Communicanda 2

La
REDEnción
4 de junio
de 2006
Solemnidad
de Pentecostés
Introducción
Mis queridos
Cohermanos:
¡Porque del Señor viene la misericordia y la redención
copiosa! (Sl 130, 7)
1. Es un considerable desafío compartir con ustedes
las presentes reflexiones sobre el tema de la
redención. Digo esto no simplemente porque se
trate de un tema difícil y exigente. La empresa
es sobrecogedora porque hablar o escribir sobre
la redención es tocar el propio corazón de nuestra
fe cristiana y, obviamente, el centro vivificante
de la propia Congregación. Durante el pasado
año, muchos cohermanos compartieron sus ideas
sobre este tema y me ofrecieron una profusión
de notas y sugerencias. Los miembros del Consejo
General han trabajado también muy intensamente,
y durante largo tiempo, para elaborar sus aportaciones
personales al tiempo que me pidieron que escribiera
la versión final. A todos, mi gratitud: a ustedes
pertenece el mérito de la profundidad y de la
sabiduría teológica de este documento. Pero,
al final, soy yo quien asume la responsabilidad
de reunir todo el conjunto partiendo de la perspectiva
pastoral de mi oficio. Esto quiere decir también
que soy yo quien asume la responsabilidad de
cualquier menoscabo en las aportaciones originales
así como en las demás deficiencias que puedan
encontrarse.
La
urgencia experimentada en el XXIII Capítulo
General
2. El encargo de esta Communicanda lo hizo
el XXIII Capítulo General en octubre de 2003.
En aquella ocasión me impresionó el sentido
de urgencia expresado por los Capitulares al
considerar los desafíos que deben afrontan los
Redentoristas para vivir nuestro carisma en
todo el mundo. Subrayaron la necesidad de reflexionar
sobre las dimensiones esenciales de nuestra
vocación misionera a fin de responder fielmente
a dichos desafíos. Como ustedes recuerdan, instaron
a la Congregación a dedicar una atención especial a la calidad
de nuestra consagración apostólica al Redentor. La fe en Jesús, nuestro Redentor, es la frase decisiva que se convierte
en principal razón para nuestra elección [del
tema del sexenio]. La convicción fundamental que movió
a los Capitulares entonces fue vigorosamente
respaldada: Sabemos por experiencia que si
mantenemos los ojos fijos en Jesús, ninguna
tormenta que nos rodee nos hundirá.
[1]
El tema del sexenio, Dar
la vida por la abundante redención, adquiere
desde esta perspectiva un profundo significado
ya que la situación del mundo está requiriendo
de nosotros la mayor dedicación y convicción.
La calidad de nuestra consagración apostólica
al Redentor determina la forma en que debemos
vivir el carisma que se nos ha confiado.
3. Los miembros del Capítulo vieron que era urgente
una profundización de nuestra comprensión sobre
la redención a fin de reforzar el fundamento
de nuestro compromiso religioso y el carácter
dinámico de nuestra respuesta misionera a los
desafíos del mundo. Pienso que los Capitulares
percibieron que los Redentoristas pueden no
haberse dado cuenta de cuánto ha cambiado nuestra
comprensión de la redención. Puede ser que también
estemos tan ocupados que no tengamos tiempo
para profundizar – o siquiera para pensar –
sobre la relación de Dios con el mundo. Sin
esta reflexión, el Evangelio que predicamos
corre el riesgo de no ser “noticia”, y menos
aún ¡“buena”! Debido a esto, los Capitulares
pidieron que se escribiera una Communicanda
sobre la redención. Esta tarea se hacía urgente
dado que las nuevas antropologías y comprensiones
del mundo y de la fe exigen una clarificación
del concepto y su contenido.
Esta Communicanda ofrecería a los Redentoristas
los elementos necesarios para discernir su significado
y revitalizar la vida apostólica.
[2]
4. La revitalización de nuestra vida apostólica
como una de las metas de la reflexión es un
elemento clave para la decisión del Capítulo.
Los Capitulares se refieren a la comprensión
fundamental de la vida redentorista como
vita apostolica, expresión técnica que tiene
un significado preciso en nuestras Constituciones:
nuestra vida comprende a la vez la vida de especial consagración a Dios y
la actividad misionera de los Redentoristas
(Const. 1). Lejos de ser una
especie de dualismo, el carisma de nuestra Congregación
nos llama a una unidad fundamental entre lo
que somos y lo que hacemos. La espiritualidad,
la vida comunitaria y el trabajo pastoral no
son componentes separados de nuestra vocación.
El estudio y la reflexión teológica también
son parte integrante de este conjunto dinámico.
Todas estas dimensiones de nuestra vida se entrelazan
de forma armoniosa y conjuntamente representan
nuestra misión específica en la Iglesia. Toda
reflexión sobre la redención forma parte de
este proceso. Debe fortalecer y dar sentido
a toda nuestra vida.
5. Es claro que un tratado sistemático de la redención
va más allá de la naturaleza y el propósito
de cualquier Communicanda. Por tanto,
este documento no pretende ser una exposición
exhaustiva, ni siquiera tratar todas las cuestiones
más importantes del tema. Una reflexión sobre
un tema tan fundamental como la redención debe
ser un proceso continuo, compartido por toda
la Congregación y los otros miembros de la familia
redentorista. Se trata de una tarea que debemos
asumir como parte de nuestra vida personal y
comunitaria. Más aún, a mi modo de ver, cada
Unidad y cada Región están llamadas a contemplar
la noción de redención a partir de su contexto
histórico y de sus peculiares expresiones culturales.
