| Communicanda
I - 1997-2003 |
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ESPIRITUALIDAD
Nuestro más importante
desafío
COMMUNICANDA
N. 1
Roma, 25 de febrero de 1998
Nr. Prot. 0000 0028/98
Queridos Cohermanos,
1. “En todo
momento damos gracia a Dios por todos vosotros,
recor-dándoos sin cesar en nuestras oraciones.
Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la
obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad,
y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo
nuestro Señor” (1 Tes
1,2-3). Han transcurrido cinco meses desde la
clau-sura del XXII Capítulo General y, en este
día aniversario de la apro-bación de nuestras
Constituciones, os hacemos llegar este docu-mento
que quiere ser como una prolongación del Capítulo
y, al mis-mo tiempo, una indicación de la línea
a seguir durante nuestro servi-cio a la Congregación.
2. El Capítulo
confió al Gobierno General la redacción de esta
Com-municanda a fin de que profundizara en el Mensaje y en
la Orien-taciones ya enviadas a toda la Congregación
(Postulado del XXII Capítulo General, 1,1.4).
Como bien sabéis, el centro de estos do-cumentos
capitulares lo ocupa la espiritualidad, asumida
como tema para el actual sexenio, y, a cuya luz,
la Congregación quiere com-prender y vivir todos
los aspectos de su propia vida. La petición, sin
embargo, de que se tratara este tema, fue recurrente
en algunas Re-uniones Regionales preparatorias
del Capítulo, confirmando así, que era una necesidad
sentida en gran parte de nuestra Familia misio-nera.
3. Creemos,
además, que la elección de la espiritualidad ha
tenido en cuenta el camino recorrido en los últimos
decenios y que fue trazado en los Capítulos Generales,
con los respectivos documentos finales y, en particular,
con el empeño de “acentuar el anuncio explícito,
pro-fético y liberador del Evangelio a los pobres,
al mismo tiempo que nos dejamos interpelar por
ellos” (XXI Capítulo General, Documento Final,
11). Dentro de este contexto es como la opción
por la espiri-tualidad se nos revela en toda su
profundidad y urgencia.
4. Esta Communicanda
no pretende abordar el tema de la espirituali-dad
de forma exhaustiva o doctrinal. Queremos dirigir
una reflexión sobre el tema propuesto por el Capítulo
General ofreciendo a cada uno de vosotros ayuda
para ser redentorista hoy. Por una parte, esta-mos
convencidos de que la espiritualidad es esencialmente
“expe-riencia personal y comunitaria de Dios en
Cristo Redentor por medio del Espíritu Santo”,
y, por otra, que debemos tener presentes las ne-cesidades
de las diversas Regiones. Deseamos, además, que
cada Unidad haga de este documento un uso “compartido”
en la forma y manera que le sea posible.
5. Notamos
el grave riesgo – que el propio Capítulo General ya se temió – de que el tema de la espiritualidad
nos llevara lejos del ter-reno propio de la misión
y de donde están las graves urgencias de la misma.
Aclaremos en seguida, que “espiritualidad” no
significa inti-mismo, ni abandono de las propias
responsabilidades personales o del necesario compromiso
con nuestra historia. No queremos teori-zar sobre
la espiritualidad, sino fijarnos de forma muy
concreta tanto en las obligaciones normales como
en aquellas otras necesidades que requieren nuestra
efectiva atención. Además de nuestros bue-nos
deseos, contamos también con la colaboración de
los laicos, que en los últimos tiempos se ha ido
afianzando cada vez más en los proyectos de las
diversas Unidades. Si ellos, por una parte, pueden
“asimilar” nuestra espiritualidad viviendo con
nosotros, frecuentando nuestro ambiente y trabajando
con nosotros, también pueden, por otra,
ayudarnos a mantenernos en un contacto
más estrecho con la realidad y con la dimensión
cotidiana de la vida.
6. Otro peligro que deseamos evitar: afrontar el tema de la espirituali-dad
simplemente porque así lo exija una cultura en
boga. Somos conscientes de hasta qué punto la
espiritualidad es un tema que está hoy día de
moda, incluso como fenómeno de éxito comercial.
Un ver-dadero y auténtico “supermercado de la
espiritualidad”, que va de la new
age a las sectas
esotéricas, seduciendo a muchos de nuestros contemporáneos;
este fenómeno tiene muy poco en común con las
exigencias propias de una fe revelada que parte
de una “escucha” obediente a la Palabra
y tiende al encuentro responsable con una persona,
Jesucristo.
7. La espiritualidad
es fuente de unidad para toda la Congregación.
No podemos olvidar, sin embargo, la gran diversidad
de situaciones y de intereses que se dan dentro
de ella: tanto con respecto a Regio-nes y culturas,
como a personas. Entre los cohermanos, unos, afortu-nadamente,
poseen una espiritualidad más consolidada, otros
ex-perimentan una especie de “desmorona-miento”
interior, mientras otros, finalmente, están a
la búsqueda de algo que aún no han encon-trado.
