CARTA DE BELLA VISTA
(Buenos Aires – Argentina)
A los jóvenes que comparten
nuestra misión
ESTA CARTA ha nacido al final de un encuentro
del Secretariado General de Pastoral Juvenil
Vocacional Redentorista, tenido en Bella
Vista (Buenos Aires – Argentina), en noviembre
de 2000. Allí vive una Comunidad de Misioneros
Redentoristas formada por jóvenes en formación
que, recientemente, se han incorporado a
nuestra familia y que son los primeros en
sostener con sus vidas lo que hoy tratamos
de compartir contigo. Puede que leas esta
carta de forma personal o comunitaria; en
cualquier caso, nuestro deseo sería que
la lectura y la reflexión de estas líneas
se inscribieran en una "búsqueda común".
Que tanto en tu vida personal como en la
de tu comunidad se acogieran estas palabras
como el deseo de "vivir algo nuevo"
¡Felices los que
puedan ver todo lo que vosotros estáis viendo!
(Lc 10, 21)
"Bella Vista"
es un lugar; y su nombre se convierte hoy
en nuestro buen deseo para ti. Que puedas
nombrar a tu propio pueblo, a tu tierra y
a tu gente con el precioso nombre de "Bella
Vista". Que tus ojos vean y sean dichosos.
Al escribirte, hemos tratado de pensar
en tu situación concreta, en las esperanzas
y en las alegrías que acompañan tu vida y,
lógicamente, en las dificultades con las que
te encuentras. Es más, no hemos querido ignorar
la "indiferencia" que hoy se respira
en tantos ámbitos de la vida y que ejerce
tan poderosa atracción. Creemos que lo que
otros no pueden ver, por su indiferencia,
tú sí puedes llegar a verlo.
ABRE LOS OJOS
Por todos los lugares percibimos una misma y única invitación: cierra los
ojos y no digas nada.
De muchas formas distintas se sugiere que tus párpados permanezcan cerrados.
Que no vean ni tomen conciencia de lo que
te rodea o de lo que tú mismo sufres. Se sugiere,
si es que no se impone, que veas bueno y hermoso todo lo
que te rodea, aunque para ello debas negar
la realidad o centrar tu atención en otros
puntos de interés.
¿Teniendo
ojos no veis y teniendo oídos no oís? (Mc 8,18)
Te
proponemos que abras los ojos a todo lo que
tú mismo vives y a todo lo que te rodea. Mira
el rostro de un joven de tu edad que consume
droga. El rostro de quien sufre en su familia
la ruptura y la violencia. Mira a quien pide
una ayuda para comer. Escucha los argumentos
de la insensibilidad, de la superficialidad
y de la indiferencia. Mira en la anorexia
las secuelas a que lleva una cultura de "la
imagen". El SIDA, la prostitución, la
soledad y el relativismo. Mira el consumo
y los problemas que genera la "aldea
global". Escucha a quien busca trabajo
y no lo encuentra. Mira el abismo, cada vez
más profundo, que se va abriendo entre los
ricos y los pobres del mundo.
Quien
no ve todo esto nunca podrá ver la belleza
de la solidaridad. Menos aún la belleza de
la fe compartida en las pequeñas comunidades. Al que abre los
ojos le queda reservada la dicha de Ver.
NO TENGO ORO NI PLATA
Conocemos tu propia pobreza personal porque, con toda seguridad, es parecida
a la nuestra. No hay ninguna limitación humana
que no la podamos compartir como propia. Es
más, contamos con ella.
Hoy, nadie cree en los grandes héroes, así que ¿para qué empeñarse en fabricarlos?,
¿por qué no poder creer a los que son como
tú y como yo?
Un día, Pedro y Juan, los apóstoles, llegaron al Templo de Jerusalén y se
encontraron con un paralítico que les pedía
una limosna. Pedro le respondió: "No tengo oro ni plata, te doy lo que
tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa
a andar." (Hch 3,6).
Quizás
tú tampoco tengas en tus manos plata ni oro.
Quizás tú te veas con pocos recursos o con
una gran pobreza personal. Quizás te veas
pequeño frente a lo que se presenta delante
de tus ojos. Entonces, ¿qué puedes ofrecer?
¿MAESTROS A LA MEDIDA DE TUS DESEOS?
Nuestra carta está pensada y escrita para ti. ¿Qué puedes ofrecer?
San Pablo sabía que, en determinados momentos, a todos nos resulta más agradable
escuchar a quien ni nos interpela ni trata
de comprometernos. "Vendrá un tiempo en que la gente (...),
para halagarse el oído, se rodearán de maestros
a la medida de sus deseos." (2 Tm
4,3)
Puede que alguno, al leer esta carta, se sienta defraudado. Que otros, tal
vez, se sorprendan con nuestras palabras.
No pretendemos ganar tu simpatía, sino provocarte.
Pero, ¿provocar a qué?
