I.
DAR LA VIDA HOY
Un
tema audaz
6.
Ciertamente que
no es fácil el tema que el Capítulo General
nos ha confiado a todos para los próximos seis
años. Dar la vida por la abundante redención
es un programa
ambicioso y contracorriente, que no va en línea
con la tendencia, tan difundida hoy día, que
mira con suspicacia a quien se da por completo
y sin reservas.
7.
Cuando resulta
tan difícil comprometerse hoy con cualquiera
vocación a tiempo pleno y de modo definitivo,
el Capítulo nos insta a dar la vida, algo que
no puede ser sino “para siempre”. Cuando muchos
ven en el uso de la libertad personal sin normas
un criterio para decir si una vida está lograda,
el Capítulo nos invita a hacer de nuestra existencia
un don. En un tiempo en el que la salvación
corre el riesgo de pasar de ser locus theologicus
a tema de economía y política, el Capítulo propone,
una vez más, la abundante redención como algo
por lo que merece la pena gastar la propia existencia.
8.
Si – como ya hemos
supuesto – “dar la vida” cuestiona las propias
estructuras con las que realizamos nuestra misión,
la opción del Capítulo se nos muestra, también
en este caso, como una audaz respuesta a los
retos de nuestro tiempo. Constatamos cada vez
más que el nuestro es un mundo globalizado en
el que los problemas de una región repercuten
inmediatamente en las otras, y en el que se
corre el peligro de que una cultura llegue a
ser hegemónica frente a las demás (pensemos
sólo en el uso de Internet). Este mundo en el
que la comunicación y la rapidez de los desplazamientos
están en la base de una nueva antropología,
donde las migraciones de masas y etnias dejan
entrever escenarios nuevos de coexistencia y
de enfrentamiento cultural, es para el Capítulo
un reto que nos lleva a replantear nuestras
estructuras y a transportarlas a los nuevos
desafíos de la misión. En un tiempo en el que
el desplome de las ideologías deja a los pobres
cada vez menos esperanzas de lograr un futuro
mejor, a la vez que crea una diferencia más
clara entre ellos y los ricos, en una época
en la que la explotación de la mano de obra
en los países pobres en favor de las multinacionales
de las naciones más ricas alcanza dimensiones
escandalosas, el Capítulo nos insta a todos
a tomar partido y a dar la vida por los más
abandonados.
¿Qué
misión justifica estructuras nuevas?
9.
En un mundo que cambia tan rápidamente, a muchos de nosotros se nos habrá
ocurrido preguntarnos si la misión redentorista
conserva aún el sentido profundo que la justifique
al servicio de la verdadera redención del hombre
y, sobre todo, si tiene perspectivas de futuro.
A veces nos asalta la duda de si la intuición
espiritual, misionera y teológico-moral de san
Alfonso, con toda la tradición que surgió de
ella, goza aún en este mundo del derecho de
ciudadanía. Somos muy conscientes de que todo
depende de la respuesta a estas preguntas, desde
la pastoral vocacional a la formación que les
damos a nuestros jóvenes, desde la predicación
misionera a los proyectos de ayuda social y,
por último, desde nuestro compromiso con la
justicia y la paz a la asistencia que prestamos
a nuestros ancianos. Sólo una convincente y
positiva respuesta a estas preguntas puede justificar
el consiguiente cambio de nuestras estructuras,
con el penoso trabajo que ello comporta.
10.
Muchos podrían
esperar de nosotros una respuesta exhaustiva
pero éste no es el principal objeto de esta
Communicanda. Otros querrían encontrar
en ella una declaración de un optimismo ciego.
Somos muy conscientes de que aún estamos viviendo
todos una etapa de búsqueda, de penoso éxodo,
frecuentemente árido, en el que se hace difícil
perfilar un futuro creíble para nuestra misión,
tanto para la propia vida religiosa como para
la misma Iglesia. A pesar de todo, debemos señalar
de nuevo en estas páginas, siquiera sea brevemente,
algunos trazos de la búsqueda que debe continuarse
en todo, ya sea por parte de nuestros teólogos,
como por los cohermanos dedicados más directamente
a la pastoral. En realidad, más que trazos,
lo que nos parece entrever son surcos sobre
los que dichos trazos deberían recalcarse. Son
los espacios vacíos creados por las contradicciones
del mundo que después constituyen nuestras propias
contradicciones; son dicotomías que, en todo
caso, elevan al cielo un grito de salvación
al que habrá que responder.
11. Pensemos,
por ejemplo, en el espacio cada vez más amplio
que van conquistando hoy los derechos del individuo.
¿Es posible imaginar – y hasta cuándo – un mundo
parecido? ¿En qué medida estos derechos individuales
amenazan con erosionar progresivamente el terreno
propio de la solidaridad, única realidad que
puede hacer que se espere en el futuro?
Si el consumo y el placer
– sobre todo en los países más ricos – son los
que dictan la única razón de vida, hay que preguntarse
si existe todavía espacio para la piedad en
el corazón del hombre de nuestro tiempo.
