Communicanda
1
Roma, l de agosto de 1992
0000 0230/92
Hacer vivir y crecer lo esencial
de nuestra "vida apostólica"
Queridos
cohermanos,
Durante los últimos meses, el Gobierno
General ha reflexionado conjuntamente sobre
algunos puntos propuestos en el Documento Final
del Capítulo General. AI mismo tiempo que enviamos
nuestra reflexión, os saludamos y deseamos que
el Documento Final y nuestra communicanda sean
también objeto de reflexión para vuestras comunidades.
0. Introducción
Un Capítulo General ha de hacer crecer
nuestra vida apostólica, reforzar nuestros compromisos
y adaptarnos a las necesidades de la Iglesia
y de los hombres y mujeres de nuestro tiempo
(Const. 107). Este es el sentido del mensaje
que nos ha transmitido, para los próximos seis
años, el XXI Capítulo General celebrado 1991
en Itaici, Brasil. Un mensaje que hunde sus
raíces en:
0.1. La vida del mundo en que los Redentoristas estamos presentes. En
efecto, nos afectan los problemas de este mundo:
tensiones entre las naciones y en el interior
de un mismo país, ausencia de verdadera democracia,
diferencias crecientes entre ricos y pobres, hambres, migraciones
forzosas, injusticia social, situación de la
mujer, crisis de la salud, espectro del sida,
racismo, destrucción de la naturaleza. Pero
también participamos de sus esperanzas cuando
los derechos humanos se respetan mejor, cuando
en especial los más débiles: niños, personas
ancianas, desempleados, encuentran su lugar
en la sociedad. Cuando la libertad y la democracia
se amplían, cuando el amor y la lealtad se han
dado cita, cuando la justicia y la paz se besan"
(Sal. 85,11).
0.2. La vida de la Iglesia a la que pertenecemos. En efecto, la Iglesia
es sacramento universal de la Redención, en
camino hacia el Reino de Dios. AI mismo tiempo
que participamos en su misión a nivel universal
y local, participamos también, por un lado,
de su testimonio profético y liberador, pero,
por el otro, de sus debilidades y ambigüedades.
Para nosotros es un reto constante el buscar
las formas concretas de contribuir de modo específico
a la vida de la Iglesia en los periodos difíciles
y en las situaciones concretas. Pero podremos
enriquecer la vida de la Iglesia en la medida
de nuestra fidelidad al carisma de San Alfonso
y a la herencia de toda nuestra Congregación.
Ellas serán fuentes de creatividad.
0.3. La vida de la Congregación a través de las comunidades, las viceprovincias
y las provincias. Sombras y luces se cruzan
en nuestras vidas. Avances y, a veces, retrocesos,
momentos de desaliento y desánimo, necesidad
de reiniciar el camino en la esperanza... todo
se entremezcla, como en la vida de los seres
humanos que nos están cerca. Respiramos el mismo
ambiente de nuestros contemporáneos, Como ellos,
estamos influenciados por el contexto general
de este final del siglo XX, e igualmente marcados
por el pasado, por la tradición, con sus riquezas
y su peso muerto. También tenemos el gozo de
poder compartir los retos y las esperanzas de
esta gran familia misionera de 6.000 cohermanos,
pertenecientes a casi 60 naciones y presentes
en 68 países del mundo.
0.4. En este contexto, el Consejo General quiere ofrecer a cada cohermano
y a cada comunidad local y provincial algunas
reflexiones, tomando como punto de partida aquello
que le parece ser el corazón del Documento Final
del último Capítulo General. Es un primer acercamiento
que no pretende retomar todos los puntos del
Documento. Queremos, en un primer momento, reafirmar
el tema escogido para este sexenio <1>.
A continuación, explicitaremos el deseo y la
necesidad de interiorización, de unificación
en "nuestra vida a la manera de los apóstoles"
<2>. Finalmente, mostraremos como nuestro
envío a los más abandonados, especialmente a
los pobres, quiere dar unidad al conjunto de
nuestra existencia, encarnarla en formas concretas
y vivir la inculturación <3>.