Se trata de situaciones interiores que no dependen
de la edad y en las que se entrelazan misteriosamente
la gracia de Dios y las circunstancias de la vida;
pues bien, teniendo en cuenta esta diver-sidad
de situaciones, rogamos a cada Unidad que haga
a estas nuestras reflexiones aquellas acomodaciones
que crea oportunas.
Motivos de una elección
8. Ante todo,
consideramos fundamental preguntarnos: ¿Por qué
el Capítulo General eligió la espiritualidad como
el más importante de-safío para toda la Congregación
durante los próximos seis años? La respuesta que
demos a esta pregunta será la que nos permita
abor-dar de forma adecuada este tema. Exponemos
algunos motivos que son, a nuestro parecer, los
que más se aproximan a la realidad; y nos gustaría
que esta propuesta fuera analizada y profundizada
tam-bién a nivel local.
9. Nuestra
primera impresión es que en la Congregación se
ha con-statado un exagerado activismo o, al menos,
una desproporción en-tre
la reflexión y las numerosas actividades que tenemos.
En otras palabras, que todos necesitamos darle
a la actividad sus últimos y verdaderos móviles,
y sabemos que para nosotros, redentoristas, los
móviles se orientan esencialmente a una persona,
“la única de la que hay necesidad” (Lc
10, 42), Jesucristo Redentor. Esta necesidad vie-ne
confirmada claramente por el mismo Capítulo General
cuando dice que nuestra “principal preocupación
debe ser el puesto que ocupa Dios en nuestra existencia”
(Mensaje final, n.3). Es ésta una observación
que no podemos olvidar y cuyo contenido se convierte
para cada uno de nosotros en fuente de gozo: en
la medida en que nos esforcemos por situar a Dios
en el centro de nuestra vida, en esa misma medida
nos realizaremos en plenitud.
10. Creemos oportuno
avanzar otra hipótesis que esclarece la elección
del Capítulo: se encuentra claramente vinculada
al momento histórico en que vivimos. Muchos de
los nuestros conservan la impronta de una formación
– nos referimos a los años anteriores al Concilio
Ecu-ménico Vaticano II – que se inspiró, en gran
parte, en las normas y en los valores propios
de la observancia. Los años siguientes
han visto afianzarse una antropología diversa
y una formación en conso-nancia con ella, cuyo
centro lo ocupaba la realización de la persona
y su libertad. El balance de estos últimos
años nos ha hecho compren-der que estos modelos
no se excluían mutuamente. Ahora bien, mi-entras
para algunos el primer modelo ha favorecido tal
vez una “ob-servancia sin corazón”, para otros
el segundo modelo ha dado lugar a veces una “libertad
sin metas”. Con frecuencia, el diálogo ha sido
inútil o ha hecho detener la marcha, los proyectos
apostólicos han revelado ser de corto alcance,
la identidad de las personas ha en-trado en crisis.
Creemos que el Capítulo General ha visto en la
espi-ritualidad el elemento capaz de dar sentido
a la libertad dentro de la comunidad, delineando
un posible y más creíble camino para el próximo
futuro.
11. Nuestra “necesidad”
de espiritualidad puede tener todavía otra ex-plicación.
Vivimos un tiempo de “continuo cambio" y
de progreso tecnológico acelerado (aunque este
desarrollo no sea igual en todas las Regiones).
Nos cuesta seguir el ritmo de nuestro tiempo.
Inno-vaciones no sólo tecnológicas o científicas,
sino, más aún, profunda-mente culturales, ponen
a dura prueba nuestros horizontes mentales. Si
en el pasado nuestra Regla de vida, nuestras tradiciones,
nue-stros “modelos” ordinarios, o los santos de
nuestros altares consti-tuían para nosotros puntos
de referencia bastante plausibles y creíbles,
hoy, por el contrario, nos encontramos en el umbral
de un futuro que no sabemos qué nos deparará.
Vemos lo difícil que es hablar del seguimiento
de Cristo a un mundo que parece no tener a
quien seguir. Necesitamos, por consiguiente, como
un “contrapeso” que nos impida vivir constantemente
en la superficialidad. Necesi-tamos algo que nos
ayude a lograr una síntesis interior, independi-ente
de factores externos siempre cambiantes, y este
“algo” lo ha visto el Capítulo en la espiritualidad.
