| Communicanda
IV - 1997-2003 |
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DE UN MISMO PENSAR
Y
DE UN MISMO SENTIR
(Hechos 4, 32)
Reflexión sobre la solidaridad en la Congregación
COMMUNICANDA IV
Nr. Prot. 0000 292/01
31 de marzo de 2002
Resurrección del Señor
Queridos
cohermanos:
Me complace ofrecer a la Congregación
esta primera Communicanda del nuevo milenio
y pedirles que se unan a mi reflexión sobre un
signo de esperanza que percibo en ella. Puesto
que, ciertamente, existen diversos motivos
para mirar el futuro con confianza, en esta
carta me fijaré solamente en uno que expongo a
su consideración: veo un creciente espíritu de
solidaridad en la Congregación; es decir, una
creciente unanimidad en el pensar y en el sentir
así como un fortalecimiento de los vínculos que
unen a la familia Redentorista global y que nos
llevan a una acción misionera más eficaz.
¿Por
qué escribo esta carta?
Esta solidaridad es, a la vez, el resultado
de la renovación que ha tenido lugar en la Congregación
durante los últimos cuarenta años y fruto también
de las fuerzas de globalización que están conformando
nuestro mundo. Pienso que debemos reconocer los
positivos desarrollos actualmente presentes en
la vida de nuestra Congregación, y mirar juntos
el futuro en un esfuerzo por discernir lo que
Dios quiere de nuestro Instituto.
Una reflexión sobre la solidaridad
debe interesarnos, además, para continuar trabajando
en el tema de este sexenio. Nos ayuda nuestra
espiritualidad a contestar las “básicas y, a menudo,
inquietantes preguntas: ¿Quiénes somos?
¿Para qué existimos? ¿Cómo debemos vivir?”
(Communicanda 2, de enero de 1999,
n. 8). Pienso también que una reflexión sobre
la solidaridad nos llevará a cuestionarnos ¿cómo
nos relacionamos mutuamente dentro de la Congregación?
y ¿cómo reac-cionamos, teniéndonos mutuamente
en cuenta, ante los acontecimientos de nue-stro
mundo? O a hacernos preguntas como éstas otras:
“¿Hemos sido llamados a una congregación internacional
o a una federación de (vice)provincias?” o “¿Nos
sentimos incómodos ante un modelo de economía
global que divide y fomenta la discriminación
en nuestro mundo?” Todas estas preguntas son de
orden espiritual. Nos invitan a reflexionar sobre
lo que somos, sobre aquello que valoramos y sobre
la forma en que debemos vivir.
Finalmente, veo esta carta en conexión
con un proyecto decisivo y ya en marcha dentro
de la Congregación: la preparación del próximo
Capítulo General. Espero que esta Communicanda
contribuya a la reflexión con la que se va preparando
la Congregación para un momento excepcional de
solidaridad: el XXIII Capítulo General que se
celebrará en 2003.
La
preparación de este texto
Las reuniones Regionales
a mitad de sexenio
Permítanme decirles algo de cómo se
gestó esta carta. En 1999, el Consejo General
preparó la agenda para las seis reuniones Regionales
de la Congregación que tendrían lugar a mitad
de este sexenio. En un periodo de doce mes, de
enero de 2000 a enero de 2001, los superiores
mayores de todas las regiones se reunieron con
los miembros del Consejo General; primero, en
Madagascar, después en Estados Unidos, Brasil,
Filipinas, Italia y Polonia.
El Consejo General, siguiendo la recomendación
del último Capítulo General, pidió a los superiores
mayores que abordaran los mismos temas en todos
los encuentros regionales. En el programa se incluían
el tema del sexenio sobre la espiritualidad, la
vocación de Hermano en la Congregación y los temas
que tenían que ver con la preparación del próximo
Capítulo General. Se dedicó también un tiempo
a temas de interés particular de cada Región.
Además de estos temas, yo personalmente
presenté la solidaridad como un especial signo
de esperanza que veo en la Congregación y que,
previamente, ya había tenido oportunidad de discutir
con los superiores mayores en cuanto “signo de
los tiempos”. Incluso entonces pensaba en la posibilidad
de publicar el mensaje en forma de Communicanda
para comprometer en su reflexión a todos los cohermanos.