1. El tema del sexenio
(la continuidad entre los temas
de los tres últimos capítulos)
1.1. El XXI Capitulo General no supone ninguna ruptura en nuestro caminar
juntos. Deliberadamente se ha situado en la
prolongación temática, pues "hemos sentido
el espíritu unificador y apostólico que el tema
del sexenio pasado significó para la Congregación"
(DF, n. 6). El nos ha ayudado a vivir mejor en la fidelidad nuestra
propia vocación, a avanzar juntos. La evaluación
realizada por las (V)Provincias y las regiones
ha permitido a los capitulares discernir lo
positivo, especialmente en la selección de nuestras
prioridades pastorales, en la proclamación de
la Buena Nueva cerca de los destinatarios privilegiados
de este anuncio y en la participación de estos
últimos en nuestra propia conversión. Pero el
Capitulo ha reconocido también la presencia
de sombras en nuestras vidas. El Documento Final
en su número 8 lo dice claramente. Con insistencia
se nos invita a continuar juntos nuestra reflexión
y nuestra praxis más comprometida del último
sexenio. El discernimiento y la profundización
nos permitirán dar un paso adelante en la respuesta
a los retos del presente.
1.2. Nos parece muy importante recalcar lo que es el centro de este Documento
"Final, en cierto modo el faro que ilumina
todo el texto. En efecto, el deseo de los capitulares
ha sido insistir en lo que se dice en los nn.
11 y 12. "Queremos acentuar el anuncio
explícito, profético y liberador del evangelio
a los pobres, dejándonos interpelar por ellos
(evangelizare pauperibus et a pauperibus evangelizari)". Para que este tema se encarne
en nuestra vida personal y comunitaria, queremos
«ahondar más en el», «acentuar su coherencia»,
«su articulación», el nexo íntimo "entre
la tarea evangelizadora, la vida comunitaria
y la espiritualidad de la Congregación".
Y este deseo de unificación de toda nuestra
vida de Redentoristas quiere traducirse en formas
muy concretas "que expresen la opción de
la Congregación por los más abandonados, en
especial por los pobres".
1.3. De este modo el Capítulo ha querido reafirmar nuestro lugar en la
misión de la Iglesia, aquello que constituye
nuestro carisma, claramente afirmado en la Constitución
n. 5: "La preferencia por las situaciones
de necesidad pastoral o de la evangelización
propiamente dicha y la opción por los pobres
constituyen para la Congregación su misma razón
de ser en la Iglesia y el sello de su fidelidad
a la vocación recibida, Su misión de evangelizar
a los pobres comprende la liberación y salvación
de toda la persona humana. Los congregados deben
proclamar explícitamente el Evangelio, solidarizarse
con los pobres y promover sus derechos fundamentales
de justicia y de libertad". Es esta, pues,
la dirección en la que el Capítulo nos invita
a avanzar. Cuando alguien, un joven por ejemplo,
nos pregunte: "¿Quiénes son los Redentoristas?",
es necesario que seamos capaces de responderle
y que se nos pueda creer, presentándole esta
tarjeta de identidad tan claramente afirmada
en los textos citados. Esta es «nuestra razón
de ser», la «piedra de toque de nuestra fidelidad».
1.4. A los Redentoristas, misioneros del Evangelio entre los más abandonados,
especialmente los pobres, nos interpela la insistencia
del Papa Juan Pablo II a través de todos los
continentes en «la nueva evangelización». El
Papa vuelve una y otra vez sobre una nueva calidad
evangelizadora que corresponda a los cambios
profundes de nuestro mundo. Ya en su época,
san Clemente hablaba de "proclamar el Evangelio
de una manera nueva". Hoy como ayer, nuestra
misión consiste en responder a las necesidades
de la humanidad. "Interpretando fraternamente
los angustiosos interrogantes de los hombres,
procuren discernir los signos verídicos que
ellos dejan traslucir de la presencia y de los
designios de Dios" (Const. 19). ¿Dónde están los angustiosos interrogantes de nuestro
tiempo? ¿No son frecuentemente los jóvenes,
las poblaciones pobres de las grandes ciudades
secularizadas y de las zonas rurales, y todos
los abandonados, los que tienen necesidad de
escuchar esta proclamación evangélica que lleva
a Jesús, el Viviente? Pero, "¿cómo creerán
en aquel a quien no han oído? ¿cómo oirán sin
que se les predique?" (Rom. 10,14).
Suscitemos en nuestros contemporáneos la sed
de Dios y proclamemos la Buena Nueva.