12. En todo caso,
este esfuerzo por ir al ritmo de los tiempos lo
vemos en la teología. Por ejemplo, ¿hasta qué
punto, en los últimos tiempos, no ha ensanchado
su horizonte el concepto de redención? Si mu-chos
de los nuestros se formaron en una rigurosa atención
a la “sal-vación del alma”, vemos también cómo
este concepto ha ido am-pliándose gradualmente
hasta abarcar la salvación integral de la persona
(cfr. Const. 5); hemos comprendido, igualmente,
que la Copiosa Redemptio nos ponía ante
una nueva relación con otras culturas y religiones,
al tiempo que veíamos que tampoco podían excluirse
de nuestros intereses ciertos problemas como la
ecología, la defensa de los derechos humanos,
etc. En un plano exclusiva-mente teórico, no nos
resulta difícil comprender esta relación, pero
en la práctica, ¿cuántos no han acusado un decaimiento
en el “celo misionero”, justamente por ver que
se encontraban ante un compro-miso nuevo superior
a sus fuerzas?
13. Es cierto
que contamos con numerosos medios de estudio y
de formación mientras se multiplican iniciativas
en el ámbito de la for-mación permanente, bien
con motivo de ocasiones extraordinarias (centenarios
de nuestros Santos, beatificaciones, etc.), bien
en el “ordinario” proceder de las diversas Unidades,
aún así, reconoce-mos que la renovación profunda
de nuestra vida no siempre ha ido en consonancia
con el enorme esfuerzo que ha supuesto organizar
estas iniciativas. Sufrimos también en lo más
profundo de nosotros mismos la ruptura entre fe
y vida que continúa siendo uno de los síntomas
de nuestro tiempo. Al multiplicarse las ocasiones
de toma conciencia y
de animación, advertimos de forma aún más lacerante
la dificultad que entraña encarnar en la vida
diaria aquello que des-cubrimos.
14. Esta ruptura
interior y existencial se refleja indudablemente
también en nuestro modo de orar. El Capítulo General
de 1991 recordaba ya entonces: “Abandonadas las
que se consideraban “prácticas espiri-tuales”
inauténticas o no adaptadas a la situación actual,
no han sur-gido otras capaces de llenar del todo
el vacío producido” (Documen-to Final, 33).
El resultado de esto, en las comunidades, ha sido
la general ausencia de un programa de oración
y, de forma más am-plia, el “vacío” espiritual
que muchos cohermanos padecen. Ante determinados
ambientes nuestros - espiritualmente “anémicos”
- cabría preguntarse si puede hablarse en ellos
de comunidad reli-giosa. Cabría preguntarse, igualmente,
si a la luz de la “consagra-ción”, es legítimo
dejarse arrastrar por un contexto secularizado.
Hay que preguntarse también si esta forma de proyectarse
(o de no pro-yectarse) la comunidad, ofrece un
mínimo de atractivo a las nuevas generaciones.
Es éste un punto sobre el que cada uno debería
ex-aminar su propia cuota de responsabilidad.
15. Frecuentemente,
este “vacío” espiritual ha dado pie a los coher-manos
para una “fuga” hacia otras espiritualidades o
movimientos eclesiales a fin de buscar, tal vez
fuera, lo que no encontraban dentro de la comunidad.
Estamos convencidos de que a ninguno se le pue-de
negar el derecho al propio desarrollo personal
y espiritual, pero ese fenómeno invita a hacerse
algunas preguntas muy concretas: ¿Está en condiciones
la comunidad de crear el ambiente idóneo para la plena realización de los cohermanos?
¿Ofrece a las perso-nas el espacio “humano” adecuado
para que expresen sus más pro-fundo anhelos? ¿Se
da respuesta a esos anhelos dentro de un con-texto
de “comunidad con una organización adecuada” (Const.
44-45; Est. 041) y un proyecto apropiado de oración?
16. No deben
dejarnos indiferentes el número de cohermanos
que, tras algunos años de consagración o de ministerio,
abandonan la Con-gregación: el propio hecho de
que algunos manifiesten después su insatisfacción
por la salida, hace que nos preguntemos si en
su mo-mento les ayudamos a realizarse humana y
espiritualmente. Aún cuando en tiempos anteriores
a los nuestros se dieran también ca-sos como éstos,
o suceda algo parecido en otras familias religiosas,
no por ello debemos dejar de hacernos algunas
preguntas: ¿Qué buscaron y no encontraron estos
cohermanos en la comunidad re-dentorista? ¿Nos
consideramos mutua y fraternalmente respon-sables
de la vocación de los demás? Estas preguntas deben
llevar-nos a pensar no sólo en los cohermanos
que nos abandonaron, sino también en los que,
aún permaneciendo en la Congregación, van de modo
imperceptible y muy a pesar suyo, acomodándose
a un estilo de vida sin coraje y que pone en tela
de juicio las motivaciones más hondas de nuestra
vida en común.
