera como el primer escudo del instituto. En el pared, junto al horno, se ve la cruz sobre un monte, la lanza, la esponja, una escalera, con la fecha 1738. El sello de la Congregación quedó prácticamente definido antes de la aprobación pontificia de las Reglas (1749), como se ve en las actas de la Asamblea capitular de 1747.

El secretario había escrito: El sello: la cruz sobre tres montes, y encima de la cruz el ojo radiante. S. Alfonso tachó las palabras y encima de la cruz el ojo radiante, y añadió: la cruz con la lanza y la esponja, y al lado los nombres de Jesús y de María. Sobre la cruz un ojo radiante, y encima la corona. Y a continuación viene el dibujo del sello.

Pero en este sello, que parece dibujado por s. Alfonso, se encuentra la divisa Copiosa apud eum redemptio y el escudo está apoyado en dos pequeños ramos (¿de palma?). Este último detalle no aparece con esta forma en ningún sello o escudo y nunca fue tenido en cuenta en la legislación de la Congregación. Desde la segunda mitad del s. XIX el ramo de laurel y el ramo de olivo, otras veces de palma, aparecen frecuentemente en el escudo de la Congregación. Pero sobre esto no se dice nada en las Constituciones.

Dos años después de la Asamblea de 1747 el sello de la Congregación aparece en la portada de la segunda edición de las Visitas al Santísimo, Nápoles 1749, y desde entonces se ha considerado como escudo de la Congregación.


El escudo y su simbolismo

Nunca ha habido una explicación oficial de los elementos que constituyen el sello o escudo del instituto. Los elementos simbólicos que lo componen representan la
obra de la redención realizada por Jesucristo y que el instituto debe anunciar bajo la protección de María. De ahí la cruz sobre el monte con la lanza y la esponja, los nombres de Jesús y de María, y la divisa Copiosa apud eum redemptio.

En heráldica un ojo dentro de un triángulo equilátero es símbolo de la Trinidad. Faltando aquí el triángulo, el ojo puede interpretarse también como la mirada misericordiosa de Dios sobre la humanidad, la providencia divina.

Elementos heráldicos, complementarios o de adorno, pueden considerarse la corona (de marqués) y la rama de palma, o de laurel y de olivo. La corona sobre el escudo puede interpretarse como la corona de gloria que se merece con la perseverancia en la vocación. Y la misma interpretación de triunfo y de premio puede darse a la palma, olivo o laurel. Las tres cimas del monte no tiene un valor simbólico especial; es el modo normal de representar un monte según las normas de la heráldica.

No sabemos qué movió a s. Alfonso y a sus compañeros a escoger los elementos que componen el sello-escudo de la Congregación. Las actas de la asamblea capitular de 1747, no dan ninguna explicación. Los símbolos escogidos se justifican por sí mismos como expresión de la finalidad y espiritualidad de un instituto misionero bajo el nombre del Santísimo Salvador. Pero algunos biógrafos de s. Alfonso consideran que de alguna manera influyeron en la elaboración del sello los hechos extraordinarios que tuvieron lugar en Scala durante la exposición del Santísimo Sacramento, especialmente en el triduo precedente a la fundación del Instituto, 9 de noviembre de 1732. Los testigos afirman haber visto en la hostia una cruz negra, o de color oscuro, sobre un monte, y los instrumentos de la pasión; y varios hablan de una estrella, o estrellas, y de una cosa blanca, como una nube. S. Alfonso dice que él vio «una cruz de color oscuro, y le pareció ver una nubecilla como una estrella que era más blanca que las especies sacramentales y que estaba al lado de la cruz, la cual era de color oscuro».

Mons. Falcoia informó a s. Alfonso al día siguiente de la primera «aparición» (11 de septiembre de 1732), diciéndole que las monjas, pasado el susto del primer momento, pensaban que «con esto su Divina Majestad ha querido autenticar y confirmar el Instituto».