Pensemos,
después, en el terreno moral donde, debido a
un malentendido derecho a la libertad personal,
el sentido de culpa casi ha desaparecido por
completo. A pesar de esto, cuando está en juego
el bien común, emerge pujante una necesidad
de ética, de corrección política y de transparencia
en los intereses. ¿Cómo conciliar la libertad
individual y la salvaguardia del bien común?
Y ante el pecado consumado y denunciado, ¿en
qué medida se es capaz de misericordia, qué
grado de confianza se le concede al pecador
y a su redención? Y cuando se otorga el perdón
y la posibilidad de recuperarse, ¿no se lo ve
como un atajo para la impunidad?
12. Echemos
una mirada también al tablero de operaciones
del mundo de hoy y al hecho de que actualmente
se deba convivir con el constante temor al terrorismo
¿Cómo conjugar la poderosa necesidad de paz,
por una parte, con el derecho a la justicia,
por otra?
Si pasamos al campo de la
comunicación, también aquí proliferan las contradicciones.
A medida que abundan los mass media, ¿no es
el compartir profundo lo que frecuentemente
falta, dando paso – en muchos casos – a una
comunicación pobre y fría? Además, ¿cuántas
existencias solitarias y problemáticas no se
esconden tras el uso de un chat, de una red,
de unos celulares? Más allá de este culto a
la comunicación, lo que entrevemos, ¿no es la
necesidad de un amor más grande, capaz de dar
sentido a todo lo que existe? ¿No nos lleva
todo esto a anunciar de una forma nueva al Dios
amor, más allá de los temores con que la gente
se le acerca y de las falsas imágenes que frecuentemente
se le atribuyen?
Cristo
Redentor, única respuesta a las muchas preguntas
13. Somos conscientes de haber
planteado simplemente preguntas, porque sabemos
que las respuestas sólo son fáciles de hallar
en Cristo. Sabemos también que, demasiado frecuentemente,
no logramos descifrar ni las preguntas ni las
respuestas. Las primeras, a causa de la rapidez
del cambio instantáneo; las segundas, tal vez
por nuestra falta de fe. Pero sabemos también
que sólo Cristo “manifiesta plenamente el hombre
al propio hombre y le descubre la sublimidad
de su vocación”4.
14.
A través de nuestra
misión de hoy y de mañana, todavía Él, Cristo,
no deja de ser la huella sobre la que debemos
caminar; más aún, el Camino obligado y necesario.
Prescindir de él, escatimarle nuestra vida al
servicio de la Redención, es una traición perpetrada
al propio hombre de hoy. De esto, efectivamente,
debemos caer en la cuenta: de que es la propia
vocación del hombre, su código genético, la
imagen y semejanza a la que fue ideado, lo que
está expuesto a una seria amenaza; y, ante esta
amenaza, nuestra misión encuentra su razón de
ser hoy y sus perspectivas para mañana. Precisamente,
frente a los escenarios de hoy, nuestra misión
encuentra una urgencia más fuerte y, con ella,
el derecho de invitar los jóvenes y laicos a
compartir nuestra propia vocación.
II.
DEJARNOS SEDUCIR POR EL AMOR DE DIOS EN CRISTO
Tener
en cuenta nuestro camino más reciente
15. Las
últimas décadas han sido para toda la Congregación
una oportunidad para revisar y profundizar el
propio carisma. Mucho se ha dicho acerca de
los fundamentos bíblicos y de la riqueza teológica
de la copiosa redemptio. Textos más o
menos voluminosos, artículos de revistas históricas
y teológicas, tesis de doctorado y de licenciatura
se han dedicado a lo específico de nuestra misión.
16.
Consideramos todo este camino como fundamento
de nuestra identidad. No pretendemos resumirlo
en este lugar, ni mucho menos someterlo a discusión,
aún considerando algunas divergencias de lectura
que todavía se suscitan entre nuestros estudiosos.
De todo este trabajo, tal vez deba hacerse un
balance o una síntesis, pero tampoco sobre esto
queremos detenernos aquí más de lo necesario.
17.
Pero justamente
las últimas etapas de nuestro camino imponen
a nuestra consideración un punto del que no
podemos prescindir y que, a nuestro entender
– como ya hemos recordado al principio de esta
Communicanda – tiene que inspirar la
propia reestructuración de la Congregación.
Ya el Capítulo General de 1997 nos invitó a
examinar “la forma como nutrimos y expresamos
nuestra relación de fe con Jesús.”5 Por su parte, la carta
dirigida a la Congregación al principio de este
sexenio subrayaba que “tenemos que dejarnos
seducir una y otra vez por la inmensidad del
amor salvífico de Dios que se nos da en Jesucristo,
el Redentor.”6
18. En
otras palabras, si “Jesucristo es el mismo ayer
y hoy, y lo será siempre” (Heb 13,8), lo que
cambia es nuestra relación con Él, las “ideas”
que nos hayamos hecho de Dios y, por consiguiente,
de nuestra propia vida,7
y cuyo examen está en la base de toda transformación,
aunque se trate de nuestras propias estructuras.