17. De modo general,
vemos que en nuestra vida diaria, en las relacio-nes
interpersonales, en la cura pastoral, no siempre
nos animan los verdaderos móviles de nuestra consagración
y de nuestro ministerio, ni estamos dispuestos
“a dar respuesta a todo el que nos pida razón
de nuestra esperanza” (1Ped 3,15). ¿Compartimos
nuestras expe-riencias espirituales? ¿De qué carecería
el mundo de hoy si de im-proviso le faltara el
carisma redentorista? ¿Qué puede decirle a nue-stra
cultura la intuición
de Alfonso? ¿Estamos preparados para co-municar
la evidente actualidad de la espiritualidad redentorista
y pro-ponerla a los laicos para que la compartan
con nosotros, y a los jóvenes para que hagan de
ella un proyecto de vida? ¿Nos mostra-mos como
“escuela de verdadera espiritualidad evangélica
(Vita consecrata,
93)?
18. Estas preguntas
requieren no sólo un serio compromiso auto-formación,
sino también recuperar la “identidad” personal
y un auténtico clima de familia. En este sentido,
tal vez sea fiel “ter-mómetro” del problema de
la espiritualidad el gozo que habitual-mente vemos
como presente, o ausente, a nivel de personas
y de comunidad. Todos deberemos recuperar un sentido
de pertenencia y de sano orgullo de ser redentoristas.
Quizá sea ésta la razón que resume todas las demás
y que indujo al Capítulo General a optar por el
tema de la espiritualidad.
Elementos de la espiritualidad redentorista
19. Quienes participaron
en el XXII Capítulo General, o lo siguieron a
través de los medios de comunicación, o con la
lectura, por ejemplo, del Mensaje final, las Orientaciones
y los Postulados, compartirán con nosotros la
siguiente impresión: en la mayoría de los
casos, la atención del Capítulo se centró más
en la “espiritualidad” como tal que en la “espiritualidad
redentorista”. No queremos sugerir con esto, en
modo alguno, la idea de una dicotomía entre estas
dos reali-dades; la espiritualidad se ha
desarrollado en nuestra concreta vo-cación
y lo ha hecho en cuanto “redentoristas” y, por
consiguiente, no puede concebirse aquélla prescindiendo
de esta connotación. Pero conviene tener en cuenta
el lenguaje usado por el Capítulo. La insis-tencia
con que allí se trató una y otra vez de “espiritualidad”
en ge-neral nos lleva a sacar, al menos, tres
consecuencias.
20. Primera:
que se van redescubriendo los “fundamentos” de
nuestra vida espiritual. Mucho más que un conocimiento
específico de nue-stro carisma, necesitamos comprender
la estructura de una vida de fe y el sentido elemental
de la consagración. Pues si ese conoci-miento
específico se volviera fin en sí mismo, correría
el peligro de ser un ejercicio puramente académico.
21. Segunda consecuencia: no debemos ser miopes centrándonos exclusivamente
en lo específicamente nuestro, olvidando el amplio
y exigente horizonte de la espiritualidad
en la que se inserta el caris-ma redentorista.
“En la Iglesia, santa y grande, la Congregación
no es una capilla lateral. Su misión la coloca
en el centro de la iglesia, allí donde se encuentra
el altar en el que se celebra el misterio de la
Pascua de Cristo por la salvación del mundo. Está
llamada a realizar lo que es central, a continuar
a Cristo y el acontecimiento de la salva-ción
que está en Cristo. ¿Cuál es, por consiguiente,
su especificidad en el conjunto de la Iglesia?
Su especificidad consiste en la realiza-ción
de lo esencial de acuerdo con una vigorosa plenitud”
(F.X. Durwell cssr). No debemos pretender,
por consiguiente, que nuestra espiritualidad posea
elementos exclusivos en la Iglesia. Gran parte
de los elementos tradicionalmente considerados
como “redento-ristas” (predicar a los pobres,
misiones populares, Vida devota, etc.)
tienen su réplica en otras espiritualidades y
en otras Familias Re-ligiosas; lo que en cierto
sentido nos caracteriza, se encuentra, más bien,
en el modo como estos elementos se conjuntan.
Este modo, a su vez, supone otros muchos factores:
estilo de vida personal, forma de comportarse
y de hablar, un cierto clima comunitario, etc.,
ele-mentos todos que - a cuantos se acercan a
nosotros y nos conocen - hacen que de forma espontánea
digan: “éste es un redentorista”.
22. Una tercera
consecuencia: - hay que señalar que se trata de
la más importante - el que se haya elegido el
tema de la espiritualidad (todavía antes que el de “espiritualidad redentorista”)
pretende que nos examinemos acerca de nuestra
relación personal con Cristo a fin de ver si ésta
“inspira efectivamente y de modo privilegiado
nuestro estilo de vida” (Mensaje final,
1). “En cualquier contexto en que se viva, creemos
que todos los redentoristas estamos llamados a
cen-trar hoy nuestra atención en un aspecto fundamental
de nuestra espi-ritualidad, es decir, en la forma
en que nutrimos y expresamos nue-stra relación
de fe con Jesús” (Mensaje final, 3). En
esta relación, el Espíritu Santo es quien incesantemente
nos atrae y nos anima. Es él quien suscita el
deseo de una respuesta plena, haciendo de cada
uno de nosotros una persona “cristiforme”
(Vita consecrata,
19). Es él quien “persuade” nuestra inteligencia,
haciéndola aceptar con gozo y por amor, lo que
a los ojos humanos aparece simplemente como “locura”.