Lo primero, provocarte a ti y provocarnos a nosotros mismos a "ver"
y a "tomar postura", a no quedar
igual, a no aceptarlo todo. A no quedarnos
instalados de modo conformista en nuestra
propia comodidad. A no autoengañarnos aceptando
que todo está bien. A no declinar nuestra
responsabilidad dejándola en manos de otros
o de las instituciones oficiales.
En segundo lugar, a leer la realidad con una mirada creativa. No se trata
de mirar y juzgar permaneciendo ajenos, sino
de mirar y juzgar para recrear; de implicarnos
con las personas y situaciones que muestran
el rostro humano más desfigurado.
En tercer lugar, a encarnar nuestra fe. A leer la Palabra de Dios, a orar
y a celebrar en toda circunstancia y lugar.
A no llevar dos vidas paralelas, sino una
sola vida de fe.
Y en cuarto lugar, a compartirla en un proyecto común. Compartirla en un pequeño
grupo, compartirla en una comunidad, y compartirla
en un proyecto de Misión.
Eso
es lo que puedes ofrecer: la Palabra de Jesucristo
vivida con audacia y entregada con tu propia
existencia. Porque, como dice el apóstol Juan,
"lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos"
(1 Jn 1,3).
ALGUIEN NOS MIRA DESDE ABAJO
Los redentoristas hemos nacido de la provocación que Dios nos hace en los
pobres y abandonados. No son los discursos
ni las ideas las que han dado origen a nuestra
familia. Nacemos de la provocación de los
últimos, de la voz silenciada de los más pobres
y de los atropellados en su dignidad.
Ellos miran desde abajo y, con ellos, también Dios mira desde abajo. De ellos
hemos aprendido a mirar la vida, y con ellos
hemos aprendido a tomar opciones.
Sabemos que algunos quieren anunciar a un Cristo que mira desde el cielo y
que permanece distante de los hombres; a un
Cristo que, mirando por encima, desea puntuar
nuestras buenas obras.
Nosotros queremos anunciar al Cristo que tocó nuestra tierra, al Cristo que
nada más nacer se vio en un establo, al que
compartió trabajo y sudor, al que anunció
la presencia de Dios en la historia, al que
miró el rostro de los hombres y mujeres desheredados
y abandonados.
Nosotros
anunciamos al que sólo una vez miró desde
arriba; cuando estaba en la cruz. Y al que,
desde ella, nos enseñó cómo la vida no es
conquista, sino entrega.
SIÉNTATE AL ÚLTIMO PUESTO DE LA MESA
Somos conscientes que, allí donde tú estás, todo te invita a competir para
no quedar excluido. A destacar y sobresalir
sobre los otros. Lo que nosotros te proponemos
es vivir un signo "contracultural".
Te invitamos a elegir "ser distinto".
Cuando los redentoristas hablamos de nuestra espiritualidad, nos referimos
a esta forma "distinta" de ver y
de situarnos en el mundo. Hablamos de la opción
que hemos realizado por sentarnos a la mesa
con los últimos, con los pequeños y abandonados,
con los pobres y desheredados (cfr. Lc 14,7-11)
Nosotros somos los primeros que debemos confrontarnos cada día con el Evangelio
de Jesús y, por su lectura y su oración, llegar
a refundar nuestra presencia en la Iglesia
y en el mundo. Nosotros no debiéramos caer
nunca en la tentación de afirmar que nuestra
vida ya está lograda.
Con nuestra carta queremos abrir un espacio a la reflexión común. Queremos
buscar juntos cómo ser y cómo vivir. Queremos
proponerte un estilo de vida y un lugar donde
vivirla: con los últimos.
Nos atrevemos a proponerte que asumas decisiones concretas y a que las compartas
con tu grupo y tu comunidad.
Nos
atrevemos a preguntarte si deseas formar parte
de nuestra familia redentorista y cómo lo
deseas encarnar. Y, si ya formas parte de
esta familia, cómo avanzar en tu propia decisión.
AUNQUE LLEGUEN A DECIR: "ESTÁN BORRACHOS"
En Pentecostés, los apóstoles comenzaron a hablar y, sorprendentemente, todos
los que allí había les pudieron entender.
Cada uno los oía hablar en su propio idioma.
No se prestaron al juego de la confusión,
como en Babel, sino que hicieron opción por
la claridad.
Algunos, de todas formas, prefirieron opinar sin escuchar y crear opinión
acerca de los apóstoles: "Están
borrachos" (cfr. Hch 2,12-13).
Hoy, es urgente que elaboremos una renuncia al juego de la confusión. No es
cierto que nuestra adhesión a Cristo sea compatible
con otros intereses, por muy legítimos que
nos parezcan (cfr. Mt 6,24). Así, quien construye
toda su vida en el amor a Jesucristo, es como
si hablara todos los idiomas.