En cada uno de los seis encuentros regionales
se presentó un mismo boceto del texto y los superiores
aportaron sugerencias muy útiles. Con entusiasmo,
estuvieron de acuerdo en continuar con el estudio
del tema de la solidaridad y me animaron a que
se publicara una Communicanda sobre el
mismo.
Reflexión de la Unión
de Superiores Generales
Hacia finales del año 2000, juntamente
con otros superiores generales de religio-sos
varones, participé en una reflexión sobre el futuro
de la vida consagrada en un mundo globalizado.
Fue con ocasión de la reunión que semestralmente
celebra la Unión de Superiores Generales
(22-25 de noviembre de 2000) y en la que estudiamos
un documento de trabajo preparado por la comisión
teológica internacional de la Unión. A
primera vista, diríase que fuera necesario un
diccionario teológico para entenderlo. El documento
se titulaba “Desde el interior de la Globalización:
hacia una comunión descentralizada e intercultural.
Implicaciones eclesiológicas para la administración
de nuestros Institutos” (publicado el 8 de diciembre
de 2000). Representaba el fruto de tres años de
diálogo entre los teólogos y los superiores generales
sobre los rápidos cambios de horizonte en que
la vida consagrada se mueve hoy día. El texto
ofrece una valiosa perspectiva desde la que situar
temas como el de la inculturación del carisma
y el de la descentralización en un contexto de
fenómenos sociológicos, culturales y económicos
nuevos. El debate, al menos, me convenció
de que la mayoría de los responsables de las órdenes
y congregaciones internacionales tratan de hacer
frente a temas tales como éste: “¿De qué forma
pensar globalmente y actuar localmente?”
El mundo en el 2002
Los informativos que hablan de lo que
ocurre alrededor del mundo, nos llevan a muchos
a pensar en lo estrechamente relacionados que
se encuentran entre sí, por un tipo de
vínculos absolutamente nuevos, todos los pueblos
de la tierra. Sin que importe la riqueza ni el
poder que se posea, ningún estado puede pretender
vivir en paz si permanece en total aislamiento.
La prosperidad de un país puede construirse sobre
la miseria de otros muchos. Decisiones tomadas
o ignoradas en una nación tienen un serio impacto
en tierras lejanas. Las consecuencias pueden ser
terribles si no acertamos a globalizar la solidaridad
entre los ciudadanos del mundo.
Un
motivo para la esperanza
Han pasado dos años desde que el primer
esbozo de esta carta fuera discutido en la primera
reunión Regional, en enero de 2000. Desde entonces,
muchos acontecimientos han ido sucediéndose
en el mundo y, algunos de ellos, puede que hayan
engendrado en nosotros una duda real y un presagio
nada halagüeño sobre nue-stro futuro como misioneros
y, por supuesto, también como ciudadanos del mundo.
Aún así, la preocupación central de este mensaje
sigue siendo la esperanza y el esfuerzo por exponer
los motivos de esperanza que nos acompañan – tarea
nada fácil como hicimos notar en la primera Communicanda
de este sexenio (Communicanda 1, 25 de
febrero de 1998, n. 17). ¿Cómo atrevernos hoy
a esperar? Con el Apóstol de las gentes, los misioneros
Redentoristas continúan trabajando y esforzándose
porque “tenemos puesta la esperanza en
Dios vivo, que es el Salvador de todas las gentes,
principalmente de los creyentes” (1 Tim. 4, 10).
La razón por la que no nos arredramos ante las
dificultades o las decepciones es porque estamos
firmemente arraigados en la convicción de que
hemos recibido una Misión y de que su Dador es
digno de confianza, Dios, que, en Jesucristo,
él mismo se ha unido a nosotros para siempre.
¿Puede darse un acto más dramático de solidaridad
que nuestra redención?