23. Con respecto
a la espiritualidad redentorista, nuestras Constitu-ciones
nos ofrecen material suficiente para definirla.
Orando con ellas, estudiándolas, comprenderemos
el porqué de nuestra voca-ción y los rasgos esenciales
que la caracterizan. En sus páginas en-contramos
cómo entender los distintos aspectos de la identidad
re-dentorista que, substancialmente, consiste
en el “seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador,
en la predicación de la divina Palabra a los pobres”
(Cons. 1). Una creciente familiaridad con nuestra “Regla
de vida” nos permitirá abarcar, en una visión
de conjunto, nuestra espiri-tualidad, que, de
otra forma, quedaría difusa.
24. A la luz
de la tradición en la que esta espiritualidad
ha nacido, podemos individualizar, distinguiendo
lo esencial de lo secundario, algunos elementos
constitutivos de la misma que, a continuación,
proponemos a vuestra consideración sin pretender
con ello ni abarcarlo todo, ni tampoco hacerlo
con un rigor metodológico:
·
somos redentoristas:
nuestra espiritualidad se sitúa en la teología
de la encarnación;
·
somos misioneros
y, por lo mismo, esencialmente anunciadores del
Evangelio cuyo corazón es la miseri-cordia;
·
el redentorista tiene
un sentido “popular”, una habili-dad para aproximarse
fácilmente a la gente y utiliza un lenguaje sencillo;
·
la espiritualidad
redentorista es
fuente y fruto de la misión (Mensaje final,
n. 6);
·
el redentorista siente
compasión por los pobres;
·
nuestro compromiso
pastoral, especialmente con los pobres y abandonados,
es constitutivo de nuestra espiritualidad (Mensaje
final, n. 8).
25. Creemos,
igualmente, que a la Virgen del Perpetuo Socorro
hay que otorgarle un lugar más amplio y explícito
en nuestra espiritua-lidad. El celo y la creatividad
de los redentoristas han hecho que éste sea el
icono más difundido del mundo; también puede ayudarnos
a descubrir nuestro carisma. El título de “Perpetuo
Socorro”, por otra parte, se encuentra
en total consonancia con el tema de la
Copiosa Redemptio.
26. No debemos
olvidar, sin embargo, que la nuestra, es también
una espiritualidad comunitaria, se encuentra en la comunidad y
debe manifestarse, por lo mismo, en estructuras
concretas comunitarias, otorgándole el debido
espacio ante todo a la Palabra de Dios, a la liturgia
y a la Eucaristía (cfr. Const. 27). Si
consideramos el proceso de nuestra vocación, constatamos
que la espiritualidad no la hemos aprendido en
los libros, sino en los cohermanos, en su estilo
de vida, en un determinado método de trabajo y
de apostolado sostenido en el tiempo y que nosotros
poco a poco hemos “asimilado”. Volviendo todavía
más atrás en el tiempo, vemos cómo nuestra propia
Congre-gación se ha caracterizado, desde su nacimiento,
por unas determi-nadas opciones concretas y operativas
(por ejemplo, la “encarna-ción”, la predilección
de Cristo por los pobres, el fundar nuestras ca-sas
entre los más abandonados). En todo caso, al abordar
el tema de la espiritualidad debemos hacernos
algunas preguntas: como la de si nuestro testimonio
es real y, de alguna forma, perceptible; o la
de si nuestras estructuras comunitarias y apostólicas
están al servi-cio de este testimonio.