La pregunta crucial es: ¿Hasta
qué punto buscamos el rostro de Cristo? ¿Qué
idea nos hemos hecho de Él? ¿Hemos tratado,
quizá, de comprenderlo? ¿Convivimos con Él como
con un egregio desconocido, o – en el mejor
de los casos – según imágenes forjadas por otros?
La
tarea de descubrir el rostro de Cristo en nuestro
itinerario
19.
También Alfonso de Liguori tuvo que revisar más de una vez sus ideas sobre Cristo
y modificar su relación con Él. Su formación
juvenil lo vio acomodarse a las ideas religiosas
de su época: por una parte, un Dios como juez
severo y, por otra, un Cristo más cercano al
hombre. Era Cristo quien reconciliaba a la humanidad
con Dios y apaciguaba su enojo gracias a su
sufrimiento expiatorio, el mismo Cristo descarnado
que vemos en la tela pintada por Alfonso en
1719.
A partir del 1723, año que señala su “conversión”,
Alfonso empieza a percibir su vida como una
llamada al amor y, por tanto, como llamada al
don de sí mismo. Comienza a descubrir la importancia
del corazón en su relación con Cristo, y luego
– sobre todo como consecuencia de las primeras
experiencias pastorales y misioneras – el papel
de la esperanza y de la alegría. Más tarde,
cuando, tras mil consultas y en medio de lacerantes
dudas, se decide por la fundación de nuestro
Instituto, una sola cosa le queda clara: debe
“hacer de la ciudad de Nápoles un sacrificio
total a Jesucristo.”8 Pero su itinerario espiritual no termina en las
montañas de Scala. Quedan aún las misiones.
Después vendrá la enseñanza de la teología moral
a sus estudiantes, la redacción de obras como
las Visitas al Santísimo Sacramento (1745)
y la Práctica del Amor a Jesucristo (1768),
que lo llevarán a una síntesis cristológica
madura y bíblicamente fundamentada. Una síntesis
que puede definirse así: el amor del Padre encuentra
su máxima expresión en darnos a su Hijo, fiel
imagen del Dios amor. Y son los misterios de
la encarnación, del nacimiento, de la pasión,
la muerte y la eucaristía los pasos obligados
para entender la infinita ternura de Dios, a
pesar de no oscurecer del todo otros rasgos
del rostro de Cristo comunes a la teología de
su tiempo, como el de la víctima propiciatoria.
20. Todo esto puede
parecernos incontrovertido y logrado ya en el
plano teológico y que forma parte del conocimiento
que tenemos de nuestro fundador. Es difícil
imaginar el recorrido histórico, existencial
y espiritual que Alfonso llevó durante su larga
vida. Ante el Cristo que va descubriendo de
forma siempre nueva, no se coloca la actitud
de teólogo teórico. Su objetivo es, sobre todo,
pastoral. Escucha, lee, recoge textos, reflexiona
y reza a aquel que va descubriendo. En todo
tiende a llevar este Cristo que va descubriendo
a los que más lo necesitan; a los abandonados,
a los excluidos de los círculos teológicos,
de las tertulias de los eruditos, de la normal
atención pastoral garantizada por la Iglesia,
de la docta predicación. Y, ante todo, comparte
este mismo Cristo con su comunidad redentorista
porque la comunidad es el primer signo de la
abundante redención; la comunidad es el lugar
al que los pobres pueden acudir libremente para
beber de este descubrimiento.
21.
No es casual que el Capítulo General haya querido que la Congregación
viviera el tema de Dar la vida por la abundante
redención en continuidad con el de la espiritualidad
del anterior sexenio.9 Tampoco es fortuito que
– además de la reestructuración – fuera la profesión
religiosa y nuestro modo de vivirla hoy10 la otra gran preocupación del Capítulo. Alguno
podría añadir la solidaridad, pero a nuestro
entender – madurado con la lectura de los propios
documentos del Capítulo General – la solidaridad
representa, más que una preocupación final en
sí misma, una de las dimensiones y de las razones
que deberían llevar a la Congregación a la reestructuración.
La profesión religiosa
es otro tema sobre el que esperamos volver en
el trascurso del sexenio, con la colaboración
del Centro de espiritualidad redentorista. El
tema que queremos desarrollar aquí, sin embargo,
es el de la reestructuración, un proceso que
todo congregado debe compartir haciéndolo surgir
de su renovada relación con Cristo y de su continuo
interrogarse ¿Cómo dar hoy la vida por la abundante
redención?
III.
LA REESTRUCTURACIÓN AL SERVICIO DE LA MISIÓN
Llamados
a la conversión
22.
