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el mejor vino al final
Reflexiones sobre la Tercera Edad
COMMUNICANDA N° 3
8 de diciembre de 2000
Prot. N° 0000 0265/99
Queridos Cohermanos:
1. Saludo a todos
y a cada uno fraternalmente en Cristo Jesús.
También los miembros del Consejo General se
unen a mí para expresar los mejores deseos de
un Año Nuevo lleno de abundantes bendiciones.
Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo os
acompañe siempre.
En la segunda Communicanda de este Consejo General, Y ¡Ay de
mí si no predicara el Evangelio! (14 de
enero de 1999), expresaba mi intención de dedicar
más adelante una carta al tema de las necesidades
espirituales de la “tercera edad” (n. 41).
Estas reflexiones son un esfuerzo por cumplir
aquel compromiso.
2. Comienzo por
explicar lo que entiendo por tercera edad.
Si es cierto que la primera edad de la
vida se caracteriza por la educación y que la
segunda está marcada por la producción
y el trabajo, la tercera edad se usa
a menudo para referirse a ese período de la
vida en el que el trabajo principal ya ha concluido.
Aunque estoy pensando principalmente en los
que ya han empezado a vivir la tercera edad,
escribo este mensaje también para todos los
cohermanos de la Congrega-ción. Sin tener en
cuenta la edad, como la Constitución 55 nos
recuerda, todos somos hermanos de la misma familia
y compartimos la misma vocación; todos somos
misioneros y continuaremos siéndolo por el resto
de nuestras vidas. En cada etapa de nuestra
existencia, y en todas las circunstancias en
que nos encontremos, debemos intentar vivir
siempre de forma más intensa nuestra consagración
religiosa. Más aún, vivir en comunidad y
realizar la obra apostólica a través de la comunidad
es una ley esencial para nosotros (Constitución
21). Esta misma Constitución nos dice que la
comunidad no consiste tan sólo en la cohabitación
material de los cohermanos, sino a la vez en
la comunión de espíritu y de hermandad.
Estamos llamados a poner en común nuestros éxitos
y fracasos, nuestros dones y nuestras limitaciones
en servicio de la misión, o del carisma que
da sentido a nuestra vida. Cada comunidad, por
consiguiente, debe hacer frente al tema de la
vejez y sus consecuencias en los misioneros
redentoristas.
¿Por qué debemos plantearnos este tema?
3. Como otros muchos
institutos, también nuestra Congregación se
enfrenta a una nueva realidad: el creciente
aumento de cohermanos ancianos. Nunca antes
había contado la Congregación entre sus miembros
con un número tan importante de ancianos. Al
momento de escribir estas líneas, de los 5.569
miembros profesos de la Congregación, 520 tienen
ochenta o más años, y 948 se encuentran en la
década de los setenta. Esto significa que el
26% de la Congregación sobrepasa los setenta
años. Y aunque contamos con la bendición de
muchos miembros jóvenes – hay más profesos redentoristas
en la veintena que con 80 o más años, y más
en la treintena que en la década de los 70 años
– aquél es un hecho que ninguno de nosotros
puede ignorar. Esto nos coloca ante desafíos
que hay que afrontar para madurar juntos, fieles
como comunidad enviada a predicar y a dar testimonio
de la buena nueva del Reino.
4. Los redentoristas
no sólo viven más tiempo, sino que muchos cohermanos
alcanzan los setenta o los ochenta años con
bastante más salud y con mayor vigor que en
el pasado. Por otra parte, hay una creciente
necesidad de prestar atención médica a los que
se encuentran gravemente enfermos. El mayor
reto de los redentoristas ancianos, sin embargo,
no consiste en atender sus problemas de salud,
sino en vivir su consagración religiosa, especialmente
cuando se ven obligados a disminuir, o incluso
a suspender, sus normales actividades pastorales.
En esta etapa de la vida, redefinir o reformular
la identidad como misionero puede poner en crisis
la propia autoestima.
5. Las culturas
adoptan actitudes diferentes ante el envejecimiento
y la ancianidad. Algunas veneran a sus miembros
más ancianos. El mismo hecho de alcanzar una
cierta edad dota a una persona de una dignidad
que exige el respeto de la comunidad. Lo que
me preocupa es la cultura que se va imponiendo
cada vez más a nivel mundial y que idolatra
la juventud, el vigor y la agilidad, mientras
descuida, o trata de ‘esconder’, al anciano.