27. Por todo
esto, la opción que el Capítulo hizo a favor de
la espiritua-lidad redentorista nos es de vital
importancia, y esto, al menos por tres motivos
fundamentales:
·
un motivo psicológico
implica que en la espiritualidad está en juego
nuestra propia identidad. Es en el carisma redentorista
hemos apostado nuestra existencia; en esa “intuición en el Espíritu” hemos descubierto
nuestro propio rostro. Las dificultades inherentes
a nuestro tiempo, así como lo inadecuado de las
estructuras, suponen cierta-mente un problema,
pero superable si este objetivo encuen-tra en
nuestro interior la importancia que debe;
·
una razón teológica
nos recuerda lo que nuestro Fun-dador dice:
“Dios quiere que todos sean santos, y cada uno
en su estado, el religioso como religioso, el
seglar como seglar, el sacerdote como sacerdote,
el casado como ca-sado, el comerciante como comerciante,
el soldado como soldado, y así refiriéndose a
cualquier otro estado” (Práctica del amor a
Jesucristo, cap. VIII). Si cada uno está llamado
a ser santo en el propio estado, igualmente lo
estamos noso-tros al “abrazar” el nuestro y buscando
la voluntad de Dios como redentorista hoy;
·
un motivo apostólico
nos dice que andar entre los pobres sin llevar
a Dios con nosotros conlleva el peligro de aprovecharse
de ellos. Desde la experiencia del amor de Dios
fue como San Alfonso comprendió mejor las necesi-dades
de los pobres. Rebajar el nivel de nuestra espirituali-dad
y pretender al mismo tiempo ser creíbles a la
mirada de los pobres, es algo ilusorio por nuestra
parte y un engaño hacia los mismo pobres. Es nuestro mismo proyecto apo-stólico el
que se expone al fracaso.
Algunas consecuencias para nuestra vida
28. “Creemos
que a la Congregación se le está ofreciendo una
espe-cial gracia de conversión al Redentor”. Esta
afirmación del Mensaje final del Capítulo (n.
5) corre el peligro de ser tomada como una de
tantas recomendaciones que pasan inadvertidas
en orden a la reno-vación de nuestra vida. En
determinados ambientes nuestros se hace difícil
encarar el tema de la conversión por temor a poner
en peligro derechos adquiridos o un determinado
estilo de vida que se ha llegado a ser “intocable”.
Pero ese puesto central de la espirituali-dad
en nuestra existencia no es para favorecer un
sentimiento de culpa o a crear desánimo, sino
para la apertura a la novedad de Dios. “Pues bien,
he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha,
¿no lo reconocéis? (Is
43,19).
29. Toda conversión
es para el hoy. “Escuchad hoy su
voz: «No endu-rezcáis el corazón»” (Sal 95,8).
Una atenta mirada a nuestro tiempo nos hará comprender
que dar largas a esta conversión puede ser nefasto
para el futuro de la Congregación y para el propio
significado de nuestra misión. Hoy entendemos
mejor lo que significa “continuar al Redentor”
entre los más abandonados, así como el hambre
espiri-tual que tiene la humanidad, tantas veces
disimulado o instrumenta-lizado. Hoy disponemos
todavía de suficientes energías personales y morales
para una determinación concreta y valiente.
30. La elección
de la espiritualidad supone reconocer la necesidad
urgente de recuperar aquella actitud capaz de
sostener un proyecto apostólico. Debemos fomentar
una “mirada contemplativa de la vida” (Orientaciones
sobre el tema de la espiritualidad, Introducción),
de forma que descubramos la riqueza de nuestro
mundo interior (cfr. Cons.
24). En sintonía con este mundo, podremos dialogar
entonces con Dios como hijos y alentar en nosotros
una memoria de los “pasos” que Dios ha dado en
nuestra historia para hacernos suyos. Después,
tendremos que redescubrirnos personal-mente como
“re-dimidos” para ser, de modo convincente, “redentoristas”.
Además, un estilo de vida perennemente “superficial”,
incapaz de meditar, de centrarse en la palabra
de Dios y del silencio, no es base sólida para
sostener un proyecto de espiritualidad. El problema,
en fin, se agu-diza cuando esta incapacidad llega
a convertirse en “estilo de vida comunitario”.
Es cierto, por otra parte, que se dan situaciones
comu-nitarias en las que resulta difícil salvaguardar
un clima de silencio y de oración; y en algunas
ocasiones es justo que sea así. Sin embar-go,
toda comunidad debería examinarse sobre este punto
a fin de encontrar soluciones adecuadas que corrijan
el evidente desequi-librio que, en ocasiones,
se da entre la necesidad de espiritualidad y los
momentos o medios que se ofrecen para satisfacer
esta necesi-dad a nivel personal y comunitario.
31. Si la conversión
exige un compromiso ad intra,
tampoco debemos olvidar que debemos proyectarnos
igualmente ad extra, al doble compromiso
con la Iglesia y con el reino de Dios, dentro
del cual encuentra sentido nuestro carisma. Esto
requiere articular las justas relaciones con las
estructuras eclesiales locales, conocer mejor
los otros carismas e inspirar cada vez más nuestro
servicio en la gratui-dad. Esto pide, igualmente,
un mayor empeño por conocer cómo vive hoy la Congregación
su carisma y lo lleva a la práctica – fre-cuentemente
con heroísmo y creatividad – en las diversas Regiones
del mundo. Esto supone, finalmente, un serio esfuerzo
formativo a fin de revalorizar nuestro servicio
a la Iglesia y al mundo.