Por todo esto, no es de extrañar la coincidencia de los elementos principales del sello o escudo del instituto con el contenido fundamental de las apariciones eucarísticas: el monte, la cruz y los instrumentos de la pasión.

Copiosa apud eum redemptio

Como divisa del sello mons. Falcoia, en 1736, había propuesto Jer 1,11: Virgam vigilantem ego video. S. Alfonso prefirió el salmo 129,7: Copiosa apud eum redemptio. Repetidas veces s. Alfonso usa en sus escritos estas palabras del salmo, siempre con la intención declarada de estimular la confianza del pecador en la misericordia infinita de Dios, pues por medio de Jesucristo, con la obra de la redención, ha demostrado su inmenso amor a todos los hombres al perdonar nuestros pecados y hacernos hijos suyos. La redención es la prueba de que Dios nos ama y tiene misericordia de nosotros, porque nos perdona y nos colma de bienes.

En su libro Traducción de los salmos y de los cánticos del oficio divino, en la introducción al salmo 129, s. Alfonso indica el sentido fundamental de este salmo como expresión de la confianza del pecador en la misericordia divina por medio de Jesucristo: «En este salmo se consideran los judíos antes de la liberación de la esclavitud de Babilonia. Sirve, por tanto, para todo pecador que, oprimido por el peso de sus pecados, pide
a Dios socorro».


Y el versículo 7 s. Alfonso lo comenta así: «Aquí indica el profeta el fundamento de todas nuestras esperanzas, que es la sangre de Cristo, con la cual había de redimir al género humano. Por eso dice: porque la misericordia de Dios es infinita y bien puede él redimirnos de todos nuestros males con abundantes ayudas».

La redención es copiosa no sólo porque nos libra del pecado y de todos sus efectos, sino porque además nos da una vida nueva en Cristo. Esto lo expresa s. Alfonso al poner en relación el versículo 7 del salmo 129 con otros textos que hablan de la «abundancia» de la gracia y de la vida nueva, especialmente Jn 10,10: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia; y también Rom 5,15: Pero con el don no sucede como con el delito y Rom 5,20: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

En sintonía con s. Alfonso, las constituciones entienden la redención en su sentido más amplio, cuando, en la Const. 6, describen a los redentoristas como «siervos humildes y audaces del evangelio»:

«En su anuncio, proclaman la redención copiosa: es decir, el amor del Padre “que nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10), y que vivifica por el Espíritu Santo a cuantos creen en Él. Esta redención abarca a la persona en su totalidad, y perfecciona y transfigura todos los valores humanos para que todo encuentre su unidad en Cristo (cfr. Ef 1,10; 1Cor 3,23) y sea llevado hacia su fin: la tierra nueva y el cielo nuevo (cfr. Apo 21,1)».

En este mismo sentido se expresa el Papa Juan Pablo II en sus mensajes a los redentoristas. Con ocasión del segundo centenario de la muerte de s. Alfonso (1987), el Papa invitaba a los redentoristas a hablar en todas sus actividades apostólicas «de Dios Padre, que es “rico en misericordia”, y de la “copiosa” redención de Cristo, Redentor del hombre».

Más explícitamente, con ocasión del tercer centenario del nacimiento de s. Alfonso (1996), el Papa define el significado fundamental de la copiosa redención como la misericordia y el amor de Dios a la humanidad:

«Hay que resaltar, como s. Alfonso, la centralidad de Cristo como misterio de la misericordia del Padre en toda la pastoral. Los redentoristas no deben cansarse nunca de anunciar la copiosa redemptio, es decir, el amor infinito con el que Dios en Cristo se inclina hacia la humanidad, comenzando siempre por los que tienen más necesidad de ser sanados y liberados, por estar más marcados por las consecuencias nefastas del pecado».

Como se ve, el escudo de la Congregación, y especialmente la divisa Copiosa apud eum Redemptio, han adquirido hoy una importancia mayor que en el pasado al ser considerados como una expresión muy acertada de la identidad y de la misión de la Congregación del Santísimo Redentor.