Los Capítulos Generales
anteriores nos ayudaron a conectar entre sí
los temas sobre la identidad, la espiritualidad
y la misión. Sería muy provechoso retomar dichas
propuestas. También podría ser beneficioso echar
una ojeada a las anteriores Communicanda
que trataron los temas de nuestra espiritualidad,
del testimonio de nuestra vida comunitaria,
de la solidaridad y del apostolado. Estos documentos
nos suministran un telón de fondo y el contexto
propio para esta reflexión sobre el tema de
la redención.
[3]
El
papel esencial de la metáfora
6. Antes de comenzar la reflexión, consideremos
el tipo de lenguaje que se usa para hablar sobre
la redención. En la Palabra de Dios y en toda
la historia de la Iglesia se usan metáforas
para referirse a la redención. Este hecho tiene
importantes implicaciones. Una metáfora es una
figura retórica por la cual una palabra o frase,
que literalmente se refiere a un determinado
tipo de objeto o idea, se usa para designar
otra cosa distinta o bien para sugerir una semejanza
o analogía. Las metáforas son esencialmente
símbolos. Por eso, graves confusiones pueden
ocurrir cuando se las interpretan literalmente
o de forma aislada. Una metáfora no puede ser
tomada como expresión que agote el sentido de
una determinada verdad. Además, en el lenguaje
cotidiano o en la reflexión, las metáforas pueden
expresar diversas dimensiones de una realidad
y una verdad teológica. Sin embargo, la metáfora
en sí no puede abarcar la totalidad de dicha
realidad o verdad. El hecho de que se usen numerosas
metáforas para hablar de la redención ilustra
cómo ninguna de ellas, de forma aislada, es
totalmente adecuada.
7. Más aún, no podemos perder de vista el hecho
de que el modo como la Biblia habla de redención
está condicionado por diferentes contextos culturales,
sociológicos y religiosos. Las diversas expresiones
usadas no deben considerarse en pugna o en oposición
mutua, sino como esfuerzos diversos para hacer
comprensible la verdad de la fe. Por ejemplo,
encontramos en S. Pablo el uso de las categorías
hebreas de culpabilidad y expiación. Lucas y
las Cartas Pastorales, por su parte, se remiten
al pensamiento helenístico. El propósito original
de los textos bíblicos fue el de proclamar el
misterio de Jesucristo y el misterio de la redención
de modo que fuesen entendidos por comunidades
concretas. Un enfoque respetuoso de la Palabra
de Dios revelada debe animarnos a no escatimar
esfuerzo alguno para hacer comprensible el mensaje
de la redención en los numerosos contextos culturales
e históricos en los que la Congregación evangeliza
hoy.
8. Algunos modos de hablar de la redención, fuertemente
influenciados por una piedad inadecuada aunque
entusiasta, pueden desorientarnos e incluso
impedirnos dar una respuesta eficaz a los problemas
de nuestros días. Nuestra propia práctica pastoral
y nuestra predicación nos hacen tomar conciencia
de la insuficiencia de algunas interpretaciones
y enfoques. Probablemente dedicamos una buena
parte de nuestro servicio misionero a corregir
ciertas perspectivas teológicas que han desorientado
o incluso esclavizado al Pueblo de Dios.
9. Esta Communicanda no pretende ser un
comentario teológico que explique todos los
temas. Al iniciar de nuestro diálogo, recordemos
que la historia de la teología y la de la evangelización
se caracterizan por la búsqueda de un lenguaje
que nos ayude a hablar de la redención. Dicha
búsqueda ha llevado a los misioneros a reflexionar
constantemente sobre el misterio de la redención
mientras buscaban metáforas que pudieran servir
a la proclamación de la Buena Nueva. Sería muy
bueno que en la Congregación se organizaran
espacios de discusión y diálogo donde los miembros
de la Familia Redentorista puedan compartir
una reflexión continua. Se propicia así el mutuo
enriquecimiento a partir de las perspectivas
de nuestras diversas regiones.
I.
Beber de nuestro propio pozo
10. Los Redentoristas tenemos una manera instintiva
y pastoral de entender y anunciar la redención,
a pesar de las diferencias teológicas y culturales
entre nosotros. Esta manera de entender la redención
nos viene de San Alfonso y puede ser encontrada
en nuestra tradición espiritual y pastoral.
No escatimamos esfuerzo alguno para ayudar a
la gente a comprender que la redención es siempre
iniciativa de Dios, quien nos ama de un modo
prácticamente inconcebible por la imaginación
humana y, a cambio, desea nuestro amor. En nuestro
ministerio, la redención se proclama como liberación
del pecado y como llamada de Dios a vivir en
una relación de amor con él. Generalmente, somos
conocidos por nuestra cercanía al pueblo, especialmente
a los pobres más abandonados. La misericordia
generosa, el perdón y la reconciliación son
notas características de nuestro ministerio.
Jesús invitaba a las gentes a cambiar sus corazones
y sus mentes, así también nuestra predicación
tradicionalmente incluye una insistente llamada
a la conversión. El apostolado del confesionario
es apreciado por nosotros porque la celebración
de este sacramento ofrece a la gente una experiencia
tangible de la redención. La mayoría de los
Redentoristas establece una conexión fundamental
entre la redención y las exigencias de la justicia
social, del reconocimiento de los derechos humanos
y del respeto por la integridad de la creación.
11. En general, los Redentoristas
entendemos la redención de acuerdo con la proclamación
de la Buena Nueva de Jesús. Esta proclamación
ofrece la salvación a todos, con una opción
preferencial por los pobres. Entre los pronunciamientos
del Magisterio sobre la redención, posiblemente
sea el Papa Pablo VI, quien en su exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi, resuma
el contenido de la predicación de Jesús de un
modo que habla al corazón de los Redentoristas
precisamente por su perspectiva pastoral, y
en particular por su énfasis en la necesidad
de la conversión:
Como núcleo y centro
de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación,
ese gran don de Dios que es liberación de todo
lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo
liberación del pecado y del maligno, dentro
de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido
por El, de verlo, de entregarse a El. Todo esto
tiene su arranque durante la vida de Cristo,
y se logra de manea definitiva por su muerte
y resurrección; pero debe ser continuado pacientemente
a través de la historia hasta ser plenamente
realizado el día de la venida final del mismo
Cristo, cosa que nadie sabe cuándo tendrá lugar,
a excepción del Padre.