32. La conversión
ad extra nos invita sobre todo a acercarnos al
tema de la espiritualidad teniendo como criterio
nuestro servicio a la mi-sión. “Nuestra espiritualidad
se configura también en el desafío del compromiso
con las luchas y sufrimientos de los pobres, en
los que Jesús se nos revela como el Siervo Sufriente”
(Mensaje final, 6). Como los Capitulares,
también nosotros debemos preguntarnos “en qué
medida el compromiso con los pobres es una expresión
de nue-stra espiritualidad y de qué modo nos ayuda
a desarrollar una espi-ritualidad más auténtica”
(Mensaje final, 8).
33. Estas preguntas
deben acompañar nuestro habitual modo de con-siderar
la espiritualidad y nuestro estilo de oración
personal y comu-nitaria. Una espiritualidad suele
generalmente forjarse por medio de acontecimientos
que nos impresionaron o que suscitaron en noso-tros
determinadas preguntas profundas; noticias que
nos conmo-cionaron, momentos de especial conflicto
con nosotros mismos o con los demás, períodos
de la vida particularmente conflictivos, etc.
Pensamos que el redentorista debe poner en el
centro de su oración personal y comunitaria el
clamor de los pobres, sus preocupaciones, los
problemas de la vida cotidiana, las situaciones
de injusticia y de opresión. Esto le permitirá
no sólo contribuir a la Copiosa Redem-ptio,
sino también mantener limpia su mirada al servicio
de un apostolado generoso y concreto.
34. El desafío
de la espiritualidad debe llevarnos al deseo de
identifi-carnos con los pobres, ante los que muchos
redentoristas, comen-zando por San Alfonso, tuvieron
una auténtica conversión. Pero ¿esta conversión
interior se refleja también en nuestro estilo
de vida marcado por la simplicidad y la austeridad?
¿Nos prevenimos sufi-cientemente ante el peligro
del consumismo? ¿Cómo podrán nue-stros sentidos
estar atentos al clamor de los pobres si el ruido
del mundo nos ha hecho sordos a ellos o nuestras
costumbres son tan distintas de las suyas?
35. Si esta espiritualidad
“se modela por nuestra dedicación a los pobres”,
debe igualmente, ir acompañada de una formación
con-tinua. Todos debemos motivar teológica y apostólicamente
nuestro servicio a los pobres en este período
de nuestra historia en el que la caída de las
grandes ideologías ha terminado finalmente por
mar-ginar a los más abandonados. Debemos partir
valientemente de preguntas como éstas: ¿hasta
qué punto nuestra espiritualidad
es signo de contradicción para la sociedad
en que vivimos? Nuestro estar en el mundo ¿nos
hace mirar de modo acrítico
y pasivo la lógica del mundo (Jn 17, 11.14)?
¿Nos acomodamos a la sociedad, o somos, más bien,
un signo para ella? ¿Qué sentido tiene nuestra
“profecía” al anunciar el Evangelio y el carisma
redentorista? A los ojos de los jóvenes ¿nuestro
carisma es claro y convincente como propuesta
vocacional? ¿Qué actitud tenemos en el diálogo
con las otras iglesias, religiones o culturas?
36. Todas estas
preguntas pueden parecernos, tal vez,
exigentes hasta el punto de desanimarnos
o de hacernos creer que el Gobier-no General mira
el presente y el futuro de la Congregación con un cierto pesimismo. Queremos resaltar,
más bien, la gran confianza que anima tanto nuestro
servicio como nuestra idea acerca del papel que
la historia nos pide que llevemos a cabo. La espiritualidad,
por su parte, nos permite hacer más convincente
este cometido y más incisivo nuestro servicio.
Esta confianza se fundamenta también en lo atractivo
de nuestra historia: en ella encontramos raíces
suficiente-mente profundas como para que el Espíritu
Santo produzca hoy nueva savia. Muchos testigos
de nuestra tradición, los extraordi-narios y los
más comunes, ponen de relieve todavía hoy una
santidad gozosa, no exenta de problemas, pero
humanamente alentadora. Su comunión entusiasta
con el Cristo Redentor y la apertura para reco-nocerlo
en los pobres, nos indican que el “desafío” continúa
siendo plenamente actual porque a Cristo (Mt
28,20) y a los pobres (Mc 14,7) los tendremos
siempre con nosotros. ¡Jamás nos faltará la “materia
prima” para una dedicación generosa! La espiritualidad
con la que siempre han afrontado los redentoristas
esta dedicación con-tinúa siendo actual.
37. Este “ajetreo”
propio de nuestro tiempo han de afrontarlo en
pri-mera línea los superiores, tanto locales como
(Vice)Provinciales. Ante
la variada gama de servicios que exige su oficio
y, sobre todo, a falta de los que en otro tiempo
fueron puntos comunes de referen-cia (Regla, horario,
obediencia absoluta, etc.), pueden sentirse a
veces poco preparados o desanimados. La espiritualidad,
en cam-bio, les lleva hasta las raíces más profundas
de su servicio (y que no son otras que las del
amor y preocupación por las personas), les pide
ser pastores antes que administradores. Sabemos
que esto no es suficiente para el cumplimiento
óptimo de su mandato, pero con-tribuye, sin duda,
a proporcionarles sentido y perspectivas de espe-ranza.