Esta perspectiva cultural ocasiona tanta ansiedad
que muchos harán todo lo posible por “permanecer”
jóvenes. Se anima a los que van siendo mayores,
y a los ancianos, a que dejen el mundo laboral
y el terreno de la política. Se les invita a
una vida sosegada y tranquila, pero sin tomárseles
en serio y sobre todo sin invitarles a que continúen
siendo útiles a la sociedad. Especialmente en
el caso de los varones, trabajo y valía propia
son dos realidades que se viven estrechamente
vinculadas entre sí. Cuando se está incapacitado
para el trabajo parece que la vida ha perdido
todo su significado. En fin, la muerte se ha
convertido en tabú. Por motivos de cortesía
no se la puede jamás nombrar en una sociedad
refinada y, ciertamente, nunca como trance para
el que uno deba conscientemente prepararse.
Situación en la Congregación
6. Debemos reconocer
que la Congregación se ve influenciada por esta
ambivalencia ante la vejez. En algunas partes
del mundo, el concepto social de “jubilación”
marca fuertemente la vida de los redentoristas.
Se piensa que deben atenuarse las obligaciones
del cohermano que alcanza una cierta edad. En
algunos casos, sin que importe el estado real
de su salud física o mental, al redentorista
anciano se le descarga de toda responsabilidad
importante en la comunidad. Por otra parte,
algunos conciben la jubilación como un derecho
adquirido y cuando llegan a ancianos, esperan,
por consiguiente, ser eximidos de sus deberes
en comunidad a fin de atender mejor a sus intereses
particulares. Hay Provincias del mundo desarrollado
donde el pago de pensiones se convierte en un
espinoso problema cuando el cohermano considera
que este ingreso es de su propiedad. Por otro
lado, la atención a los cohermanos ancianos
se centra, a veces, casi exclusivamente en los
problemas de salud, descuidando las necesidades
específicamente espirituales de esta etapa de
la vida.
7. Cuando visitamos
las Provincias, los otros miembros del Consejo
General y yo mismo quedamos frecuentemente edificados
por los cohermanos más ancianos. Con los años,
han afianzado su identidad misionera. Hay, además,
quienes tienen la habilidad de compartir con
los otros, sobre todo los jóvenes, la sabiduría
que adquirieron. Todos los años recibo cartas
de nuestros jubilares, hermanos y sacerdotes,
que celebran cincuenta o más años de vida en
la Congregación; estas cartas desbordan gratitud,
humildad y celo. Con frecuencia siento el impulso
de com-partir ese testimonio con los miembros
del Gobierno General.
8. Desgraciadamente,
el hecho de envejecer no es de por sí garantía
de estos sentimientos. Durante las visitas,
nos encontramos también con redentoristas que
se sienten defraudados, desilusionados, incluso
amargados. Más triste todavía es el hecho de
los cohermanos que se sienten angustiados debido
a los rápidos cambios que se han producido en
la Iglesia y en nuestro Instituto. Algunos juzgan
que la Congregación ha sido infiel a su carisma
y a su misión en la Iglesia, y concluyen que
Dios ha retirado su favor a la Congregación.
9. Esas son algunas
de las situaciones y preocupaciones que me llevan
a escribir esta carta. Querría, por lo mismo,
ofrecer algunas reflexiones a la luz del último
Capítulo General que nos instó a que consideráramos
la espiritualidad como el prisma a través
del cual veamos todas las dimensiones de nuestra
vida (Mensaje final, n. 5). Mi propósito
también es invitar a todos a reflexionar sobre
la forma como nutrimos y expresamos nuestra
relación de fe con Jesús (Mensaje final,
n. 3) en la edad madura, y en el desafío de
conversión a fin de seguir a Jesús más de cerca,
cualquiera sea la etapa de vida misionera en
que nos encontremos.
10. Hay también razones
personales que motivan esta carta. Tuve el privilegio
y la gracia de pasar mis primeros años de Congregación
entre varios cohermanos maravillosos de la tercera
edad. Sus palabras y ejemplo continúan, aún
hoy, influyendo en mí. Estos redentoristas compartieron
conmigo sus secretos al predicar la Palabra
de Dios, me conectaron con la historia de mi
Provincia y me enseñaron a amar la Congregación
y a confiar en su futuro. La mayoría de estos
cohermanos ha muerto ya; y oro para que gocen
plenamente de la dulzura de Dios. Con mucha
gratitud dedico esta carta a todos esos testimonios
de fidelidad, mientras espero que estas reflexiones
me ayuden también a mí a ser un buen redentorista
en mis postreros años y a que también yo pueda
ayudar al cohermano joven que comienza su propia
peregrinación.