1.5. Vivimos en el siglo de la comunicación. Nuestro mundo tiende a convertirse
en una «gran aldea» en la que las noticias se
divulgan casi instantáneamente. Pero al mismo
tempo percibimos la soledad de la gente, constatamos
a distancia creciente entre ricos y pobres,
la desesperación que lleva a buscar paraísos
artificiales. Nuestra misión es ahora más apremiante
pues somos apóstoles de esa Buena Noticia, la
que ha traído Jesús a todos los hombres y mujeres
para colmar su deseo de realización plena.
Digamos de nuevo que el Dios de los cristianos
es un Dios cercano a los seres humanos. Vino
a nosotros y para nosotros. Es un Dios de amor
que nos ha amado el primero: "En esto consiste
el amor: no en que nosotros hayamos amado a
Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su
Hijo como propiciación por nuestros pecados"
(1Jn. 4,10). A tiempo y a destiempo repitamos que el Dios de Jesús
es un Dios bueno y misericordioso: "el
Padre de las misericordias y Dios de toda consolación"
(2 Cor. 1,3). El Dios de Jesús es el Dios
de a comunicación: Padre, Hijo y Espíritu. Es
un Dios que nos; habla y nos llama a la responsabilidad
en el lugar que da a cada uno Todos podemos
llegar a El en la oración y la solidaridad con
los demás.
1.6. Esta proclamación de Buenas Noticias a los pobres es nuestro modo
propio de realizar el seguimiento de Jesús,
expresado en una vida cercana y solidaria con
los necesitados, un amor compartido, una dignidad
recobrada, una liberación en marcha. Así queremos
participar en la vida de la Iglesia pues "la
Iglesia en el mundo entero... quiere ser la
Iglesia de los pobres. Ella quiere sacar a la
luz toda la verdad contenida en las Bienaventuranzas
de Cristo... Las Iglesias jóvenes, que viven
la mayor parte en medio de poblaciones que sufren
una gran pobreza, expresan con frecuencia esta
preocupación como una parte integrante de su
misión" (Redemptoris Missio n. 60).
Los Redentoristas que viven en el tercer
mundo están allí para recordarnos constantemente
esta urgencia y esta coherencia que es fundamental
para nosotros. Ellos nos estimulan, como lo
hace Juan Pablo II en la Redemptoris Missio:
"Fiel
al espíritu de las Bienaventuranzas, la Iglesia está llamada
a compartir con los pobres y los oprimidos de
cualquier clase. Por eso, yo exhorto a todos
los discípulos de Cristo y a todas las comunidades
cristianas, desde las familias a las diócesis,
desde las parroquias a los Institutos religiosos,
a hacer una revisión de vida sincera, en el
sentido de la solidaridad con los pobres"
(RM, n.
60).
1.7. Nuestra solidaridad con los más abandonados, especialmente los pobres,
nos acerca al Jesús de las Bienaventuranzas.
Es entonces cuando comprendemos que los pobres
son algo más que los destinatarios de nuestro
anuncio del Evangelio. Ellos son el signo viviente
de Jesús hoy. Porque en su Hijo, Dios ha tomado
el rostro de pobre. Desde su nacimiento Jesucristo
estuvo con los excluidos, con los que no tienen
lugar. "El cual, siendo rico, por nosotros
se hizo pobre, a fin de que nos enriqueciéramos
con su pobreza" (2Cor. 8,9). (Cfr. el comentario que de este texto hace san Alfonso
en la Novena de Navidad, Discurso VIII). Los
pobres son los no-amados que hemos de amar y
de evangelizar. Pero esta llamada evangélica
no es una glorificación de la miseria, que siempre
debe ser combatida. Por otra parte, el pobre
no está llamado a hacerse rico, sino a ser "otro",
a convertirse. Porque el Evangelio no tiene
como objetivo el construir una sociedad de satisfechos
que se complazcan en su autosuficiencia. Lo
que quiere es que todos nosotros tendamos a
una esperanza gozosa y a una libertad en camino
hacia lo esencial.
1.8 Recordemos aquí los tres encuentros fundamentales
de san Alfonso, que conmocionaron y pusieron
en marcha su vida de apóstol: a los 19 anos
en «Los Incurables», a los 32 con los pobres
de las Capillas del Atardecer y cuando tenia
35 anos con los pastores de Scala. A ejemplo
del fundador, nuestra opción por los pobres,
por los ignorados y abandonados de la Iglesia,
implica encuentros, disponibilidad, un cuestionamiento
de nuestras certezas demasiado absolutas, una
solidaridad, una conversión, un éxodo.