Este reino y esta
salvación – palabras clave en la evangelización
de Jesucristo – pueden ser recibidos por todo
hombre, como gracia y misericordia; pero a la
vez cada uno debe conquistarlos con la fuerza,
"el reino de los cielos está en tensión
y los esforzados lo arrebatan", dice el
Señor (24), con la fatiga y el sufrimiento,
con una vida conforme al Evangelio, con la renuncia
y la cruz, con el espíritu de las bienaventuranzas.
Pero, ante todo, cada uno los consigue mediante
un total cambio interior, que el Evangelio designa
con el nombre de metanoia, una conversión radical, una transformación
profunda de la mente y del corazón.
[4]
12. Una manera redentorista de entender la redención
es la que comienza con San Alfonso. No tan diferente
a nuestra propia época, la sociedad en la que
Dios llamó a Alfonso de Liguori a proclamar
la abundante redención presentaba enormes desafíos.
Él vivió un cambio trascendental de época, en
el punto crítico de la transición de la sociedad
medieval al nuevo y audaz mundo de la Ilustración.
Alfonso tomó conciencia de los pobres más abandonados
que, demasiado frecuentemente, eran olvidados
en las prioridades políticas, económicas y culturales
de su tiempo. Era consciente, a la vez, de su
propia necesidad de conversión si quería responder
fielmente a la llamada de Dios.
Muchos de sus contemporáneos
se encontraban alejados de Dios debido a las
ideas equivocadas que se les proponían sobre
Dios y a un legalismo opresor en la espiritualidad
y en la moral. Alfonso combatió estas distorsiones
del Evangelio con una robusta práctica pastoral
imbuida de un espíritu clarividente de la oración
y de la contemplación. Su predicación sobre
la redención tocó los corazones de las gentes
que habían llegado al punto de imaginar a Dios,
en el mejor de los casos, como muy lejano e
indiferente; y en el peor de los casos, como
un tirano cruel.
13. Para Alfonso, la totalidad de la vida cristiana
se centra en Jesús y en su obra redentora. Si
queremos entender la intuición espiritual de
nuestro Fundador, pienso que el enfoque crítico
no es el de una redención como categoría abstracta,
sino más bien la persona del Redentor. Para
Alfonso, es indispensable un enfoque cristológico
ya que es el Redentor quien revela la redención.
El Redentor representa la verdadera esencia
de Dios en toda su plenitud. ¿Quién es Dios?
¿Qué piensa Dios sobre los seres humanos? Alfonso
une su voz a la de Jesús en el Evangelio de
Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio
a su Hijo único, para que todo el que crea en
él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn.
3, 16-17).
El Redentor es el propio
amor que desea tocar y transformar todo ser
humano de manera que todos puedan encontrar
plenitud y felicidad verdaderas. Jesús vino
para que todos “tengan vida y la tengan en abundancia”
(Jn. 10, 10). Sin embargo, no escatimando nada
para amar y ser amado, el Redentor se “despoja
de sí mismo”, primero en la Encarnación y después
en la muerte, incluso “una muerte de cruz”.
La opción del Redentor por el camino de la kenosis
absoluta está destinada a destruir todas las
ideas falsas sobre Dios, al mismo tiempo que
destruye el muro del orgullo y la suspicacia
humana sobre Dios y sobre su plan sobre nosotros.
El misterio de la redención
no consiste en que nosotros nos hagamos dignos
de Dios, sino más bien en que, en Cristo Jesús,
Dios nos hace dignos de sí (Cl. 1, 12-14; Ef.
1, 3-14). Esta comprensión del deseo de Dios
de transformar a los seres humanos a través
del amor es un elemento importante de la visión
de Alfonso. La redención se convierte así en
entrega libre del hombre en un acto de admiración
y gratitud hacia el amor que Dios nos ha dado
en Cristo Jesús por medio del Espíritu.
14. Una comprensión del Redentor como expresión de
la compasión de Dios que se manifiesta en la
kenosis influye en Alfonso a la hora
de la promoción de las devociones tradicionales
de su tiempo. Pesebre, Cruz, Eucaristía y María
son expresiones de la profundidad del misterio
del Redentor. La Encarnación demuestra el compromiso
compasivo de Dios para con la humanidad a través
del amor que se da libre e incondicionalmente.
En la Cruz contemplamos un amor sin límites
al darse a sí mismo o bien en su capacidad de
perdonar. En la Eucaristía, la humanidad recibe
el supremo don del amor: el Señor resucitado
que decide permanecer para siempre entre sus
amados como fuente de gracia transformadora
y como fuerza para la comunión. María es amada
por Alfonso en cuanto cauce a través del cual
fluye el río de la gracia que da el Padre en
el Redentor.