Somos llamados a la conversión, a revisar una
vez más el camino hasta aquí recorrido, a debatir
nuestra respuesta a las exigencias actuales
de la misión redentorista, a revisar nuestro
estilo de vida, nuestra mentalidad y nuestro
modo de organizarnos. Estamos invitados a responder
con fidelidad creativa a los retos de la misión
en el mundo de hoy. Somos llamados a ser fieles
al carisma de la Congregación y al espíritu
del fundador. Estamos invitados a profundizar
en la búsqueda de nuevos modos de responder
a las exigencias del anuncio del Evangelio,
del anuncio de la “copiosa redemptio”
que encontramos en Jesucristo; y esto, no sólo
con un discurso nuevo, o con un lenguaje nuevo,
sino con el testimonio de vida renovada.
23.
A partir del Concilio Vaticano
II, nuestra Congregación y, con ella, la vida
religiosa, ha entrado en este proceso. Hemos
revisado nuestras Constituciones y Estatutos;
nos hemos esforzado por establecer las prioridades
y hemos tratado, con la gracia de Dios, de encontrar
el camino de la coherencia entre nuestra profesión
de fe y nuestra vida, entre la profesión religiosa
y la vida comunitaria dedicadas a la caridad
apostólica. Hemos tratado de responder con caridad
apostólica a las exigencias de nuestra vocación
comunitaria.
Un
impulso que viene de lejos
24.
El decreto Perfectae Caritatis (1965) decía
que “la renovación adecuada de la vida religiosa
abarca a un tiempo, por una parte, la vuelta
a las fuentes de toda vida cristiana y a la
primitiva inspiración de los Institutos, y por
otra, una adaptación de los mismos a las diversas
condiciones de los tiempos.”11 Pero, con idéntica claridad
advertía: “Las mejores acomodaciones a las necesidades
presentes no surtirán efecto si no se vivifican
con una renovación espiritual, a la que siempre
hay que atribuir la fuerza principal en la ejecución
de las obras externas.”12 Subrayaba que “sin la cooperación de todos los
miembros del instituto no puede conseguirse
la renovación eficaz ni la recta acomodación,”13 y que “la norma
de vida, de oración y de trabajo ha de estar
en consonancia con las condiciones físicas y
psíquicas actuales de los miembros, y, según
lo requiera el carácter de cada Instituto, con
las necesidades del apostolado, con las exigencias
de la cultura y con las circunstancias sociales
y económicas, en todas partes, pero sobre todo
en las misiones. El régimen de los Institutos
ha de revisarse también a la luz de estos mismos
criterios.”
25.
En las décadas siguientes al Concilio, las circunstancias, la cultura, la
mentalidad y la conciencia de los seres humanos
han cambiado mucho y continúan cambiando. Estamos
en un proceso de cambio permanente. Todo esto
nos obliga a no detenernos en los pasos ya dados.
El seguimiento de Jesucristo y la fidelidad
al carisma de la Congregación piden de nosotros
hoy un nuevo examen de nuestro estilo de vida,
de las respuestas misioneras que vamos dando
y del modo como nos organizamos. Las estructuras
que hemos tenido desde el principio y las que
hoy tenemos son sólo medios que nos ayudan a
realizar mejor los fines de la misión.
El
camino propuesto por los últimos Capítulos Generales
26.
Desde 1979, los Capítulos
Generales nos han llamado con insistencia a
la conversión, conectando cada vez más los temas
espirituales y la necesidad de coherencia a
la hora de examinar las estructuras con que
realizamos nuestra misión. Puede decirse que
estos Capítulos han representado para la Congregación
una búsqueda siempre nueva de identidad y un
modo de realizar algo que ya encontramos sancionado
en nuestras Constituciones. Es decir, que “se
les prohíbe instalarse en situaciones y estructuras
en las que su actuación perdería el distintivo
misionero.”15
27.
Basta recordar cómo en la última década el Capítulo
General de 1991 pidió al Gobierno General iniciar
un proceso de reestructuración tendente, sobre
todo, a: “a) ayudar a las Unidades que han caído
en cuanto a personal por debajo de las exigencias
del Estatuto General 088, igual que a los grupos
de Unidades que muestran signos serios de declive
en personal; b) estimular las iniciativas pastorales
renovadas, difícilmente sostenibles por Unidades
aisladas.”16
28.
El XXII Capítulo General
(1997) afirmaba: “Reafirmamos nuestro compromiso
como Congregación con los temas de los recientes
Capítulos Generales. Se trata de un proceso
que todavía está llevándose a cabo de manera
gradual entre los redentoristas. […] Nos parece
que la vivencia de este tema exige una mística
de vida que nos ayude a leer los signos de los
tiempos. Esto no es fácil de lograr y, además,
conlleva una conversión que es don del Espíritu.