La vida como peregrinación
11. La peregrinación
es una experiencia sagrada que se encuentra
tanto en la mayoría de las grandes religiones
como en numerosas culturas. Es interesante constatar
cómo el concepto de peregrinación persiste en
algunas sociedades donde el resto de manifestaciones
religiosas tradicionales ha desaparecido a causa
de la secularización. Quizás esto se deba a
que la peregrinación es algo así como un paradigma
de lo que el ser humano experimenta en su vida.
Nosotros constatamos o, al menos, esperamos
que nuestra vida no sea el simple producto de
una fortuita colisión de átomos, del destino
ciego o, sencillamente, de impulsos biológicos;
percibimos que nuestras vidas comenzaron en
un determinado lugar y se dirigen a un destino
concreto. Como peregrinos que avanzaran siguiendo
la dirección de un santuario invisible, tratamos
de encontrar el sentido a nuestro peregrinar
a través de una vida “en marcha” hacia una determinada
meta, o hacia una Persona, a la que adivinamos
como en un espejo, en enigma (1 Cor 13,11).
12. La santidad de
la peregrinación no se experimenta simplemente
con la llegada a la meta deseada. La vocación
de peregrino se vive cada día, a cada hora y
a cada minuto de la jornada; a cada paso dado
con fe. Cuando peregrinamos por el sendero de
la vida, somos conscientes de una paradoja:
que cambiamos radicalmente a lo largo del camino
en tanto seguimos siendo los mismos. Es decir,
que podemos reconocer etapas importantes o fases
diversas por las que atravesamos, mientras el
núcleo de nuestra identidad permanece misteriosamente
invariable. Una metáfora común para esta paradoja
es la del día: tiene mañana, mediodía y tarde,
distintamente percibidos aunque fundidos en
una única entidad. Aunque unidas entre sí, cada
etapa de la vida tiene un valor independiente
que debe apreciarse como tal, y no simplemente
como preparación para la siguiente etapa.
13. Sucede, a veces, que las circunstancias fuerzan a la
persona a pasar prematuramente a la siguiente
etapa de la vida. Pensemos en lo tremendo de
los niños a los que la pobreza obliga a asumir
responsabilidades de adultos, como la carga
de alimentar a su familia o tomar el puesto
de un padre enfermo. Nosotros consideramos una
tragedia que una vida humana acabe prematuramente,
antes de que haya tenido la oportunidad de desarrollarse
y de haber sido “vivida” plenamente. Puede darse
también que, en nuestro avanzar, uno se resista
a dar el paso a la etapa siguiente, como el
adulto que se empeña en seguir siendo siempre
adolescente. Pero tal pretensión, además de
inútil, es frustrante. Constantemente estamos
abocados a enfrentarnos con la evidencia de
que, nos guste o no, debemos pasar por las diferentes
etapas de la vida. En otras palabras, constantemente
se nos recuerda que envejecemos.
14. La percepción
de que uno envejece ha influido en autores espirituales
tan distintos como el apóstol Pablo y el Papa
Juan Pablo II. Pablo usó la metáfora del crecimiento
humano, o del envejecimiento, para describir
el progreso en el discipulado (cf. 1 Cor 3,1-2;
13,11). En su exhortación apostólica Vita
Consecrata (1996), Juan Pablo II anima a
los religiosos a reconocer las diferentes etapas
de la vida y a no dejar nunca de esforzarse
por crecer humanamente y como personas consagradas,
puesto que ninguna etapa de la vida puede
ser considerada tan segura y fervorosa como
para excluir toda oportunidad de ser asistida
y poder de este modo tener mayores garantías
de perseverancia en la fidelidad, ni existe
edad alguna en la que se pueda dar por concluida
la completa madurez de la persona (n. 69).
15. ¿Qué significado
tiene ser redentorista cuando uno ya no puede
ejercer la clase de apostolado, o las responsabilidades
que desempeñó, siendo más joven? Gracias a Dios,
la respuesta de la Congregación a esta nueva
situación no empieza con la presente carta.