1.9 Nosotros sabemos muy bien que los pobres no
son perfectos. Sobre todo si vivimos cerca de
ellos. Pero frecuentemente nos sorprendemos
al descubrir en ellos valores evangélicos: la
generosidad; el compartir a pesar de lo poco
que tienen; la alegría a pesar de las condiciones
muy duras en que viven; la esperanza y la tenacidad
cuando los demás ya hace mucho tiempo que la
han perdido; la confianza... Son estos los valores
desde los que ellos viven y con los que nos
evangelizan. De ese modo los pobres nos invitan
a cambiar de actitud. Esta unión privilegiada
con ellos podrá cambiar nuestra manera de ver
las cosas, nuestro corazón, nuestro modo de
hablar y de vivir. Por ejemplo, su vida nos
hará reflexionar y modificar nuestra búsqueda
exagerada de seguridad, nuestras adhesiones
demasiado fijas a las estructuras, nuestro miedo
al riesgo... "Evangelizare
pauperibus et a pauperibus evangelizari". Los pobres nos hacen encontrar a Cristo en nuestra
propia vida (Mt. 25,31). Personal y comunitariamente.
"La comunidad no puede evangelizar si al
mismo tiempo ella no se deja evangelizar: desde
el exterior de ella misma: es decir, por aquellos
a los que somos enviados, singularmente los
pobres" (DP, n.24). Con ellos leemos la palabra de Dios y juntos caminamos
en el seguimiento de Jesús.
2. Nuestra "Vida apostólica11: unidad y coherencia
2.1. Nuestra Congregación "sigue el ejemplo de Cristo por la profesión
de la vida apostólica, la cual comprende a la
vez la vida especialmente consagrada a Dios
y la actividad misionera de los Redentoristas"
(Const. 1). "Movidos por el espíritu
apostólico e imbuidos del celo del Fundador,
fieles a la tradición marcada por sus antepasados
y atentos a los signos de los tiempos, todos
los Redentoristas, como cooperadores, socios
y servidores de Jesucristo en la gran obra de
la Redención son enviados a predicar el Evangelio
de salvación a los pobres y forman una comunidad
apostólica especialmente consagrada al Señor"
(Const. 2).
Estas dos constituciones, pórtico de
nuestro Libro de vida, han nutrido y enriquecido
el tema del sexenio que quiere ayudarnos a orientar
nuestros esfuerzos hacia una interiorización,
basada en la unificación de nuestra vida de
apóstoles. La segunda parte del n. 11 del Documento
Final lo expresa claramente: "Pedimos que
la Congregación continúe con este tema profundizando
nuestra vida
comunitaria apostólica como una fuerza profética
que abre nuevos caminos a una misión encarnada;
para alcanzarlo, sentimos la necesidad de acentuar
la coherencia entre nuestra evangelización inculturada,
nuestra vida comunitaria y nuestra espiritualidad".
2.2. Actualmente experimentamos más fuertemente que en el pasado esta
necesidad de unidad entre lo que hacemos y lo
que somos, entre «nuestra vida toda en Dios»
y nuestro «trabajo misionero», entre nuestra
experiencia espiritual enraizada en una historia
y la necesidad de compartir esta experiencia.
Esta unidad, para que no sea mera ilusión, necesita
encarnarse en la unidad con los otros, en esa
comunidad de apóstoles. Porque la llamada evangélica
que cada uno de nosotros ha escuchado la ha
vivido y compartido desde el principio con sus
compañeros, en comunidad; con hermanos que no
hemos elegido nosotros, pero que como nosotros
han sido elegidos por el Señor. Es esta vida
compartida, a la manera de los apóstoles, la
que constituye una fuerza profética que es mucho
más que la suma de los individuos, pues es una
dinámica de amor que trasciende la comunidad
local. Esta vida juntos nos permite vivir la
experiencia de Dios no en un deseo teórico,
sino en el concreto de la vida diaria. En la
comunidad, cada uno es llamado a ser evangelizado
por sus propios compañeros y a ser un estimulo
para ellos. "Los cohermanos son «evangelizadores»
los unos de los otros y son «evangelizados»
los unos por los otros" (DF, n. 24).