Cuanto más profundizamos en la Misión
concreta que se le ha encomendado a nuestra Congregación,
más hondos son los deseos de muchos cohermanos
de trabajar juntos. Estos deseos se traducen en
una forma de vida que podemos llamar solidaridad:
unanimidad en los objetivos y en el mutuo entendimiento
dentro de la global familia Redentorista que conduce
a una más eficaz acción misionera. ¿En qué percibo
yo este espíritu que, de hecho, se da ya entre
nosotros?
Signos
de solidaridad
La mayoría de los Redentoristas quiere
saber lo que pasa en nuestra Congrega-ción en
los diversos países en los que vivimos y trabajamos.
Los miembros del Consejo General coinciden en
que uno de los momentos culminantes de toda visita
es cuando, en cada comunidad local, discutimos
sobre la situación actual de nuestra misión global.
Casi sin excepción, los cohermanos están ávidos
de oír, de for-ma detallada, el relato de las
luces y las sombras que existen hoy en la Congregación.
La posibilidad de compartir esta información se
da también por otras vías como: las reuniones
internacionales, los boletines informativos publicados
por el departamento de Comunicaciones, las cada
vez más frecuentes visitas entre las distintas
(vice)provincias y a través de la comunicación
que permite Internet. Todo esto contribuye a aumentar
el conocimiento de los esfuerzos que realizan
los cohermanos en situaciones enormemente diferentes
entre sí, y también a que dismi-nuya la aparente
indiferencia o la falta de entendimiento que,
a veces, existió entre provincias y regiones,
principalmente porque nosotros, Redentoristas,
sencillamente sabíamos poco los unos de los otros.
La solidaridad es más que el simple
interés o el conocimiento de la situación de los
demás. El mutuo conocimiento debe traducirse en
acción concreta. Me complace señalar algunos “hechos”
de nuestra hermandad a nivel internacional. Es
digno de mención el hecho de que muchas de nuestras
más recientes misiones ad gentes se han
proyectado y sostenido con la colaboración de
diversas unidades de la Congregación. Nuestra
presencia misionera en Nigeria, Siberia, Corea
y Bolivia son ejemplos de esta colaboración. Cuando
visité Corea en 1999, el Arzobispo de Seúl me
hizo la observación de que el éxito que estaban
obteniendo los Redentoristas a la hora de atraer
nuevos miembros se debía al hecho de que dábamos
a los jóvenes la imagen de una comunidad de “rostro
internacional”; es decir, una comunidad de hermanos
procedentes de diferentes naciones y culturas
a los que, efectivamente, unía el amor mutuo y
el celo misionero. La misión de Corea empezó como
una expresión de solidaridad entre las unidades
de Asia y Oceanía, muchas de las cuales contribuyeron
con fondos y personal a que se llevara nuestro
carisma a dicha nación. Me siento feliz al ver
cómo este espíritu fundador continúa aún. Hoy,
los Redentoristas coreanos, tailandeses y filipinos
viven y trabajan juntos dando, con ello, al pueblo
coreano un vigoroso mensaje de hermandad.
Evidentemente, también en muchas otras
unidades existe una larga tradición de Redentoristas
de diversas nacionalidades que dan claro testimonio
de comunión entre pueblos, razas y culturas diferentes;
un testimonio que es tanto más significativo
cuanto se da en un tiempo caracterizado por la
globalización de los problemas y por el retorno
de los ídolos del nacionalismo exagerado, el racismo
y la xenofobia (cf. Vita Consecrata, 51). Entre
las muchas familias religiosas de la Iglesia,
esta clase de testimonio es la mejor contribución
que pueden hacer las congregaciones internacionales
como la nuestra.
Los últimos años han sido testigos
de nuevas experiencias de solidaridad en la formación
de los misioneros Redentoristas. Esta cooperación
puede encontrarse tanto al nivel de la formación
inicial como en el de la responsabilidad compartida
al confeccionar programas conjuntos de formación
continua o permanente. Algunas unidades trabajan
conjuntamente en una etapa concreta de la formación,
como es el noviciado compartido, mientras otras
unidades dan la bienvenida en sus propios programas
a los candidatos de otras (vice)provincias. Algunas
Regiones patrocinan programas para la formación
continua de los Redentoristas.