Muchas (Vice)Provincias han diseñado ya políticas
especiales para responder a las exigencias físicas
y afectivas de los cohermanos ancianos. Es posible
ofrecer una extensa bibliografía de autores
espirituales contemporáneos, también redentoristas,
que tratan de los especiales retos del seguimiento
de Cristo en la tercera edad. Espero que tanto
los cohermanos como los gobiernos (Vice)Provinci-ales
sean conscientes de estos recursos y los usen.
Tal vez esta carta sirva para hacernos pensar
en el creciente número de cohermanos ancianos
que hay en la Congregación, y a que caigamos
en la cuenta de que sus necesidades van más
allá de la mera atención a su salud física y
aficiones, puesto que nunca nos jubilamos de
nuestra profesión religiosa, el acto definitivo
de toda la vida misionera de los redentoristas
(Const. 54).
16. Desearía ceñirme
al propósito de estas reflexiones, sin pretender
abarcar en toda su amplitud lo que significa
envejecer. Me centraré, pues, en primer lugar,
en la vejez bajo el aspecto de pérdida y, luego,
ver si esta experiencia puede ser también una
ocasión para el crecimiento espiritual. Lo que
sigue, puede ser ampliado y enriquecido por
cada uno, particularmente por los cohermanos
más ancianos que son los que pueden contemplar
las experiencias de la vida con una especie
de sabiduría que sólo les está reservada a las
personas de la tercera edad. Ojalá la Congregación
siga mejorando en la forma de ayudar a los cohermanos
mayores para que profundicen en su compromiso
con el Redentor y apreciando la manera particular
como ellos viven nuestro carisma.
Llevado a donde uno no quiere ir
17. De entre los encuentros de los
discípulos con su Señor resucitado, uno de los
más conmovedores es, sin duda alguna, aquel
que se relata al final del evangelio de Juan.
El pasaje trata de la aparición de Jesús a orillas
del mar de Tiberíades. Contiene detalles llamativos:
el error de identidad, la pesca milagrosa, el
tirarse al agua y la comida casera. La narración
continúa con la triple profesión de amor de
Pedro, y el encargo del Señor de una vida de
caridad apostólica.
Luego habla Jesús de
cómo esa vida terminará, para gloria de Dios:
Cuando medito esta escena, trato de imaginarme cómo diría Jesús a Pedro
estas últimas palabras. Veo al Señor mirando
a los ojos de su amigo mientras le habla con
ternura y con una calma que lo tranquiliza.
Dios Padre tiene un plan para Pedro: no será
fácil, pero su vida tendrá sentido y valor.
A Pedro se le encarga una vida de caridad pastoral;
pero lo que, de hecho, “glorificará a Dios”
será su muerte. Finalmente, las últimas palabras
de Jesús a Pedro (Jn 21,19; repetidas en el
versículo 22) son las mismas que le dirigió
al inicio del evangelio (Mc 1,17); es decir,
Sígueme.
18. Hay aquí muchos
rasgos propios de la etapa de la vida que consideramos
en esta reflexión. Y me pregunto si la descripción
profética de la vejez de Pedro: cuando llegues
a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá
y te llevará adonde tú no quieras, no nos
habla claramente de una característica esencial
de esta etapa de la vida. La metáfora de estar
ceñido y de ser llevado adonde uno no
querría ir parece una descripción ajustada
a la experiencia inevitable de pérdida que sienten
las personas de la tercera edad.
“Saber perder” en la tercera edad
19. Es fácil reconocer
este sentimiento de pérdida en los padecimientos
de algunos cohermanos, para quienes envejecer
ha significado el comienzo de una enfermedad
que les debilita, les postra en el lecho y les
hace depender enteramente de los demás. Pero
¿acaso no es cierto que para toda persona, independientemente
de su salud, la vejez comporta una serie de
limitaciones? Aún el anciano más vigoroso toma
profunda conciencia de la transitoriedad de
las cosas. El tiempo parece transcurrir más
deprisa. Los días, las semanas, los años parecen
volar, sin que uno casi perciba su paso fugaz.
Se tiene la sensación reiterativa de que algo
se está acabando, y hablamos del “atardecer”
de la vida, o del “otoño” de la vida. El viaje
nos lleva adonde no querríamos. Porque antes
de que nos enfrentemos al último tramo, que
es la muerte, hay otras muchas muertes menores
que marcan nuestra sendero de peregrinos.