2.3. No olvidemos nunca que esta vida en comunidad tiene por centro a
Cristo Redentor. Fundamentada de este modo,
ella podrá hacerse presencia eficaz del Reino
de Dios en medio de nuestros contemporáneos
(DF, n. 23). La creatividad nos permitirá buscar y encontrar "formas
y espacios adecuados para compartir la fe, los
gozos, las experiencias más profundamente humanas
y las inquietudes de la acción evangelizadora."
(DF, n. 24). Como discípulos de san Alfonso,
doctor de la oración, comprendemos la urgencia
de la llamada de las constituciones nn. 26 a
33 sobre la comunidad de oración, a fin de combatir
el «vacío» de que habla el n. 33 del Documento
Final. Para seguir a Cristo Redentor y continuar
su práctica liberadora meditamos, sobre
todo, los misterios de la Encarnación, de la
Pasión, de la Resurrección y de la Eucaristía
(Cfr. DF, n. 36), De este modo, "siendo
hombres de oración, y compartiendo también la
plegaria con el pueblo cristiano dentro de una
religiosidad popular bien encauzada" (DF, n. 41a), realizamos juntos nuestro caminar en la fe.
2.4. Esta conversión mutua en comunidad, en el amor solícito y fraterno,
es ya predicación, testimonio, encarnación de
nuestra misión, coherencia entre lo que somos
en profundidad y lo que decimos y vivimos con
los demás, especialmente con los pobres. El
Documento Final en su n. 23 lo expresa así:
"La comunidad redentorista ha de constituir
el primer signo de nuestro quehacer evangelizador",
es "una presencia eficaz del Reino de Dios
en medio de los hombres y mujeres nuestros hermanos,
los cuales, a su vez, nos revelan también el
rostro de Dios". Esta vida juntos en nombre
del Evangelio, es "la vivencia práctica
de que es Dios Padre quien nos congrega, y es
el Espíritu de Cristo quien nos reconcilia y
nos conduce a una comunión cada vez más profunda"
(DF, n. 26). En medio del pueblo, toda
comunidad redentorista desea ser signo de la
presencia del Reino.
2.5. Conocemos perfectamente las dificultades que han tenido que afrontar
determinados países en estos últimos anos. Por
ejemplo, la falta de convocación por parte de
la Iglesia local, para llevar a cabo una misión
de conjunto, muchas veces ha tenido como consecuencia
la disgregación de las comunidades locales.
A veces cada uno se ha ido por su lado para
ejercer un ministerio sacerdotal diocesano.
Otros se han comprometido en una misión más
cercana a los pobres, pero sin el apoyo y la
colaboración activa de una comunidad local.
Otros han adoptado algunos valores de la sociedad
de hoy, como el crecimiento individual de la
persona, y sus opciones apostólicas se han hecho
desde este criterio, olvidando «la ley esencial»
de que habla la Constitución 21. En algunos
países, por falta de libertad religiosa, los
cohermanos han respondido individualmente, a
veces incluso con el riesgo de su propia libertad,
a un ministerio en favor del pueblo, en unión
con el Obispo, para suplir la falta de personal
de la Iglesia local. Como consecuencia de todo
esto se han
ido adquiriendo ciertas costumbres no-comunitarias.
Cada uno ha llevado su vida personal comprometiéndose
más o menos estrechamente con un determinado
grupo humano. Y al final, toda la dimensión
del compartir (el carisma, la oración, la amistad
fraterna, los recursos materiales) ha podido
desvanecerse con el transcurrir de los anos.
Lo único que permanece son unos lazos históricos,
anclados en el pasado pero no cultivados en
el presente. No es un juicio lo que estamos
haciendo sino una descripción de una determinada
realidad vivida en la Congregación. Por eso
es bueno que cada provincia o viceprovincia
vuelva hoy a asumir seriamente aquello de que
"la comunidad redentorista debe constituir
el primer signo de nuestro anuncio misionero"
(DF, n. 23).
2.6. A pesar de todo esto, desde hace algunos anos y en toda la Congregación,
se ha llevado a cabo un gran esfuerzo por comprender
la unidad de nuestra vida. En la actualidad,
como en tiempos de nuestro fundador, debemos
luchar contra el peligro del dualismo entre
ser y hacer. (Cfr. Avisos sobre la vocación
religiosa, Consideración XIII). "La coherencia
de la vida se logra cuando el apostolado brota
de la vivencia personal y comunitaria de la
profesión religiosa y, a su vez, la forma de
vivir los consejos evangélicos se realiza en
la misma tarea evangelizadora. El capitulo pide
a la Congregación un esfuerzo especial para
integrar cada vez más, en la experiencia personal
y comunitaria, la fe y la vida" (DF, n. 35). En su profundo realismo, la
vida comunitaria nos ayuda a evitar esa separación
entre el apostolado y la espiritualidad.