15. Para que apreciemos su forma de
entender la redención, la perspectiva a partir
de la cual debemos leer a San Alfonso es la
de los “abandonados”, la de aquellos que están
obligados a vivir al margen de la sociedad o
incluso de la Iglesia. Este es el punto de vista
que da matiz a las estrategias pastorales de
Alfonso y condiciona también indeleblemente
su reflexión teológica. Su visión en orden a
la Congregación es tan grande como ningún otro
podía tenerla, ya que su punto de referencia
es la entera misión de Jesús. ¿Por qué Dios
se hizo hombre en Jesucristo? En la respuesta
a esta pregunta encuentra Alfonso también la
raison d' être (la razón de ser) de su
Instituto. Descubre en el cuarto capítulo del
Evangelio de Lucas una cierta definición de
la misión de Jesús, un resumen del sentido y
del significado de toda su vida. La perspectiva
teológica de Alfonso es aquí profundamente pastoral
y misionera:
El que es llamado
a la Congregación del Santísimo Redentor no
será jamás un verdadero seguidor de Jesucristo
y ni tampoco llegará jamás a ser santo si no
tiende al objetivo de su vocación y no tiene
el espíritu del instituto, que consiste en salvar
almas, las almas más destituidas de ayuda espiritual
como son los pobres campesinos. Fue ésta era
la verdadera razón de la venida del Redentor,
que dijo de sí: El Espíritu del Señor.... me
ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los
pobres.
[5]
Alfonso establece una clara conexión entre la persona de Jesús y la Congregación:
ella está en razón de la venida del Redentor.
La misión de los Redentoristas es llevar a las gentes al punto crucial de
la vida cristiana: el amor de Dios que es poderosamente
revelado en Jesucristo. En el centro de la vida
y del ministerio de la Congregación está el
propio misterio de la redención. Nosotros, Redentoristas,
hemos nacido en el corazón de un ardiente discípulo
de Jesús, que estaba inflamado de celo por la
redención de todos, con especial preferencia
hacia los pobres abandonados.
16. A través de Jesús, el amor redentor del Padre
alcanza a cada persona individualmente. En la
perspectiva de Alfonso, el amor de Dios no es
anunciado de modo abstracto, sino por medio
de historias que ilustran el amor personal de
Dios a cada uno y espera también de cada uno
una respuesta de conversión. La transformación
del mundo se realiza por un cambio personal
del corazón y por la obediencia al plan de Dios
tal como fue revelado en Jesús. Como seres humanos,
también nosotros tenemos una necesidad básica
de pertenencia, de ser parte de un proyecto
más amplio que nos lleve más allá de nuestros
pequeños mundos personales. El amor redentor
de Dios provoca un cambio en nuestras relaciones,
uniéndonos como comunidades en la Iglesia (Const.
12), que nos confía la misión de comunicar a
los demás el amor que experimentamos en el Redentor.
17. Alfonso percibió como suya la
vocación de proseguir la obra de Jesús Redentor
predicando la Buena Nueva a los pobres más abandonados.
Su misión fue vivir en permanente solidaridad
con ellos. Su propia experiencia personal de
Dios estuvo íntimamente ligada a dicha idea.
Escribió a las comunidades de Scifelli y Frosinone
en 1774:
Atiendan a las almas,
de modo más especial a los pobres, a los campesinos
y a los más abandonados. Recuerden que Dios
evangelizare pauperibus misit
nos (que Dios nos envió a evangelizar a los pobres) en
estos nuestros días. Graben esto firmemente
en sus corazones y busquen solamente a Dios
entre los pobres abandonados, si es que quieren
agradar a Jesucristo.
[6]
18. Alfonso no se empeñó en llevar a los abandonados
a la Iglesia, sino que, más bien, trató de llevar
la Iglesia a esas gentes que ella había abandonado.
S. Alfonso enfatizaba repetidamente que su Instituto
había optado concientemente por fundar sus casas
entre los pobres. Supongo que dicha opción no
fue simplemente para posibilitar a los pobres
aprovecharse de nuestros servicios. Alfonso
sabía que el estar entre los pobres haría cambiar
a sus compañeros justamente como los cabreros
y los pastores lo cambiaron a él para siempre.
II.
Lidiando con el misterio
en
el mundo de hoy
19. En la primera parte de esta carta traté de subrayar
algunos elementos que considero importantes
para un enfoque redentorista de la redención.
Dichos elementos pueden enraizarnos sólidamente
en una tradición que continúa alimentando nuestra
vocación misionera. Pero dichas raíces deben
arraigar hoy en un nuevo suelo. Podría decirse
que nos encontramos al final del momento histórico
que comenzó a asumir una forma concreta justamente
durante el tiempo en que vivió Alfonso. El final
de una época y el principio de otra representa
la aparición de problemas nuevos, de nuevas
preocupaciones, de nuevas cuestiones y de nuevas
oportunidades.
20. Para que nuestra reflexión no termine en un mero
ejercicio teórico, es fundamental considerar
el mundo en que vivimos y trabajamos. Solamente
si estamos dispuestos a mantener esa actitud
atenta hacia la realidad seremos capaces de
discernir los angustiosos interrogantes de la
gente y descubrir cómo Dios se está revelando
realmente en ellos y dando a conocer su plan
(cf. Const. 19). Esa misma Constitución, inspirándose
en la audaz doctrina del Concilio Vaticano Segundo,
declara cómo incumbe a los Redentoristas revelar
la “obra de la redención en su totalidad”
[7]
. Para gran parte del mundo,
la redención es una categoría sin sentido. La
multiforme crisis del cristianismo puede – y
probablemente debe – reducirse a un denominador
común de naturaleza soteriológica, es decir,
a la pérdida de su relevancia salvífica. El
cristianismo ve debilitado su potencial para
ser signo de la salvación. Y la Iglesia deja
de ser Iglesia si no puede comunicar la salvación.
Se podría invertir el axioma de S. Cipriano:
extra salutem nullus Christianismus (fuera de la salvación no hay cristianismo).