20. Tercera edad significa
tener que saber perder, porque la pérdida llega
de muchas maneras y de diversas formas. Está
la decadencia física, ocasionada por el propio
envejecimiento, que trae incomodidades e incluso
grandes sufrimientos. Está el deterioro de nuestra
capacidad mental y hasta, en ocasiones, la demencia.
La muerte de nuestros seres queridos y de nuestros
más íntimos amigos en la Congregación hace que
aumente cada vez más nuestra sensación de estar
solos. Los achaques de la vejez, por consiguiente,
no se reducen al cuerpo, sino que llegan también
al espíritu y a las relaciones humanas. Afectan
incluso nuestra propia comprensión de la vida
misionera, forzándonos inexorablemente a replantearnos
el significado de nuestra profesión religiosa
en las últimas etapas de la vida. Nuestro fundador,
ciertamente, tuvo que confrontarse también con
esta realidad.
La experiencia de Alfonso
21. Quienes han podido
visitar Scala, donde nació nuestra Congregación,
habrán hecho seguramente una pausa para orar
en la capilla de la gruta de Alfonso. Allí nuestro
padre tuvo un oasis durante las semanas y meses
agitados que siguieron al importante acontecimiento
del 9 de noviembre de 1732. Alfonso solía venir
a esta pequeña gruta y en ella pasaba horas
enteras en oración. Pensaba en los primeros
y vacilantes pasos de su Congregación; lamentaba
la salida de prácticamente todos sus compañeros;
buscaba la fuerza de Dios y de la Virgen María.
Hoy, el visitante ve una sencilla placa de madera
en una esquina de la gruta. En ella se leen
las palabras que Tannoia, su primer biógrafo,
atribuye a Alfonso: “O mi gruta, mi gruta; ojalá
pudiera deleitarme en mi gruta” (II, 97). Estas
palabras se atribuyen a un Alfonso anciano que
sueña con volver a aquella “celda mística de
la que salió embriagado de amor a Dios y de
una pasión incontenida por la salvación de las
almas” (Tannoia, ibid.).
22. Yo pienso que
Alfonso no anhelaba simplemente un lugar especial
para orar; añoraría al hombre de treinta y ocho
años que oró en esa gruta. Tal vez a la mente
del anciano Alfonso todo aparecía mucho más
claro desde la perspectiva de su pequeña gruta.
En ella estaba la nítida idea de quién era él
y de lo que se había propuesto hacer. Cuarenta
años después, tras haber dejado su diócesis
y vuelto a Pagani, Alfonso deberá redescubrir
lo que significa ser redentorista. Ahora no
podía basar su identidad en la predicación de
misiones – no lo había hecho en los últimos
veinte años. Tampoco podía esperar tener como
antaño la última palabra entre sus hermanos:
Andrea Villani, el vicario general, había estado
gobernando la Congregación durante la larga
ausencia de su fundador y no abandonó esta tarea
cuando Alfonso volvió de Santa Águeda de los
Godos. Es verdad que Alfonso continuó escribiendo
y, ciertamente, en algunas cosas siguió su propio
parecer, como cuando rechazó categóricamente
la celda engalanada que se le había preparado
para, a cambio, tomar una de las sencillas habitaciones
de Pagani. Tener un cuarto como los demás, sin
embargo, no iba a ser todo. Alfonso tendría
que volver a definir el significado de su ser
redentorista en la tercera edad, especialmente,
en qué consistía ahora ser hermano entre sus
hermanos de comunidad.
23. La mayoría de
nosotros ha encontrado ya – o encontrará – su
propia “gruta”. Más que un lugar, esta “gruta”
es el recuerdo de uno mismo en un momento de
la vida en el que se sentía con más entusiasmo,
más misionero, más comprometido con los proyectos
de la vida. Ver irremediablemente hundirse en
el pasado aquella etapa de nuestra vida y saber
que nunca más podrá recuperarse puede producir
aquella suerte de emoción agridulce que Alfonso
experimenta ante su propia “gruta”. Esta pérdida
es parte del ser humano y es lamentable. Pero
lo que parece un obstáculo para el crecimiento
espiritual es la incapacidad de aceptar, o la
renuencia a aceptar, las limitaciones de la
vejez, sobre todo las que se experimentan cuando
ya no se puede hacer el trabajo apostólico de
antes, o desempeñar las mismas responsabilidades
que se tuvieron en la Provincia.