Conclusión
38. Pensamos
que esta Communicanda debe mantener vivo un pro-ceso
de discernimiento iniciado con el Capítulo General,
incluso allí donde aún no se ha manifestado mediante
ninguna acción concreta. Se trata de un proceso
del que nadie - incluido el propio
Gobierno General - debe sentirse dispensado.
El tema escogido por el Ca-pítulo General dará
su fruto si encuentra eco a nivel local y viene
actuado con buenas iniciativas. Y si a nivel (Vice)Provincial
habrá que ocuparse del programa que oportunamente
haya organizado el Gobierno (Vive)Provincial (por
ejemplo, promoción de cursos de for-mación, encuentros
de reflexión, asambleas o Capítulos provinciales,
etc.), a nivel local, toda comunidad puede y debe
prever momentos de reflexión y de decisión sobre
la espiritualidad (revisión de vida, organización
y sentido de la oración, etc.); momentos que será
opor-tuno introducir en el “proyecto de vida comunitaria”
que pidió el Ca-pítulo General (Postulado
3.1).
39. En orden
a la puesta en práctica de la elección hecha por
el Ca-pítulo General, son de gran ayuda las Orientaciones
sobre el tema de la espiritualidad, que se consideran
orgánicamente unidas a esta Communicanda. Creemos
que con estas Orientaciones, el Capítulo ha proporcionado
a las diversas Unidades un material rico en posibi-lidades
y en iniciativas concretas a nivel local. Cada
(Vice)Provincia puede encontrar en ellas lo necesario para confeccionar
un progra-ma que se adapte a su propia situación,
y para cuya concreción será oportuno contar también
con la ayuda de las Religiosas de la Orden del
Santísimo Redentor y de los Misioneros y Cooperadores
Laicos Redentoristas.
40. El Gobierno
General, por su parte, se propone desarrollar
“un pro-grama de renovación para los cohermanos
basado en las fuentes alfonsianas
y redentoristas, si fuera posible en los lugares
históricos alfonsianos”
(Postulados aprobados por el XII Capítulo General,
4,1) y “proseguir con la idea de promover con
mayor frecuencia cursos de espiritualidad de la
manera que se juzgue más oportuna” (4,2). Re-cordamos,
igualmente, que están previstas “en las Regiones
y hacia la mitad del sexenio, reuniones de Superiores
Mayores y de Supe-riores Regionales a fin de evaluar
la respuesta de las unidades al XXII Capítulo
General (Orientaciones sobre el tema de la espiritua-lidad,
10.1) y el encuentro – considerado ya como positivo
en el pasado sexenio – de los neoelectos Superiores Mayores de las diversas (Vice)Provin-cias.
Creemos, además, que esta Communi-canda puede
y debe ser útil durante la visita del Gobierno
General a las Provincias en vistas
a un diálogo sobre los temas tratados y
su aplicación a las situaciones concretas. No
obstante, consideramos indispensable la colaboración
de las (Vice)Provincias en la realiza-ción concreta
de estos programas y – cosa todavía más importante
– nos urge ya desde ahora una respuesta de las
diferentes (Vice)Pro-vincias a las siguientes
preguntas: ¿Qué puntos de la Communican-da reflejan
mejor los problemas a nivel local? ¿Qué decisiones
con-cretas a adoptar se proponen en ella? ¿Qué
ayuda se espera del Gobierno General?
41. Queridos
cohermanos, en este año 1998, que la Iglesia quiere
que se dedique de modo particular a la Tercera
Persona de la Santísima Trinidad, confiamos a
la acción fecunda y creadora del Espíritu San-to
estas pautas de reflexión. Que él “nos haga gustar
de su amistad, nos llene de su alegría y de su
consuelo, nos ayude a superar los mo-mentos de
dificultad y a levantarnos con confianza tras
las caídas, haga que seamos espejo de la belleza
divina. Que nos dé el arrojo para hacer frente
a los retos de nuestro tiempo y la gracia de llevar
a los hombres la benevolencia y la humanidad de
nuestro Salvador Jesucristo” (cfr. Vita consecrata, 111).
A todos vosotros nuestros saludos más cordiales y fraternos,
que os rogamos hacer extensivos a las cohermanas
de la Orden del SS. Re-dentor, a las demás Religiosas
de la familia Alfonsiana, a los Misi-oneros y
Cooperadores Laicos Redentoristas.
En nombre del Consejo General
Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Superior General
(El texto original es el italiano.)
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