Pedimos, por tanto, que los redentoristas centren
su atención en la espiritualidad como eje fundamental,
de tal manera que la obra de la Nueva Evangelización
sea edificada sobre roca y no sobre arena.”17 Para explicar el sentido
de esta opción, el Documento final recomendaba:
“Que la Congregación asuma la espiritualidad
como tema del próximo sexenio. […] Que, atentos
al hambre espiritual de tantas personas en nuestra
sociedad, busquemos formas nuevas y creativas
para compartir nuestra herencia espiritual con
los demás.”18
También este Capítulo pedía con insistencia
al Gobierno General que “continuara el proceso
de reestructuración iniciado en 1991.”19
29.
El XXIII Capítulo General (2003) ha asumido como
tema del sexenio Dar la vida por la abundante
redención.20 El mensaje final dice:
“Vemos este tema como una continuación del tema
de la espiritualidad adoptado por el XXII Capítulo
General […]. Creemos que no hay espiritualidad
redentorista si no es misionera como tampoco
hay misión redentorista si no está arraigada
en las ‘profundidades de Dios.’”21 E insiste: “Deseamos
llamar la atención sobre algunas de las implicaciones
y retos que suscita el compromiso de dar
la vida por la abundante redención.”22 Se reafirma la necesidad
de someter a examen nuestro estilo de vida,
nuestra vida comunitaria, el testimonio que
damos y de revisar nuestras estructuras, verificando
cómo sirven a nuestra misión: “A medida que
el Capítulo se fue desarrollando se hizo claro
para todos que la Congregación debe asumir el
reto de la reestructuración para el bien de
la misión. La solidaridad puede suscitar muchas
estructuras creativas a todos los niveles de
la vida de la Congregación, especialmente en
el campo de la formación y de las iniciativas
apostólicas. El P. General nos retó a pensar
en la dirección de promover nuevas comunidades
internacionales y nuevas formas de gobierno
regional. El Dar la vida por la abundante
redención conlleva exigencias inesperadas
para todos.”23
Necesidad
de revisar nuestras actuales estructuras
30.
Históricamente, las estructuras
de la Congregación se crearon para responder
a una determinada expresión concreta de la misión
redentorista. Por su propia naturaleza, a diferencia
de las monásticas, nuestras estructuras son
dinámicas, nacen para cambiar y para entrar
periódicamente en revisión. Hoy, todos nos damos
cuenta de que las exigencias de la misión son
completamente nuevas y, por tanto, nos preguntamos
si las estructuras actuales responden a la misión
de hoy. Éste ha sido el interrogante propuesto
durante el último Capítulo General, que ha individuado
diversos retos nuevos y a los que ha querido
dar una respuesta. En la decisión referente
a la reestructuración, el Capítulo dijo: “Las
estructuras administrativas de la Congregación
no son un fin en sí mismas, sino el soporte
para la misión. Existe actualmente un consenso
entre los redentoristas de que las estructuras
de la Congregación frenan, de vez en cuando,
una respuesta creativa y eficaz a las urgencias
pastorales de nuestros días.”24
El Capítulo, por tanto, pide que “el Consejo
General continúe la reestructuración de las
instituciones de la Congregación.”25
Nos encontramos en la etapa de reflexión, de
análisis, de apertura, y de búsqueda en orden
a las decisiones a tomar.
¿Qué
entendemos por “reestructuración?”
31.
No es nuestra pretensión
definirla aquí de forma exhaustiva. Proponemos
sólo una descripción o la visión que tenemos
de ella. Pensamos que tanto la reflexión sobre
la reestructuración como el compromiso de llevarla
a cabo son tarea de todos los Redentoristas.
Vemos la reestructuración como un proceso, como
una dinámica de transformación personal y comunitaria
que analiza la realidad actual, evalúa las estructuras
que tenemos y, en caso necesario, se dispone
a cambiarlas a fin de que seamos fieles al carisma
y al servicio de la misión. Consiste fundamentalmente
en encontrar nuevas formas de organizarnos,
creando, en caso de ser necesarias, nuevas estructuras
que puedan responder con mayor fidelidad al
carisma de la Congregación. Esto requiere una
nueva sensibilidad ante los retos actuales.
Exige una nueva mentalidad, un nuevo modo de
anunciar el Evangelio, un nuevo modo de testimoniar
la copiosa redemptio. Obviamente, en
todo este proceso tenemos que considerar el
clima de fraternidad que debe caracterizar nuestras
estructuras de manera que sean “adecuadas”,
y no sólo un punto de llegada y de partida para
la misión. Debemos someter a examen nuestros
modos de relacionarnos, así como las dinámicas
de animación de las propias comunidades Debemos
redescubrir un fondo antropológico para nuestras
estructuras, que están siempre al servicio de
la persona y de su anhelo de vida. En todo caso,
no se puede concebir la reestructuración sino
a partir de un discernimiento serio que adopta
una actitud de conversión y de búsqueda profunda
de la voluntad de Dios.
32.