Algunas unidades están deseosas de
compartir la abundancia que tienen de miem-bros
jóvenes a fin de apoyar el ministerio de (vice)provincias
envejecidas, haciendo así posible llevar a cabo
iniciativas totalmente nuevas. Se comparten también
recursos económicos entre los Redentoristas. Sin
duda alguna, continúan dándose aún en la Congregación
dramáticas diferencias en el estilo y nivel de
vida al persistir en ella todavía estándares muy
distintos en este sentido, pero no podemos ignorar
la encomiable generosidad que practica un buen
número de unidades con mayores recursos económicos.
Algunas de estas unidades contribuyen regularmente
al Fondo de Solidaridad y ayudan también, de forma
discreta, a sus hermanos Redentoristas en tierras
lejanas. Siempre que el Consejo General ha pedido
a estas unidades ayuda para una provincia o vice-provincia
en dificultades económicas, la respuesta, casi
siempre, ha sido positiva y magnánima. Muchas
(vice)provincias han hecho generosas aportaciones
a proyectos tales como la reestructuración de
la casa general, la Academia Alfonsiana y, más
recientemente, un considerable esfuerzo por aumentar
el patrimonio del Gobierno General (cf. XXII Capítulo
General, postulado 9.5). Sin embargo, aún necesitamos
descubrir medios eficaces para llevar a cabo la
llamada “solidaridad mediante la ayuda al desarrollo”
pedida por el último Capítulo General (Postulado
9.7).
Un
tríptico de los Hechos de los Apóstoles
La Palabra de Dios nos muestra que
la solidaridad es una cualidad esencial a la vida
apostólica. Podemos encontrar una rica fuente
de reflexión en los Hechos de los Apóstoles, sobre
todo en la descripción que hacen de la comunidad
apostólica. Permítanme proponer tres escenas de
los Hechos, como en una especie de tríptico, que
sirva para nuestra meditación. En el panel izquierdo
veríamos a los Apóstoles y a María en oración
(Hechos 1, 12-14), en el panel central se representaría
la venida del Espíritu en Pentecostés (2, 1ss)
y, finalmente, en el panel derecho se reflejaría
la vida en común de los primeros Cristianos (4,
32-35). ¿Qué podemos observar en estas tres imágenes?
La solidaridad en la oración
El primer panel revela la importancia
de la oración en la comunidad apostólica. La Misión
que los apóstoles van a emprender no es algo que
se han inventado ellos; Jesús les dice: “Recibiréis
la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre
vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaria, y hasta los confines
de la tierra” (Hechos 1, 8). Desde el principio,
la Misión de los apóstoles es internacional e
intercultural. La Misión es más grande que ellos
mismos. Deben, por lo mismo, estar atentos y esperar
la venida del Espíritu, el don de su Señor Resucitado,
que les dará poder y los “guiará hasta
la verdad plena” (cf. Jn 16, 13). Junto con la
Madre del Señor y otras mujeres, los Apóstoles
eran “constantes en la oración” (Hechos 1, 14).
La primera experiencia de solidaridad
entre los discípulos es la oración. ¿Cabe imaginar
una comunidad verdaderamente apostólica en la
que la oración esté ausente o sea solamente una
rutina? Sin la oración constante nos arriesgamos
a reducir la Misión a pequeñas actividades que
se corresponden exclusivamente con lo que queremos
hacer o con lo que pensamos que podemos hacer.
¿Hasta qué punto dependemos del don del Espíritu
para cerciorarnos dónde debemos dar testimonio
del Señor Resucitado y poder realizar, así, nuestra
misión? ¿Nos acompaña María en nuestra oración?
¿Está abierta nuestra oración comunitaria a otros
discípulos, a nuestros colaboradores?