2.7. En todas partes debemos revisar constantemente nuestras prioridades,
analizando bien las urgencias pastorales del
país o de la región en la que vivimos. Para
ello, debemos elegir los lugares más adecuados
a nuestro carisma. También se nos invita a la
creatividad para vigorizar nuestra vida fraterna
y "buscar nuevos modelos de comunidad"
(DF, n. 28). Pues es la vida comunitaria misma la que nos permitirá,
en la reflexión y la oración, discernir los
lugares y los grupos humanos a los que debemos
ir. Tenemos dos indicadores que nos ayudan en
este discernimiento: la proximidad del pueblo
y la fuerza de testimonio de la misma comunidad
(DF, n. 29).
2.8. Esta búsqueda conjunta esta siempre dirigida a una "proclamación
profética y liberadora de la Buena Nueva. Un
Instituto misionero, en el seno de la Iglesia
local, debe ser siempre una presencia dinamizadora
de su espíritu misionero, un poco como la vanguardia.
De este modo nuestra proclamación gozosa verdaderamente
encarnada y orante, será un signo de esperanza
para los jóvenes que aspiran a vivir en la comunión
y que buscan una alternativa a los mecanismos
del tener y del poder.
3. Esta vida apostólica unificada debe estar inculturada
3.1. Los Redentoristas estamos condicionados por ambientes culturales
diversos. En cada uno de ellos debemos vivir
según la Buena Nueva de Cristo. A ello se debe
que el Capítulo General nos haga esta invitación
apremiante y exigente: "Para encarnar históricamente
nuestra presencia misionera necesitamos someterla
continuamente a un proceso de inculturación,
realizando así uno de los componentes del gran
misterio de la encarnación" (DF, n. 13).
3.2. Efectivamente, la inculturación encuentra su raíz en la Encarnación
del Verbo de Dios. "Porque ha sido integral
y completa, la Encarnación del Hijo de Dios
ha sido una "encarnación cultural"
(Juan Pablo II en 1982). También la primera
predicación evangélica respondía a las culturas
de su tiempo; los evangelistas eran hombres
marcados por el medio ambiente de sus comunidades
respectivas. En la Iglesia naciente se planteaba
el mismo problema, porque cada nación, cada
lengua de la tierra esta llamada a confesar
y a expresar en su propio "idioma"
el Evangelio de la salvación (Hech. 2,8). AI ejercer su acción misionera entre los pueblos, la
Iglesia entra en contacto con diversas culturas
y se encuentra comprometida en el proceso de
inculturación. Es ésta una exigencia que ha
marcado todo su recorrido a lo largo de la historia
y que se hace hoy en día especialmente sensible
y urgente" (RM, n. 52).
3.3. Esta inculturación es un movimiento en profundidad que exige tiempo
y que no es una simple adaptación. Por eso conviene
distinguir bien dos realidades complementarias
que pueden expresarse con dos términos diferentes:
la «aculturación» y la «Inculturación». La aculturación
se traduce en concreto en el aprendizaje de
las lenguas, en el conocimiento de las costumbres,
en la adaptación a las condiciones de vida de
un pueblo. Tarea con frecuencia difícil para
un misionero que va a otro país o que se introduce
en un medio que no es el suyo. La aculturación
es una necesidad de estos tiempos en que se
multiplican los intercambios entre los continentes
y entre ambientes culturales diversos. Pero
la inculturación es otra cosa.