La reestructuración
no puede ser sólo una reacción ante situaciones
que se nos presentan y ante las que tenemos
que adoptar una posición. La reestructuración
debe surgir de una actitud positiva. No tendría
sentido hacer una reestructuración al estilo
de una solución administrativa. Su urgencia
no está condicionada por el escaso número de
vocaciones o por la incertidumbre frente al
futuro. No la motiva el hecho de que haya cada
vez menos Redentoristas en algunas Regiones,
mientras que aumentan en otras, o por el temor
a que una unidad desaparezca, o sólo para seguir
subsistiendo o sobreviviendo, sin ninguna preocupación
por las exigencias actuales de la misión. La
reestructuración no ha de hacerse para salvar
una casa o una obra a la que nos sentimos particularmente
ligados, pidiendo que otra Unidad nos solucione
el problema enviándonos a algún cohermano. La
reestructuración no es un antídoto a nuestros
miedos ni tampoco una forma de adaptarnos a
lo que nos es más cómodo. No es ni siquiera
una simple redistribución de personal.
33.
La reestructuración es un proceso que hay que
poner en marcha en la Congregación para que
ésta pueda responder mejor a los retos del mundo
actual. Para entrar en este proceso hay que
preguntarse seriamente: ¿Están nuestras actuales
estructuras efectiva y eficazmente al servicio
de la misión redentorista? ¿Cómo funcionan dichas
estructuras? ¿Nos ayudan realmente a cumplir
con las exigencias del carisma y a responder
a las urgencias pastorales del mundo de hoy?
¿A qué urgencias pastorales está llamada a dar
respuestas hoy la Congregación? ¿Qué estructuras
nos son útiles para poder responder mejor a
dichas urgencias? ¿Qué criterios tenemos para
determinar nuestro compromiso con los más pobres
y abandonados? ¿Qué es lo que nos ayuda a discernir
las verdaderas urgencias pastorales?
34.
Por
si estas preguntas nos parecen abstractas o
lejanas de nuestras normales ocupaciones, traigamos
algunos ejemplos que nos permitan comprender
la urgencia de la reestructuración. Pensemos
en la formación inicial, que es una de las preocupaciones
prioritarias del Gobierno General y de toda
la Congregación. La última Ratio Formationis
C.Ss.R. aplicó oportunamente a la formación
un principio actualmente sancionado por nuestras
Constituciones; o sea, la colaboración con otras
(vice)provincias26 a fin de garantizar la indispensable calidad en
este ámbito: “si una Unidad no cuenta con el
personal requerido para las comunidades de formación
o las estructuras convenientes para garantizar
la formación en todos sus elementos esenciales,
debe buscar la ayuda de otras Unidades.”27 ¿Cómo introducir esta urgencia en el proceso de
reestructuración?
35.
Pensemos también en los nuevos
escenarios que representan la migración de los
pueblos. Etnias procedentes del Sur o del Este,
carentes por lo general de la necesaria asistencia
pastoral, se instalan cada vez más en países
del Norte y del Oeste. Pensemos en las condiciones
a las que se encuentra expuesto hoy el Continente
africano, desde el punto de vista económico-social,
eclesial y redentorista. Algunas de nuestras
Unidades, que en el pasado han trabajado generosamente
allí, se ven obligadas por diversas razones
a limitar o a renunciar a su compromiso. ¿No
se convierte esto en un grito de salvación que
nos interpela? ¿En qué medida nos mostramos
herederos de la generosidad y de la creatividad
de los Redentoristas de los siglos pasados?
36.
Más
aun: en los países del Norte hay Unidades redentoristas
que desde hace años no registran llegada alguna
de nuevos candidatos, y si llegan, su número
es cada vez más reducido. Algunas se han resignado
a desaparecer. Otras hacen de su situación el
criterio para determinar la muerte de la vida
religiosa y de la Congregación en estas regiones.
¿No existe el peligro de plegarse a esta sensación
de derrota, dando por imposible la misión redentorista
en los países de mayor progreso? ¿No nos impulsa
esto a buscar nuevas formas de presencia y de
anuncio?
37.
Encontramos un ejemplo en
la disparidad económica que registra la Congregación
en los 77 países en los que realiza su misión
hoy. Hay Unidades que no tienen ningún problema
económico, mientras otras se ven obligadas a
rechazar nuevos candidatos porque no cuentan
con los recursos necesarios para mirar el futuro
con confianza. ¿No es esta una situación oportuna
para idear nuevas estructuras acerca del compartir,
para que se haga efectiva y permanente entre
nosotros la solidaridad?
Algunos
criterios para la reestructuración
38.
Nos
parece decisivo determinar con la mayor claridad
posible estos criterios a fin de evaluar nuestra
fidelidad al carisma. Dicha fidelidad no se
determina a partir de nuestros talentos o de
nuestros intereses personales o de nuestra capacidad
o habilidad para este o aquel tipo de ministerio.