[8]
21. Así que dicha reflexión es una tarea fundamental
– pero nunca fácil – porque nuestro mundo está
constantemente cambiando. Hoy en día existe
una percepción de que el cambio cultural es
acelerado y profundo, llevando a algunos a observar
que vivimos en un cambio de época, no simplemente
en una época de cambios. Las categorías de pensamiento
y de interpretación constatadas por el tiempo
son limitadas en su capacidad de ayudarnos a
comprender lo que está sucediendo. Las gentes
se preguntan si de hecho existen puntos fijos
de referencia o valores absolutos. Aunque el
capitalismo mantiene un gran poder de atracción,
el hecho es que parece que se van extendiendo
la decepción ante las actuales instituciones,
el colapso de las ideologías y la falta de esperanza
en un futuro mejor prometido por la modernidad.
Crece la capacidad destructiva de la humanidad
llevando a muchos a preguntarse “¿Qué sentido
tiene todo esto? ¿Quién nos salvará de nosotros
mismos?”
La
búsqueda de sentido y el ansia de espiritualidad
22. En algunas partes del mundo moderno, aunque la
gente niegue su pertenencia a cualquier denominación,
utiliza, sin embargo, el lenguaje religioso
para expresar una búsqueda de sentido en la
vida. Un sociólogo contemporáneo describe la
situación de Europa Occidental como un “creer
sin pertenecer.”
[9]
Se puede percibir un ansia
por algo más en la vida, una búsqueda de sabiduría,
un interés por las nuevas formas de espiritualidad,
una pasión por la justicia, un aprecio de la
belleza y del valor esencial de las relaciones
interpersonales. Los cohermanos que estudian
las tendencias contemporáneas en la literatura,
el cine, el arte y la música, vislumbran en
dichas expresiones culturales una búsqueda persistente
de una experiencia de algo parecido a la redención.
Diferentes expresiones de religiosidad popular
manifiestan un ansia y una búsqueda semejantes.
23. El hambre de redención se percibe también en
clamores reprimidos y anhelos sofocados. Podemos
oírlos en el desamparo y en la frustración de
los marginados, de los excluidos y de los así
llamados “nuevos pobres”. Una percepción muy
extendida de la fragmentación de la vida moderna,
en la que sus distintos aspectos parecen estar
desconectados entre sí, provoca también un efectivo
malestar y una tímida esperanza de alivio. Las
personas angustiadas, solitarias, y sufrientes
de todo tipo tienen la vaga sensación de que
“falta algo”; de que debe haber un modo mejor
de vivir.
24. El anhelo de “algo más” puede anestesiarse o
incluso sofocarse. Algunos consiguen vivir con
un cómodo sentido de autosuficiencia, sin sentir
ninguna necesidad apremiante de cambio alguno.
Es de preguntarse por cuánto tiempo puede una
existencia estéril, aislada y manifiestamente
centrada en sí mismo satisfacer el corazón humano
hambriento.
25. Aunque sea verdad que mucha gente puede sentir
hambre de un cierto tipo de redención, esto
no lo lleva necesariamente a la búsqueda de
un Redentor. A menudo, la respuesta es procurarse
un tipo de auto-redención como se comprueba
por la variedad de programas de autoayuda que
no están vinculados a un Redentor. Se busca
alivio a las ansiedades de la vida moderna también
mediante el recurso al folclore, a lo mágico
o a la superstición.
La
realidad del pecado y del mal
26. La experiencia del mal es muy fuerte en la historia
humana. Nuestros cohermanos en la India, en
Sri Lanka, en Tailandia, en Nueva Orleáns y,
más recientemente, en Indonesia, pueden atestiguar
la dramática destrucción como resultado de un
mal impersonal desencadenado por las fuerzas
de la naturaleza y ante el cual la humanidad
se doblega impotente. Por otro lado, todos conocemos
demasiado bien la maldad del pecado personal
que amenaza con separarnos de Dios y de los
demás y que, por tanto, tiene serias repercusiones
en nuestras comunidades y en la sociedad. Además
de las opciones equivocadas de los individuos,
también reconocemos la crueldad que causan las
estructuras sociales que generan injusticias
y muerte, incluso cuando están gobernadas por
gentes bien intencionadas. El lujo de algunas
naciones exige de forma muy real la pobreza
de otras. La guerra se hace con nuevas motivaciones:
o como instrumento del terrorismo o como ataque
preventivo en nombre de la paz.
27. Las consecuencias de la globalización a todos
sus niveles (económico, social, político, cultural
y tecnológico) son ambiguas. Por un lado, está
la promesa de un nuevo mundo con incontables
oportunidades. Sin embargo, el precio es una
creciente desigualdad entre las naciones y la
creación de nuevas categorías de pobreza. Tanto
individuos, como comunidades y hasta naciones
enteras se encuentran impotentes ante las estructuras
globales de injusticia. Recuerdo lo que me decía
un obispo redentorista: que su país, abandonado
a sí mismo, tenía poca esperanza. Con sus recursos
naturales agotados por el colonialismo y por
la mala gestión, el país no puede producir nada
para el nuevo mercado globalizado. Su supervivencia
depende principalmente de una más intensa solidaridad
entre las naciones.
28. Durante su reciente visita al campo de exterminio
de Auschwitz–Birkenau, el Papa Benedicto XVI
se propuso hablar con coherencia sobre al mal
perpetrado en ese lugar; y el propio Santo Padre
se cuestionó sobre el “silencio de Dios.”
[10]
Una reflexión profunda sobre
el problema del mal y del pecado supera indudablemente
los propósitos de esta Communicanda.
Lo que pretendo decir es que el misterio del
mal debe ser abordado en nuestra reflexión y
también en nuestra predicación si queremos ser
fieles a la revelación y creíbles a la gente.
Un análisis lúcido de nosotros mismos y de nuestro
mundo, cuando va unido a una profundización
llena de gratitud y de fe en la revelación de
Dios en Jesús nos lleva a maravillarnos con
San Pablo: “Donde abundó el pecado, ¡sobreabundó
la gracia!” (Rm. 5, 20). Tal vez la proclamación
más primigenia del Evangelio es anunciar con
convicción que Dios está vivo, incluso en un
tiempo como el nuestro.