24. Todos los maestros
de espiritualidad insisten en que el conocimiento
propio es requisito indispensable para que se
dé y crezca la vida de unión con Dios. El gran
enemigo del espíritu, por tanto, es el autoengaño
de no querer aceptarse uno a sí mismo, con sus
circunstancias. En el caso del redentorista
que envejece, dicha negativa pudiera llevarlo
a pretender recuperar su “gruta”, aferrándose
obstinadamente a aquello que piensa fue su momento
de gloria. Tal actitud negativa es difícil o
imposible de sostener por mucho tiempo, pero
hay cohermanos que se resisten con todas sus
fuerzas a disminuir su actividad apostólica,
incluso cuando está claro que ya no poseen la
energía, o la formación, para proseguirla. A
veces un superior debe tomar la difícil decisión
de apartar a un cohermano de un ministerio que
excede sus capacidades. Otras veces sucede que,
tras dejar apostolados que se ejercieron durante
gran parte de la vida, los cohermanos se vuelven
obsesivos con su propia salud física, con las
consultas a los médicos, con la televisión o
con cualquier otro género de pasatiempo. Inconscientemente
pueden llegar a sentir verdadera envidia de
la juventud, y esto se manifiesta, a veces,
en una maliciosa alegría al señalar defectos
y fracasos de religiosos más jóvenes. El hecho
de que algunos cohermanos de edad avanzada se
vuelvan tiranos en el trato con los demás se
debe menos al propio proceso de envejecimiento
que a su incapacidad en asumir esta nueva etapa
de la peregrinación, así como al no haber acertado
a encontrar una sana espiritualidad propia del
redentorista anciano.
25. A lo largo de
nuestra peregrinación por la vida, cada vez
somos más conscientes de que nos llevan adonde
no querríamos ir. El decaer de la salud física
y mental, la muerte de amigos y familiares,
así como el final de empeños apostólicos que
se ejercieron por largos años, son especiales
desafíos espirituales que se presentan en la
última etapa de la vida. ¿Cómo podrán los cohermanos,
en esta etapa de la peregrinación, encontrar
serenidad y gozo al enfrentar estas pérdidas?
“Considerando todo lo demás como pérdida”…no como derrota
26. Hay una paradoja
estimulante en la tercera edad. Es ésta: cuando
un redentorista se ve ceñido y llevado
allí adonde él no querría ir, en vez de
derrumbarse y rodar por la pendiente que desemboca
en la muerte, es invitado a alcanzar una mayor
libertad. Da la impresión de que a las personas
que han tomado en serio su peregrinar hacia
Dios les llega un momento en que han de afrontar
lo que significa la fuerza del apego a cosas
que están llamadas a desaparecer. Alfonso propone
que la manera de alcanzar esa mayor libertad
de espíritu está en reducir el excesivo influjo
que ejercen sobre uno las circunstancias de
la vida, a fin de sen-tirse cada vez más libre
para amar Dios. A este doble movimiento – de
desprendimiento de ataduras terrenas y de acercamiento
al Dios del amor – Alfonso lo llama distacco,
y es un tema de capital importancia en el camino
espiritual que él propone en la Práctica
del Amor a Jesucristo. El capítulo 17 de
esta obra nos ofrece un resumen impactante de
esta doctrina alfonsiana:
El apego a nuestras propias y desenfrenadas inclinaciones
es el mayor obstáculo para la verdadera unión
con Dios. Por consiguiente, cuando Dios piensa
atraer un alma a su amor perfecto, intenta desasirla
de todo afecto hacia las cosas creadas. Así,
puede que él la despoje de los bienes materiales,
de los placeres mundanos, de la propiedad, del
honor, de amigos, de relaciones o de la salud
corporal. Por medio de estas pérdidas, problemas,
abandono, desamparos y enfermedades desata él,
poco a poco, las ataduras de todo lo terrenal
para que todos los afectos puedan centrarse
solo en él.
27. Tal vez la palabra
distacco (desprendimiento) nos traiga
a la memoria las muchas conferencias que nos
hacían durante el noviciado. Y puede ser que
los concretos obstáculos a los que tuvieron
que hacer frente Alfonso y sus contemporáneos
napolitanos para lograr una mayor unión con
Dios – las ataduras de una familia dominante,
el señuelo del honor mundano y el canto de sirena
de las riquezas – no sean, de hecho, nuestros
problemas. Pero lo que Alfonso trata de decirnos
es que hay que examinar honestamente nuestras
vidas y ver quién, o qué, ocupa el primer puesto
en nuestro corazón. Porque es allí donde Dios
desea morar de forma absoluta. En el capítulo
11 de la Práctica, Alfonso pregunta:
¿Tienes un corazón tan vacío como para que
el Espíritu Santo te lo llene?