La solidaridad en la Misión
El panel central del tríptico muestra
el día de Pentecostés, cuando el viento y el fuego
del Espíritu Santo impulsan a los discípulos,
apocados en la seguridad del cenáculo, a abrazar
una misión universal. Los apóstoles hablan un
lenguaje que puede ser entendido por todos y,
desde los mismos comienzos, está claro que la
Iglesia no es un bien de dominio privado, de una
sola raza o nación. Más bien, el Espíritu Santo
“globaliza” el Evangelio y, a través de los apóstoles,
pone la salvación al alcance de todos.
Una enorme diversidad de situaciones
sociales, económicas, políticas y eclesiales conforman
la realidad de la Congregación hoy día. ¿Es razonable
promover una especie de “cultura” Redentorista
en medio de tal diversidad? Yo creo que es posible
y que, de hecho, pueden descubrirse las características
comunes que se dan en la vida de los Redentoristas
del mundo entero. En el anterior sexenio, el Padre
Lasso señaló algunas de estas características
en su segunda Communicanda, Unidad en
la Diversidad (14 de enero de 1994; cfr. especialmente
los nn. 32-36). La fuente de esta unidad es el
Espíritu, el mismo que une a la multitud de las
gentes que oyen el Evangelio predicado el día
de Pentecostés (Hechos 2, 7-12). El texto, sin
embargo, no sugiere que todas estas personas sacrificaran
su cultura en el momento del bautismo. Las diferentes
razas y lenguas de las primitivas comunidades
cristianas revelan, más bien, una fuerza de unidad
que las conecta entre sí y las enriquece:
el Espíritu Santo. Este mismo Espíritu ayuda a
los miembros de nuestra Congregación a ser “de
un mismo pensar y de un mismo sentir”.
Solidaridad en lo que
se posee
El tercer y último panel del tríptico
representa la descripción idílica de la primitiva
comunidad cristiana donde todos los miembros comparten
sus posesiones y permanecen unidos en la oración,
en la asidua escucha de la enseñanza de los apóstoles
y en la fracción del pan (Hechos 2, 42-47; 4,
32-35). Debemos reconocer que la descripción que
se hace de la unidad que disfruta la comunidad
de Jerusalén puede ser también un tanto romántica
y que el libro de los Hechos es bastante honesto
al recordar los momentos más dolorosos cuando
la comunidad se encuentra dividida por sectores
étnicos (cf. Hechos 6, 1ss) o cuando Pedro y Pablo
se enfrentan al comienzo del Concilio de Jerusalén
(Hechos 15, 1) y, más tarde, en Antioquia (Gal
2, 11-14). Tales incomprensiones no contradicen
la verdad de que la comunidad disfrutó de una
notable unidad, claramente atribuible a la acción
del Espíritu Santo.
La primitiva comunidad pudo compartir
lo que tenían porque eran “de un mismo pensar
y de un mismo sentir” (Hechos 4, 32). Los miembros
no fueron forzados a ser generosos, sino que lo
hicieron libremente porque tenían unanimidad de
objetivos (“un mismo pensar”) y unión de corazones
(“un mismo sentir”). Esta unidad, realizada por
el Espíritu Santo, produjo una caridad que fue
suficiente para satisfacer las necesidades
de la comunidad (Hechos 4, 34). Esta solidaridad
efectiva no es simplemente un imperativo moral.
Los apóstoles oraron mientras esperaban (cenáculo)
y se les dio el Espíritu y éste les condujo a
su Misión (Pentecostés). El entregar sus bienes
y sus mismas vidas es una respuesta necesaria
a los dones del Espíritu y está íntimamente ligada
a la Misión apostólica.
¿No es cierto que cuanto más permitamos
al Espíritu hacer que seamos “de un mismo pensar
y de un mismo sentir” tanto más estaremos deseosos
de compartir lo que tenemos? A pesar de las enormes
diferencias de situaciones culturales en
que se encuentra la Congregación hoy día, el Espíritu
nos ofrece un estímulo para la unidad. Es la común
vocación que todos nosotros compartimos: “seguir
el ejemplo de Cristo por medio de la vida apostólica,
que comprende a la vez la vida de especial consagración
a Dios y la actividad misionera” (Constitución
1). La aceptación de este principio fundamental
de unidad, cuyo valor pondrán de manifiesto y
matizarán las demás Constituciones y Estatutos,
hace que la verdadera solidaridad sea posible
entre los Redentoristas.