Signos
y testigos del reino
29. Este mundo, dividido, fragmentado y herido, en
el que millones de personas deben soportar sufrimientos
horribles, es todavía el mundo que Dios ama,
el mundo al cual y para el cual envió a su Hijo.
Dos milenios después de la muerte y resurrección
de Jesús, podemos preguntarnos si su misión
supuso una verdadera diferencia. Enfrentados
al misterio del pecado y del mal, pero conscientes
de la iniciativa de Dios, estamos llamados a
la contemplación, en un esfuerzo que trata de
ver como Dios ve para poder actuar como Dios
actúa.
30. El Instrumentum Laboris del XXIII Capítulo
General presenta una lista de desafíos, llamándolos
“signos de la presencia del Reino” y “signos
de la ausencia del Reino”. El documento destaca
específicamente los desafíos que la secularización,
la post-modernidad y la globalización plantean
a la evangelización. Dicho documento resume
bien la situación que enfrenta la Congregación
en todo el mundo y la necesidad de que descubramos
los medios más eficaces para convertirnos en
testigos de la abundante redención.
[11]
31. Una mirada contemplativa sobre nuestro mundo
nos lleva a entrever las fuerzas que luchan
contra el Reino de Dios, tales como una cultura
de la muerte que privilegia el poder, el placer
y el poseer, llegando incluso a la deshumanización,
a la esclavitud y al desplazamiento general
de sociedades enteras. La proclamación de la
redención abundante es una llamada a ver este
mundo herido y golpeado, desde una perspectiva
contemplativa que nos permita descubrir los
caminos del Espíritu. Aprendemos a reconocer
la presencia de signos de redención que nos
permiten proseguir con esperanza y determinación.
Al atrevernos a cuestionar si la misión de Jesús
marca una diferencia para nuestro mundo, necesitamos
también, entonces, tener el valor de asumir
una actitud contemplativa y dejar que el Espíritu
prometido por Jesús nos guíe a la verdad plena
(Jn. 16, 13).
III.
“Cooperadores, socios, y servidores
de
Jesucristo en la gran obra…”
32. Permítanme intentar resumir la
reflexión hecha hasta aquí. Nuestro análisis
comenzó con la afirmación de que los Redentoristas
tienen un modo particular de entender la acción
salvífica de Dios en Jesucristo. Esta visión
se basa en la experiencia de Dios que animó
la práctica pastoral de Alfonso de Liguori.
No ha sido nuestra intención hablar de los modos
tradicionales con que la teología dogmática
ha presentado el tema de la redención. No es
que ese debate no tenga importancia, pero el
Capítulo General esperaba que la presente Communicanda
sirviese de instrumento de discernimiento y
contribuyera a revitalizar la vida apostólica
de la Congregación
[12]
. A este fin, intenté anclar
la reflexión en la experiencia de nuestro Fundador,
que dio energía y urgencia a su predicación,
a sus escritos e incluso a la decisión de fundar
la Congregación. Alfonso entendió al Redentor
como la revelación de la ilimitada compasión
de Dios hacia la humanidad. Este amor compasivo
lleva a Dios a la kenosis, a despojarse
de sí mismo, que Dios hace para la vida del
mundo con especial preferencia por los pobres.
La lógica de Alfonso es la misma lógica de la
carta a los Filipenses: Dios no escatimó esfuerzo
alguno para ganar nuestros corazones (Fil. 2,
5-11).
Llevamos la intuición
espiritual de Alfonso a nuestra misión de proclamar
la abundante redención al mundo de hoy. Esta
misión exige de nosotros una mirada contemplativa
cuando tratamos de entrever las fuerzas que
combaten contra el Reino de Dios e intentamos
discernir los signos de la redención que nos
permiten continuar nuestra misión con esperanza
y determinación, que incluyen la lucha contra
todo aquello que pueda esclavizar a hombres
y mujeres.
Como Alfonso, también
nosotros estamos llamados a la conversión que
nos permita participar del dinamismo de la compasión
y de la kenosis de Dios. “Dar nuestra
vida por la abundante redención” significa entrar
de modo íntimo y permanente en la misión de
Jesucristo, que es la “gran obra de la redención”
a fin de predicar a los pobres la Palabra de
la salvación (cf. Const. 2). En esta parte final
de la Communicanda, me agradaría indicar
algunas consecuencias para la Congregación hoy.
Centralidad
de Jesucristo:
en él hay abundante redención
33. Para dar testimonio de la abundante redención
según la inspiración carismática de Alfonso
de Liguori, nuestra única opción es fortalecer
nuestra relación con el Redentor. Nuestro fundador
unió radicalmente nuestra propia raison d'
être a la misión de Jesucristo. Así, la
misión de Jesús se convierte en el criterio
según el cual juzgamos nuestra propia misión.
Debemos estar convencidos de que creer en Jesucristo
es tener la misma esperanza de Jesucristo; que
seguir a Jesucristo es continuar y prolongar
en la historia su misión, y amar como él amó
hasta el punto de dar nuestras vidas; que seguirlo
es dejarnos cautivar por él y por su causa.
[13]
Alfonso nos invita a redescubrir
al Dios de Jesucristo, un Dios que está apasionadamente
enamorado de la humanidad; un Dios que escucha
el grito de los pobres y no permanece indiferente
a la injusticia. Dios se reveló a sí mismo como
Buena Nueva para los empobrecidos, llegando
a colmar con la plenitud total de Dios a los
seres humanos (Ef. 3, 19) en el auto-despojo
solidario de Cristo (Fil 2, 5-11).