También es urgente que hablemos. Hablar sin tapujos, ni miedos, ni vergüenza
alguna. Que hablemos y anunciemos el Evangelio
sin tener que pedir disculpas por ello.
Y, por último, es urgente que anunciemos el Evangelio con nuestras palabras
y con nuestras obras. "Al
fin y al cabo, quien conoce el bien que debe
hacer y no lo hace, es culpable." (St
4,17). Hacer una opción por la claridad es
así de exigente.
Debes
saber, sin embargo, que, el formar parte de
esta familia comporta el riesgo de lo concreto.
Así lo entendió San Alfonso y así lo entendemos
nosotros: el anuncio del Evangelio a los más
pobres y abandonados exige ciertas renuncias
y ciertas opciones que nadie puede hacer por
ti (evitando la tentación de usarlas como
instrumento de juicio – cfr. Mt 7,1-5).
¿QUÉ HE DE HACER?
La pregunta que siempre queda por hacer es la del joven que se acercó a Jesús
para preguntarle qué debía hacer para ganar
la vida (cfr. Lc 18,18-23).
Sólo hallarás la respuesta en Él, y sólo a ti te está reservada la capacidad
de decisión.
Por este motivo te proponemos:
-
Que te esfuerces por
vivir en un tono de verdad contigo mismo.
-
Que aprendas a "elegir"
y a ser responsable de lo que eliges. ¿Elegirás
el camino del discipulado?
-
Que asumas tu vida
como don y tarea.
-
Que te ejercites en
la lectura diaria del Evangelio
-
Que reserves un tiempo
cada día para la oración personal, y que también
la compartas con tu grupo y con la Iglesia.
-
Que te esfuerces por
aprender a escuchar. Escuchar a las personas
y escuchar a Dios.
-
Que escuches con especial
atención a los que están en último lugar,
a los pobres y humillados, a quienes sufren
toda clase de atropellos en su dignidad.
-
Que te integres en
la Iglesia, a pesar de su pecado, y que vivas
en ella amándola con profunda convicción.
-
Que seas, en la Iglesia,
un servidor humilde del Evangelio (desplazando
las actitudes que no hacen creíbles tus opciones:
palabras impropias, opiniones interesadas,
críticas, luchas de poder, comodidades...).
-
Que tu presencia en
la Iglesia no sea acomodaticia, sino audaz.
-
Y, por último, a que
tomes pequeñas iniciativas que le den credibilidad
a todo lo anterior. Pero, es importante que
estas actitudes y estas iniciativas tengan
como meta un compromiso permanente y concreto.
Asumir el carisma Redentorista requiere, como paso previo, que aceptes y formules
esta pregunta: "¿Qué quieres, Señor,
que haga?"
El compromiso contigo mismo, con los demás y con Dios, puede ser como laico,
colaborando según tus posibilidades en nuestra
misión; o bien, como consagrado al Señor en
uno de los "caminos" que te ofrece
la familia Redentorista (de misionero, Padre
o Hermano, o como religiosa contemplativa
o misionera). En ambos casos, es importante
que tú te plantees en serio la pregunta y
acojas responsablemente su respuesta.
Deseamos
que, tal y como te decíamos al comienzo, puedas
alcanzar a ver en tu vida la "Bella Vista"
que Cristo otorga a los que se dejan tocar
por Él. Que la Virgen del Perpetuo Socorro
nos aliente y nos conceda su amparo, y que
San Alfonso siga intercediendo por esta familia
a la que tú también perteneces.
EL SECRETARIADO GENERAL DE PASTORAL
JUVENIL Y VOCACIONAL REDENTORISTA
(El texto original es en español.)
Oración
para reavivar mi ardor
misionero redentorista
Dejaste tu huella en lo más hondo de mi corazón
Como una Presencia constante de amor
y de paz,
De ternura y de alegría, de acogida y de don.
Una huella como una luz de Esperanza
En un mundo sediento de felicidad.
Una huella como camino de Redención
Que me interpela a responder a los gritos
De los oprimidos, de los desamparados
y de las victimas de la injusticia.
Una huella como una voz interior diciéndome:
«Ven, te necesito para hacerme presente
en el mundo…
Te necesito para anunciar mi Buena Noticia
de Salvación.»
Señor,
Envíame tu Espíritu para que suscite en mí
Esta locura de amor que hace capaz de
seguir a Cristo
A la manera de San Alfonso Maria de
Liguori.
Que tu Espíritu,
Reavive el ardor de mi corazón joven,
Estimule mi audacia misionera
Para que, con los talentos que me diste
Pueda sembrar la alegría y la esperanza,
Y construir, en solidaridad con mis
hermanas y mis hermanos
Una sociedad más justa y más fraternal.
Que tu Espíritu me de la fuerza necesaria
Y la perseverancia para ser tu testigo.
Que tu Espíritu me haga capaz
De arriesgar mi vida por ti.
¡Amen!