Orientaciones
para el futuro
La efusión del Espíritu Santo y la
predicación de los apóstoles inducen a las muchedumbres
en las calles de Jerusalén a una pregunta: “¿Qué
debemos hacer, hermanos?” (Hechos 2, 37). Lo rápidamente
que cambia la faz de nuestro mundo, el mismo mundo
donde debemos proclamar el Evangelio, debe llevarnos
a hacernos unos a otros la misma pregunta: “Hermanos,
¿qué debemos hacer?” Si la respuesta es: “haremos
lo que siempre hemos hecho”, nos estaremos equivocando
de forma trágica.
Solidaridad dentro de
la (Vice)Provincia
El desafío consiste en
globalizar la solidaridad dentro de la Congregación
en función de nuestra Misión mundial. Cuando en
las reuniones Regionales de 2000-2001 compartí
el primer boceto de este texto, un buen número
de superiores mayores me pidió, sin embargo, que
no pensara en la solidaridad solamente en términos
mundiales; la unanimidad en el pensar y en el
sentir debe caracterizar la vida de los Redentoristas
también dentro de cada provincia y viceprovincia.
Desgraciadamente, hay unidades donde el diálogo
y el discernimiento no forman parte de la vida
de la Congregación. En estos casos, generalmente,
falta en ellas una visión compartida sobre el
futuro y el sentido de corresponsabilidad que
son un principio esencial de nuestro gobierno
(Const. 92). El resultado es la fragmentación
de la (vice)provincia juntamente con un estancamiento
en el celo misionero. ¿Es lógico esperar que se
tenga sentido de solidaridad con los Redentoristas
que trabajan en otras unidades si nosotros mismos,
en la práctica, sentimos poca responsabilidad
por el futuro de nuestra (Vice)Provincia?
Solidaridad en la formación
Existe una creciente necesidad de mayor
colaboración en la formación inicial de los misioneros
Redentoristas. Como ya he hecho notar antes, la
colaboración en esta área ha crecido entre algunas
(vice)provincias. Esto se ha evidenciado en un
reparto de responsabilidades entre las diferentes
unidades al compartir una misma casa o programa
de formación. Pienso que necesitamos avanzar todavía
más en esta dirección. El último Capítulo General
reconoció la necesidad de ofrecer a los directores
de formación una preparación adecuada (Orientaciones,
5.2), ofrecer cursos sobre nuestra historia y
espiritualidad (Ibid., 5.3) y de que se dé especial
atención a la etapa de transición de la formación
inicial a las comunidades apostóli-cas (5.6),
así como que se estimulen los encuentros interprovinciales
de formadores y el intercambio del personal académico
(5.5). Estas expectativas exigen una mayor colaboración
entre las (vice)provincias así como la ayuda del
Gobierno General.
La formación inicial de los Redentoristas
comporta otros desafíos que pueden afrontarse
mejor mediante alguna forma de solidaridad. Por
ejemplo, algunas unidades cargan con el peso de
llevar adelante un gran número de futuros Redentoristas
mientras otras muchas (vice)provincias tienen
tan sólo un puñado de candidatos. Ambas situaciones
me preocupan, pero particularmente la última.
¿Es normal continuar con un programa de formación
en el que los estudiantes tienen un contacto muy
limitado con otros Redentoristas de su misma edad?
Y no olvidemos el fenómeno de inmigrantes y refugiados
que están creando sociedades multiculturales,
frecuentemente en situación de grandes urgencias
pastorales. En un mundo donde una de cada cuarenta
y cinco personas es refugiado o inmigrante, hay
necesidad urgente de misioneros que puedan ejercitar
su ministerio en circunstancias culturales diferentes
a aquellas en que nacieron. El programa de forma-ción
inicial debe preparar a nuestros jóvenes para
estas nuevas situaciones. Creo que el futuro de
la Congregación estará más garantizado si somos
capaces de encontrar nuevas formas de colaboración
en la primera formación de los misioneros Redentoristas.