28. Evidentemente,
no es fácil unirse completamente a Dios. Muchos
de nosotros tenemos miedo a seguir este camino
porque supone sufrimiento. Pero ¿cuál es la
alternativa? Podríamos intentar anestesiarnos
con el trabajo, el prestigio, las relaciones
humanas, la bebida, el miedo o el resentimiento,
para olvidarnos del paso del tiempo y de sus
consecuencias. En nuestros momentos de lucidez,
sin embargo, no tendríamos más remedio que ver
con terror que la vida se nos escapa de las
manos, y que el tiempo no vivido como kairos
en el que Dios se revela, se convierte en nuestro
enemigo.
29. Aún cuando lo
pretendiéramos, no podríamos cambiar la mayoría
de las cosas que nos suceden. Esta verdad, válida
en cualquier momento de la vida, parece ser
aún más evidente cuando envejecemos. Lo que
sí está en nuestras manos es determinar la medida
en que nos afectan las personas, los lugares
y las cosas. Alfonso nos ayuda a ver cómo las
limitaciones que acompañan a la tercera edad
pueden convertirse en otras tantas oportunidades
para abandonarnos a la providencia de Dios,
experimentando y reviviendo la profundidad de
su fiel amor hacia nosotros.
Una senda para el distacco
30. En su Carta a
los Filipenses, Pablo propone el camino del
distacco. El tercer capítulo podría ser
una excelente fuente de meditación para la tercera
edad. ¿Cómo describe Pablo su peregrinación
hacia Dios? Comienza con una práctica común
a las personas ancianas: hace el inventario
de su vida (Flp 3,4-6). No se excusa de su pasado,
sino que tiene una forma distinta de verlo:
Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado
una pérdida a causa de Cristo (v. 7). Lejos
de tomar el camino más seguro, Pablo lo arriesga
todo:
Más aún: juzgo que todo es pérdida
ante la sublimidad del conocimiento de Cristo
Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas,
y las tengo por basura para ganar a Cristo y
estar unido a él, no con la justicia mía, la
que viene de la ley, sino la que viene por la
fe en Cristo, la justicia que viene de Dios,
apoyada en la fe. Lo que quiero es conocer a
Cristo y tener el poder de su resurrección y
la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, para llegar a la
resurrección de entre los muertos. (Flp 3,8-11)
31. Pablo es consciente
de que no ha alcanzado aún la meta, pero que
va corriendo en la dirección correcta. Escoge
aceptar lo que le pasa, incluso la pérdida de
todo lo que pensaba que era de mayor valor en
su vida, con tal de ganar a Cristo Jesús. No
desprecia de antemano lo que pierde; sencillamente,
no lo puede comparar con el inestimable valor
de su relación con Cristo Jesús.
Libertad para amar
32. Pablo y Alfonso
nos enseñan que esta pérdida puede aportar una
mayor libertad de espíritu; es decir, liberación
de sí mismo para amar cada vez más y sin reserva
alguna. Hay una peculiar forma redentorista
de amar a la que nuestras Constituciones llaman:
caridad apostólica. Es nuestra participación
en la misión de Cristo y el principio unificador
de nuestras vidas (cf. Const. 52). La caridad
apostólica supone que “la gloria de Dios y la
salvación del mundo .son una única realidad”
y que “el amor a Dios y el amor al prójimo son
una misma cosa” (Const. 53). Por consiguiente,
en todas y cada una de las etapas de nuestra
peregrinación, estamos llamados a “vivir la
unión con el Señor bajo la forma de caridad
apostólica y, mediante la caridad misionera,
buscar la gloria divina”. El XXII Capítulo General
reconoció la llamada a la caridad apostólica
durante toda la vida cuando recomendó:
Que cada miembro de la Congregación, no importa su edad, busque
ser fiel al servicio de los más abandonados,
y especialmente de los pobres, por quienes hemos
optado el día de nuestra profesión (Orientaciones, 2.4).
33. Hay, sin duda
alguna, ministerios que los redentoristas ancianos
pueden realizar entre los más abandonados, sobre
todo los pobres. Pienso, por ejemplo, que son
muy eficaces a la hora de brindar compasión,
consuelo y esperanza a otros ancianos o enfermos.