No es el éxito personal o el comunitario, no
es el “brillo” de lo que hacemos, y menos aún
el gusto personal o lo más cómodo para la comunidad
lo que nos lleva a ser fieles. El criterio de
fidelidad para la Congregación es el seguimiento
de Cristo en la evangelización de los más pobres
y abandonados. Nos preguntamos: ¿Estamos allí
donde deberíamos estar? ¿Estamos donde se dan
las mayores urgencias pastorales?
39.
Nos apremia preguntarnos
concretamente: ¿Qué significado tiene la “reestructuración”
para cada Unidad, para cada Región? ¿Qué estructuras
son las que mejor pueden favorecer la relación
entre el Gobierno General y las Unidades de
la Congregación? ¿Son necesarias nuevas estructuras
intermedias entre las (vice)provincias y el
Gobierno General?
40.
Somos conscientes de haber
planteado aquí muchas preguntas, pero reflexionar
sobre los pasos a dar en este proceso corresponde
a todos los Redentoristas: en cada Unidad, en
cada Región, en toda la Congregación. La reestructuración
es una consecuencia del proceso de conversión
y un camino hacia la conversión personal, a
la vez que expresión concreta de la conversión
comunitaria. Y este proceso no puede imponerse
desde fuera. Tiene que ser el resultado de una
nueva mística misionera, de un nuevo modo de
testimoniar el amor de Cristo.
41.
El último
Capítulo General dijo que “el objetivo general
de esta reestructuración es estimular positiva
y solidariamente el dinamismo apostólico de
la Congregación en la realización de su misión
en la Iglesia. La Congregación existe para la
misión y tiene, por tanto, la obligación de
adaptar a ella sus estructuras.”28 Con la reestructuración se pretende un funcionamiento
más eficaz de nuestras estructuras actuales
a nivel General, (Vice) Provincial y Regional. Se busca una solidaridad más intensa entre
las Unidades, tanto en el apostolado como en
la formación inicial y permanente. Se trata,
precisamente, de lograr entre las Unidades de
la Congregación un intercambio más eficaz de
personal a fin de satisfacer las exigencias
de la misión y las urgencias pastorales. Se
pretende una mejor coordinación de los recursos
económicos y se quiere sostener a las (Vice)Provincias que
afrontan dificultades especiales de cualquier
tipo.29 Otras propuestas surgidas, antes y durante el Capítulo,
tendrán que ser tenidas en cuenta en su momento
más oportuno, como son los nuevos criterios
de representación en el Capítulo General, el
número de Consultores Generales y el modo de
relacionarse con las Regiones, una nueva división
de las Regiones, etc.
Un
cambio más profundo
42.
La reestructuración
exige evidentemente un cambio de mentalidad,
un cambio de actitudes, un cambio del propio
marco de referencia. No podemos quedarnos atados
para siempre a las actuales estructuras. Durante
muchos años, al comienzo de la historia de la
Congregación, no existían las Provincias. Se dedicó mucho esfuerzo a la creación de comunidades
internacionales. Se constituyeron luego las
Provincias, las cuales se fueron desarrollando cada vez más.
Surgieron las Viceprovincias y las Misiones
como expresión del espíritu misionero de las
Provincias. En los últimos años, estamos trabajando mucho
en las Regiones en cuanto estructuras intermedias
entre el Gobierno General y las Provincias. No podemos caer en la trampa de un “provincialismo”
exclusivista, ni podemos considerar a la Congregación
como una simple confederación de Provincias. Constituimos un cuerpo misionero internacional,
una gran comunidad misionera cuyo fin es “seguir
el ejemplo Jesucristo Salvador en la predicación
de la Palabra de Dios a los pobres, como él
dijo de sí mismo: Evangelizare pauperibus misit
me” [...], una comunidad que “esto lo lleva
a cabo con dinamismo misionero y esforzándose
por evangelizar en las urgencias pastorales
a los más abandonados, especialmente a los pobres.”30
43.
Es obvio que toda novedad,
toda invitación al cambio, produce en nosotros
un cierto temor, una cierta inseguridad. En
el fondo, es mucho más fácil convivir con nuestras
costumbres aceptadas. Es siempre preferible
no discutir una mentalidad a cuya construcción
– conscientemente o no – hemos dedicado gran
parte de nuestra vida. No debemos negar nuestros
temores, pero tampoco debemos dejarnos paralizar
por ellos. Estamos llamados a dialogar con confianza
y esperanza. Verse invitados a pensar en la
reestructuración es, en realidad, una invitación
a convertirnos a la abundante redención. Es
crecer en la solidaridad interior para expresar
la solidaridad exterior en la caridad apostólica
y, de esta forma, testimoniar el amor de Dios
y la abundante redención.
Un
proceso que nos implica a todos
44.