34. Por tanto, la proclamación de la abundante redención
en la tradición redentorista no consiste principalmente
en la presentación de fórmulas de fe o códigos
de moral. Es una invitación a una relación personal
con un Dios apasionado, un Dios de amor que,
a cambio, necesita ser amado. Para Alfonso,
es mucho lo que está en juego. En una de sus
oraciones se lamenta de que el mundo esté “lleno
de predicadores que se predican a sí mismos
[y no a Jesucristo] mientras que el infierno
está lleno de almas.”
[14]
Todavía, con una insistencia
que cuestiona nuestra antigua reputación como
predicadores del “fuego y azufre”, Alfonso sostiene
que las conversiones conseguidas por el miedo
al castigo divino no son duraderas. Por tanto,
durante las misiones, la tarea principal de
todos y cada uno de los misioneros es encender
en sus oyentes el fuego del amor divino
[15]
. Aunque ya no usemos el lenguaje
del azufre para captar la atención de nuestros
oyentes, podríamos preguntarnos, sin embargo,
si nuestra predicación no se ha convertido en
insípida o superficial en sus contenidos. ¿Usamos
toda la creatividad y pasión a nuestro alcance
a fin de predicar a Jesucristo Redentor con
un lenguaje que la gente, especialmente los
pobres abandonados, sean capaces de entender
hoy?
35. La misión de la Congregación no es algo que nosotros
nos inventamos. Tampoco tiene una explicación
y justificación interna, sociológica, psicológica
o antropológica. Sus orígenes se encuentran
fuera de la misma. Dios es el propio origen
y fuente de la misión y de su fuerza. Éste es
su misterio más íntimo, del que la Congregación
bebe su vida, fuerza y visión. Cuando la misión
empieza a justificar su raison d' être
de modo diferente; es decir: socio-política
o culturalmente, pierde su autenticidad. Si
nuestra misión pierde su centralidad en Jesucristo,
su luz se extinguirá y ella misma se convertirá
en insípida; será como la sal que ya no sirve
sino para que la tiren fuera.
36. Creo que centrar la misión de la Congregación
en el misterio de Jesucristo tiene importantes
consecuencias para nosotros. Esta identificación
debe suscitar una efectiva admiración por nuestra
vocación “como cooperadores, socios y servidores
de Jesucristo en la gran obra de la redención”
(Const. 2), porque participamos de un impulso
que encuentra su origen en el misterio de la
Santísima Trinidad. La planificación pastoral,
que debe prestar atención a las metas, a los
objetivos, a los planes de acción y a la evaluación,
debe ser también fruto de la oración contemplativa,
de la meditación y de la lectio divina,
pues ahí estamos tratando con lo sagrado y no
simplemente utilizando principios de dirección
o administración.
37. Cuando a través de la entrega de nuestras vidas
tratamos de hacer más evidente el ímpetu divino
hacia toda la humanidad, no podemos cesar jamás
de buscar y de hacer preguntas. No hay espacio
para la autosatisfacción o para la autocomplacencia
burguesa, en nuestra vocación. ¿Recuerdan la
historia que cuenta Alfonso sobre cierto ermitaño
que un día conoció a un príncipe en el bosque?
El príncipe le preguntó qué estaba haciendo
allí. El ermitaño respondió con otra pregunta
“Señor ¿y qué hace usted en este lugar solitario?”
Cuando el príncipe contestó que estaba cazando
animales salvajes, el ermitaño replicó “Y yo
estoy cazando a Dios”, y prosiguió su camino.
[16]
Si es verdad que muchos de
nuestros contemporáneos están buscando lo divino
o, por lo menos, algún sentido último a sus
vidas ¡imagínense el vigoroso testimonio de
nuestro trabajo pastoral y de nuestra vida comunitaria
donde los hombres están cazando a Dios!
La
conversión para la compasión
que se manifiesta en la kenosis
38. Mons. Pedro Casaldáliga nos invita a pensar también
con nuestros pies. Quiero decir: al final, nuestra
reflexión debe traducirse en una acción que
sea coherente con nuestros valores más profundos.
Si queremos entender cómo comprende Alfonso
al Redentor y a su obra salvífica, debemos incluir
siempre a los pobres, especialmente los pobres
abandonados. Como hemos visto, nuestro Fundador
asocia su Congregación a la misión de Jesús,
que viene a anunciar la Buena Nueva a los pobres.
La Constitución 5 refleja esta relación notando
que “la evangelización propiamente dicha y la
opción por los pobres constituyen para la Congregación
su misma razón de ser en la Iglesia y la contraseña
de su fidelidad a la vocación recibida”.
39. Alfonso no tuvo simplemente una intuición teórica
de la relación especial entre el Redentor y
los abandonados. Su primer biógrafo expresa
en términos dramáticos cómo nuestro Fundador
“pensó con sus pies” – ¡incluso cuando de hecho
montaba en un jumento! En una descripción conmovedora
de su éxodo de Nápoles en 1732, él describe
a Alfonso haciendo a Jesús el sacrificio total
de esa ciudad y de su gloria a fin de vivir
y morir en el campo, rodeado por los campesinos
y pastores analfabetos.
[17]
Comentando este hecho, Théodule
Rey-Mermet escribe que el comienzo de nuestra
Congregación fue primera y principalmente la
muerte y el resurgir de un hombre: “El distinguido
caballero napolitano ya no existe, aquel que
nace es un hombre pobre entre los pobres”
[18]
. El lenguaje pascual, a la
hora de interpretar el éxodo de Alfonso, es
instructivo, especialmente cuando recordamos
el encuentro que provocó la decisión de Alfonso,
cuando a comienzos del verano de 1730 la visión
de los pobres abandonados en las alturas de
Scala lo transformó para siempre. Movido por
la compasión, Alfonso asumió la misma “mente”
de Cristo Jesús y se “despojó de sí mismo” (cf.