Pero allí donde todos los redentoristas de la
tercera edad están llamados a ejercitar la caridad
apostólica es, sin duda alguna, en el seno de
la propia comunidad local, cuya vida es la
principal forma de la proclamación del Evangelio
(XXII Capítulo General, Orientaciones,
3). Creo que hay dos servicios especiales que
los redentoristas ancianos pueden prestar a
nuestras comunidades.
El primero de estos servicios es el que el mismo Alfonso trató de prestar.
En noviembre de 1774, al preparar su salida
de Santa Agueda, escribió: Cuando haya vuelto
a una de nuestras casas, podría ser útil a los
cohermanos, especialmente a los jóvenes.
Tal vez Alfonso pensaba en sí mismo como tutor
para los estudiantes en homilética o teología
moral. Sus biógrafos comentan que el ejemplo
de su vida en la tercera edad impactó a los
cohermanos más jóvenes. Un redentorista anciano
que no se deja abatir por el sufrimiento o los
achaques de la edad, sino que manifiesta gozo,
amor y esperanza, es un guía inestimable para
los cohermanos jóvenes.
34. El segundo servicio
tiene que ver con los detalles simples de nuestra
vida diaria. Se dice que, por hacer cosas fabulosas,
perdemos la oportunidad de hacer algo verdaderamente
importante, por la sencilla razón de que nos
parece que aquello no es digno de mayor atención.
El anciano, en cambio, puede contribuir mucho
a la calidad de nuestra vida en común al realizar
las tareas más ordinarias. Recuerdo cómo la
generosidad de un sacerdote anciano ayudó al
trabajo de los miembros de toda una comunidad
muy empeñada; y aunque una trombosis cere-bral
le había dejado medio paralítico, todas las
tardes atendía al teléfono mientras el resto
de los cohermanos se ocupaba en las actividades
pastorales de una complicada parroquia. Evoco
también mi primera visita a Roma en la que vi
a un anciano Bernhard Häring cultivando las
flores en el jardín de la comunidad. Y estoy
seguro que la mayoría de los redentoristas ha
podido admirar la generosidad de algún cohermano
anciano.
Descubriendo el mejor vino al final (Jn 2,10)
35. San Juan de la Cruz nos recuerda que en el atardecer
de la vida seremos juzgados en el amor. Tal
vez esto sea así porque en el crepúsculo de
nuestra peregrinación por la vida estamos especialmente
llamados al desprendimiento, a fin de ser más
libres para amar. Como misioneros, no debemos
llevar excesivo equipaje. Al final de la peregrinación,
todo lo que realmente necesitaremos es el amor;
amar a Dios como merece ser amado y amarnos
mutuamente como hermanos. El amor de un redentorista
anciano, aunque expresado de forma muy sencilla,
puede dejar un impacto duradero en sus cohermanos,
especialmente los jóvenes.
36. Es el amor lo
que da solera a nuestro espíritu, como
la acción del tiempo al buen vino. Al final
de la vida, el amor nos dará calidad y aroma,
no el sabor acerbo del vinagre. Esta clase de
amor, sin embargo, no está totalmente a nuestro
alcance, sino que ha de ser el resultado de
toda una vida cotidiana de conversión
del corazón y de incesante renovación de los
criterios (Const. 41). El 24 de noviembre
de 2000, el padre Josef Pfab, superior general
emérito, acabó su peregrinación. En su funeral,
un sacerdote joven me contó su último encuentro
con él. Fue un día o dos antes de su muerte,
cuando estaban para celebrar la eucaristía en
la habitación del hospital. El padre joven le
preguntó si tenía alguna intención especial.
El padre Pfab le contestó: “Orar para que esté
convertido a la hora de mi muerte”. Pablo tenía
el mismo deseo:
Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado
todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé
atrás y me lanzo a lo que está por delante,
corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio
a que Dios me llama desde lo alto en Cristo
Jesús (Flp 3,13-14).
37. Que María, nuestra
Madre, cuya presencia piadosa acompañó a la
primitiva comunidad apostólica y que no dudó
en entregarse al servicio de los demás, nos
ayude a ser siempre fieles pero, especialmente,
cuando “suframos y muramos por la salvación
del mundo” (Const. 55).
Fraternalmente en Cristo
Redentor,
Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Superior General
(El texto original es el inglés.)