Creemos que toda la Congregación,
es decir, cada Región, cada Provincia
y Viceprovincia, cada comunidad, tiene que entrar
en este proceso de reestructuración. En muchos
casos se trata de consolidar aquellas estructuras
que continúan siendo válidas y de poner en marcha
aquellos procesos decisorios ya previstos por
las Constituciones y Estatutos y que, frecuentemente,
no hacemos que funcionen (principio de subsidiariedad,
revisión, programación, etc.). Tenemos que discernir,
reflexionar, profundizar, descubrir pistas para
el camino, identificar retos, diseñar los pasos
que tenemos que dar en este camino de conversión
personal y comunitaria. Es un proceso que nos
implica a todos. Cada una de las Regiones debe
poner en marcha un proceso con el fin de identificar
los retos pastorales más urgentes y ver cuáles
son los obstáculos que impiden una respuesta
ágil y generosa a los mismos.
45.
El proceso de reestructuración
es, al mismo tiempo, global y local. En el proceso
de discernimiento hay que estar muy atentos
a fin de responder a los criterios globales;
hay que fijarse en los grandes cambios por los
que atraviesa el mundo y que dibujan las grandes
perspectivas del futuro. Pero la misión Redentorista
debe ser siempre inculturada, debe ser una respuesta
conocedora de la realidad local, que respete
e influya, en la medida de lo posible, en dicha
realidad de acuerdo con lo que dicen las Constituciones
8-9, 17, 19. La búsqueda de mayores urgencias
a nivel general no debe impedir que se recuerden
las necesidades pastorales más urgentes a nivel
de Regiones individuales.
46.
Un cambio de mentalidad requiere
tiempo, pero pensamos que ciertas tentativas
deben ponerse ya en práctica. Invitamos a todos
a seguir los pasos señalados por el XXIII Capítulo
General. Debemos estudiar las estructuras de
la formación inicial y comunitaria; tenemos
que disponernos a conocer y a aprender las lenguas
más habladas en la Congregación; tenemos que
crecer en solidaridad; tenemos que hacer serios
esfuerzos por la creación de comunidades internacionales.
Pensamos que en este sexenio, cada Región tiene
que comprometerse, al menos, con una comunidad
internacional. Creemos que hay que progresar
en la solidaridad económica. Hay que estar disponibles
a las urgencias pastorales a nivel internacional.
Deben evitarse “convenios simplemente bilaterales
o exclusivamente entre Unidades” y hay que pensar
de forma más global, poniendo los recursos al
servicio de la colaboración internacional a
partir de una más amplia visión común. Lo que
proponemos no es una “centralización”. No queremos
caer tampoco en el extremo de una “descentralización”,
paso previo a la dispersión. Lo que proponemos
es un camino para compartir, para el diálogo,
la solidaridad, la evangelización inculturada,
para el testimonio comunitario, profético y
liberador, sin olvidar que nuestra actual unidad
en la diversidad es ya en sí misma un testimonio
importante a los ojos del mundo.
¿Cómo
continuar con el proceso de reestructuración?
47.
El Capítulo General ha señalado
un camino. Dice que “el Consejo General establecerá
una comisión que brindará modelos y estrategias
para mejorar o reajustar las actuales estructuras
de la Congregación.”31 Se definieron criterios
sobre el trabajo de la Comisión, sobre su composición,
sobre el diálogo constante y la estrecha colaboración
con el Gobierno General, sobre la consulta a
los cohermanos, sobre el deber de consultar
a otras Congregaciones para tener en cuenta
sus experiencias, sobre los informes que deben
presentarse, sobre la posibilidad concreta de
crear entretanto estructuras ad experimentum.32
48.
Quedan aún muchas cosas por
aclarar como, por ejemplo, las tareas concretas
de la Comisión y las relaciones de ésta con
los posibles “delegados del Superior General
para las Regiones y Sub-regiones.”33
Deben definirse los límites de responsabilidad
y los diversos plazos para el proceso de reestructuración,
así como el modo como implicar a las diversas
Regiones. Pensamos incluir todos estos aspectos
en un proyecto que comunicaremos antes de julio
de 2004.
49.
Ante un reto tan enorme como
el de la reestructuración, surge el peligro
del desaliento y de la resistencia al cambio.
Está bien recordar, sin embargo, que la primera
gran reestructuración ha sido la redención,
y que en este nuestro proceso es el propio Cristo
quien participa, Él que vino a hacer de nosotros
una sola familia y a dar el sentido de salvación
a las estructuras con que trabajamos. Junto
a Él lograremos mirar con más confianza los
nuevos horizontes que la historia nos abre y
encontrar la senda por la que debemos encaminarnos.
Con Él y por Él también daremos la vida para
que el mundo la tenga en abundancia (Jn 10,
10).
Conclusión
50.
Les renovamos nuestros saludos
más cordiales, extensivos a las monjas del Santísimo
Redentor, a los religiosos y religiosas más
cercanos a nuestra espiritualidad, a los jóvenes
que se sienten llamados a nuestro Instituto,
a los laicos que colaboran estrechamente con
nuestra misión, al pueblo de Dios y, sobre todo,
a los más pobres y abandonados.
En nombre del Consejo General
En Cristo Redentor
P. Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Superior General
(The original text is the
Italian.)