Estructuras de la Congregación
Estoy convencido de que la Misión de
la Congregación requerirá en el futuro que descubramos
nuevas estructuras internas. Mientras el actual
sistema de provincias, vice-provincias y regiones
nos ha servido muy bien durante, aproximadamente,
siglo y medio, me pregunto si estas mismas estructuras
serán adecuadas para el futuro. ¿No deberemos
descubrir nuevos modelos de gobierno que refuercen
nuestra movilidad y flexibilidad? Hoy día, se
dan ciertamente casos en la Congregación en los
que el mantenimiento de una estructura existente,
como una provincia o viceprovincia, exige un tremendo
coste en personal y en recursos materiales. ¿No
podríamos imaginar una forma diferente de organizar
el Gobierno General a fin de que sirviera mejor
a la unidad y a la pluralidad de la Congregación?
Aparte ya del sistema de provincias, ¿no necesitamos
alguna forma de estructura intermedia que coordine
el trabajo misionero de los Redentoristas en una
misma área geográfica? Una unidad de objetivos
juntamente con la simpatía hacia los Redentoristas
que viven fuera de los límites de la propia unidad
particular nos ayudará a descubrir nuevas estructuras
que sostendrán nuestra Misión en el vigésimo primer
siglo.
Las Prioridades Regionales
Las unidades de algunas Regiones han
comenzado ya a mirar más allá de sus propios límites
individuales para reconocer el valor de un determinado
apostolado que responde a una situación de urgencia
pastoral y que sólo podrá abordarse si varias
(vice)provincias trabajan juntas. Estas unidades
empiezan a hacer frente a prioridades Regionales
mediante cohermanos de la Región que se comprometen
a llevar a cabo trabajos pastorales que, originariamente,
formaban parte del proyecto de una sola unidad,
o bien a colaborar en una iniciativa completamente
nueva de la Región. Los responsables de las (vice)provincias
de América del Norte y de Europa Norte ya han
empezado a dialogar sobre la viabilidad de prioridades
conjuntas de sus respectivas Regiones.
Comunidades Internacionales
El último Capítulo General expresó
su apoyo al establecimiento de comunidades internacionales
de Redentoristas al servicio de nuestra Misión
(XXII Capítulo General, postulado 3.2). Aunque
no se trate de una panacea o solución universal
a problemas tales como el envejecimiento de las
provincias que tienen pocas vocaciones, creo firmemente
que las comunidades internacionales son una potente
expresión de nuestro carisma en un mundo de globalización.
¿No deberíamos buscar nuevas formas de solidaridad,
incluyendo las comunidades internacionales, a
fin de predicar el Evangelio a comunidades hispanas y asiáticas en América del Norte? ¿Podemos
garantizar que nuestro carisma contribuirá a la
nueva evangelización de Europa? La vida en una
comunidad internacional no siempre está exenta
de dificultades, pero puede ser muy enriquecedora.
Yo lo sé. Tengo el privilegio de vivir en una.
Conclusión
La nueva situación del mundo y de nuestra
Iglesia invita a todos los Redentoristas a mirar
más allá de las fronteras de las propias unidades
individuales y a considerar las más vastas urgencias
de nuestra Misión. Creo que existen ya en la Congregación
ejemplos prometedores de solidaridad y que éstos
son una base para futuros esfuerzos. Nuestra confianza
está en el Espíritu de Cristo que nos permite
“clamar Abba” a quien continúa enviándonos
a predicar la Buena Nueva y que nos hace sabedores
de la necesidad que tenemos unos de otros para
llevar a cabo la Misión que nos ha confiado.
Con la imagen ante nuestros ojos de
María y los Apóstoles en el cenáculo, les invito
a profundizar en nuestra solidaridad en la oración,
en tanto confiamos que el Señor nos abrirá aún
más al trabajo del Espíritu de manera que podamos
ser de “un mismo pensar y de un mismo sentir”,
de palabra y de obra, para el bien de nuestra
Misión.
En nombre del Consejo
General,
Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Superior General
(El texto original es el inglés.)