Fil 2, 5b). Alfonso reconoció su propia vocación
en la compasión y en la kenosis del Hijo
de Dios. La historia de Jesús se convirtió en
la historia de Alfonso.
40. Desde 1732, miles de Redentoristas han entrado
en esa misma dinámica, permitiendo que la historia
de Jesús se convierta igualmente en la suya
propia. Cohermanos como los Beatos Nicholas
Mykolay Charnetskyi y Dominick Methodius Trcka
vivieron la kenosis en su sentido último,
“aceptando incluso la muerte” por amor a la
misión. Si bien menos dramáticas, aunque no
por eso menos preciosas, son también innumerables
las historias de amor desinteresado que han
caracterizado la historia de nuestra Congregación:
misioneros que, a través de su profesión religiosa,
no escatimaron esfuerzo alguno para hacer una
total donación de sí mismos (Const. 56).
41. Creo que hoy la Congregación está llamada a expresar
la inspiración carismática de Alfonso en un
proceso dinámico de solidaridad. Solidaridad
es compasión, pues ella nos compromete con la
lucha histórica de los pobres y débiles de este
mundo y nos asocia a los que están abandonados
y sin esperanza. La Solidaridad nos llama a
“prestar atención especial a los pobres, a los
de condición más humilde” puesto que su “evangelización
es signo de la llegada del Reino de Dios” (Const.
4). Jesús, no solamente decide identificarse
de una manera especial con los marginados (Mt.
25, 40), sino que también, en su Encarnación
y en su misterio pascual, Dios expresa una solidaridad
radical e irrevocable con los seres humanos.
42. La solidaridad evangélica, que lleva a la Congregación
a comprometerse con los pobres, con los desposeídos
y oprimidos, encuentra expresión concreta en
nuestra comunidad. Los últimos Capítulos Generales
hicieron hincapié en que la comunidad redentorista
es por sí misma una proclamación de la Buena
Nueva. Ella es la tienda que Dios establece
para acampar entre los pobres abandonados a
fin de comunicar su compasión. Pero nuestra
vida común exige también la kenosis
Pues “...la comunidad no consiste tan sólo en
la cohabitación material de los cohermanos,
sino a la vez en la comunión de espíritu y de
hermandad” (Const. 21).
43. La invitación del último Capítulo General a reflexionar
sobre la reestructuración de la Congregación
es una llamada a la conversión a la abundante
redención.
[19]
No es difícil ver la
reestructuración como una especie de auto-despojarse.
La reflexión sobre este tema es un rechazo al
apego obstinado a las glorias del pasado y a
la aceptación pasiva de las limitaciones del
presente. Al revés, estamos buscando nuevas
formas de solidaridad a fin de expresar la compasión
de Dios hacia los pobres abandonados. Este itinerario
parece frágil y requiere el tipo de fe y de
valor que movieron a Alfonso a dejar atrás Nápoles
y partir rumbo a un porvenir desconocido, armado
tan solo de la confianza de que era Dios quien
lo guiaba.
44. Continuaremos este itinerario en la esperanza,
una “esperanza que no falla, porque el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que nos ha sido dado
(Rom 5, 5). Muchos esperan de nosotros un signo
de esperanza, como el Papa Juan Pablo II recordó
al XXIII Capítulo General: “Si anuncian con
alegría y coherencia de vida la abundante redención,
suscitarán o reforzarán la esperanza evangélica
en los corazones de muchas personas, especialmente
de aquellas que tienen mayor necesidad de ella
debido a que han sido marcadas por el pecado
y sus nefastas consecuencias.”
[20]
45. No podemos perder de vista el hecho de que somos
peregrinos que comparten una promesa y un sueño.
La solidaridad, que Dios estableció en el Redentor,
ya está actuando en una especie de lucha escatológica
y, de esta forma, nuestra visión no está limitada
por el momento presente y rechazamos el cinismo
y la ilusión de las esperanzas infundadas. Dios
está haciendo nuevas todas las cosas y nosotros
estamos llamados a trabajar juntos al tiempo
que mantenemos nuestros ojos fijos en un nuevo
cielo y en una nueva tierra que han sido prometidos
a través de Cristo.
Compañeros
de nuestro viaje
46. María, la Madre del Redentor y nuestra Madre
del Perpetuo Socorro, camina con nosotros y
afianza nuestra esperanza. Ella es un modelo
de compasión y de amor desinteresado. En los
comienzos de la Iglesia, ella acompañó a los
Apóstoles y se unió a su oración inquieta. Pienso
que debemos confiar en su presencia hoy en el
corazón de nuestra Congregación, cuando tratamos
de comprender y de anunciar la obra redentora
de su Hijo.
47. Que el ejemplo de San Pablo y los Apóstoles,
así como la intercesión de Alfonso y de todos
nuestros santos y beatos Redentoristas inflamen
nuestro celo. Rogamos para que la fidelidad
extraordinaria de los cohermanos que nos han
precedido fortalezca nuestra valentía y para
que luchemos también por dar nuestra vida por
la abundante redención.
48. En nombre del Consejo General, a todos reitero
nuestros más cordiales y fraternos saludos.
Tenemos un lugar muy especial en nuestros corazones
para las Monjas Redentoristinas así como también
para todos(as) los(las) religiosos(as) y laicos(as)
que participan de nuestra misión, recordando
particularmente a los jóvenes de todo el mundo
que están dispuestos y deseosos de seguir a
Jesús anunciando la Buena Nueva a los pobres.
En el Santísimo Redentor,
Joseph
W. Tobin, C.Ss.R.
Superior General
La lengua del texto original
es el inglés.