3.4
Inculturación es la encarnación de la
vida y del mensaje cristiano en una cultura
concreta. Expresándose con los elementos propios
de una cultura, el Evangelio la transforma y
la recrea, El término engloba la idea de crecimiento
y de enriquecimiento recíproco de las personas
y de los grupos por el encuentro del Evangelio
con un medio social. Comprendemos entonces que
la inculturación no consiste en la sacralización
de la cultura en su pasado. Es, sobre todo,
búsqueda de «las semillas del Verbo», germinación
y fecundación en el presente de un pueblo, en
todas sus dimensiones, incluidas las sociales
y políticas, con las tensiones y conflictos
que se siguen. La cultura de un pueblo es algo
vivo. Y nuestra evangelización debe penetrar
en este proceso vital que permite a un pueblo
el reencontrar su memoria de una forma abierta,
dinámica, para el momento presente. Evangelio
y cultura se encuentran, se confrontan, se implican
mutuamente como el oro y el fuego en la fragua
del herrero. La inculturación introduce a Cristo
en el corazón mismo de la vida de una cultura
y lleva esta vida a Cristo. Así podrán surgir,
partiendo de tradiciones culturales particulares,
expresiones originales de vida, de celebración
y de pensamiento cristiano. Brotará una vida
eclesial transformada y transformante.
3.5. Este encuentro del Evangelio con una cultura es un enriquecimiento
para toda la Iglesia, pues el mensaje cristiano
se reexpresa bajo formas nuevas. El papel central
en este proceso de inculturación no le incumbe
inicialmente al simple misionero, sino que es tarea de toda la Iglesia
local. Se trata de la inculturación de toda
la Iglesia y son necesarios los esfuerzos de
toda la comunidad. La imagen bíblica subyacente
a este proceso no es la del injerto, sino la
de la semilla, porque el mensaje cristiano que
crece en el interior de una cultura, implica,
al mismo tiempo, su muerte y su resurrección.
Este proceso de inculturación es tan necesario
en las Iglesias más antiguas, enfrentadas de
una manera especial a la modernidad y a la secularización,
como en las Iglesias jóvenes que viven tal vez
en un ambiente más «religioso».
3.6. Redentoristas esparcidos por todo el mundo, vivimos tambi6n en culturas
marcadas por otras tradiciones religiosas distintas
de la cristiana, como son el budismo, el hinduismo,
el islam... Nos gustaría vernos a nosotros mismos
como personas a la escucha de estas comunidad
es de creyentes, para poder así reconocer que
"todo lo que hay de bueno y santo en las
tradiciones religiosas del budismo, del hinduismo
y del islamismo, es como un reflejo de la verdad
que ilumina a todos los hombres..." (RM, n. 55). Los cristianos de los países en los que estas religiones
son preponderantes están sumergidos en una determinada
atmósfera, en una cultura a veces fuertemente
distinta de lo cristiano. Creemos importante
entrar en diálogo, sobre todo en un diálogo
vital, con estos otros creyentes. Este diálogo
será para nosotros un enriquecimiento, una purificación,
una llamada a la conversión interior. Este es
el sentido del n. 41e del Documento Final, el
cual nos invita a "abrirnos a lo válido
de las tradiciones espirituales no cristianas".
Este diálogo puede ayudarnos a superar dificultades
muy actuales, incomprensiones y, a veces, persecuciones.
En toda la congregación debe hacerse un gran
esfuerzo en este sentido, ya que hasta ahora,
salvo excepciones, no hemos aportado demasiado
en este campo. Puede hacerse una gran labor
en Asia, en África y en otros continentes, pues
actualmente asistimos a un gran intercambio
de pueblos y razas.
3.7. Debemos buscar, juntos y con otros, como inculturar concretamente
nuestra tarea evangelizadora, nuestra vida comunitaria
y nuestra espiritualidad, expresando la opción
de nuestra congregación por los más abandonados,
especialmente por los pobres. Nuestra experiencia
de compartir en pequeños grupos, comunidades
de base, puede, ciertamente, ayudarnos a ello
(Cfr. RM, n. 51). Esta búsqueda debe ampliarse
en la Iglesia local, con laicos, sacerdotes,
religiosos y religiosas, pues tomamos conciencia
de las exigencias de una evangelización nueva,
que es reto para toda la Iglesia". Aquí
y allá, en nuestras iglesias respectivas, hay
experiencias interesantes sobre cómo inculturar
nuestra labor evangelizadora. Debemos conocerlas
y colaborar en ellas, desde nuestro carisma.
3.8. Respecto a la vida comunitaria, el Capítulo nos dice que "es
necesario seguir buscando... modelos estructurales
adaptados a la vida apostólica en comunidad"
(DF, n. 30). Donde vivamos, participemos
en esta búsqueda junto con otros institutos
misioneros que nos sean afines. El capítulo
nos señala algunas pistas cuando dice: "La
opción por los abandonados, especialmente los
pobres, nos exige una encarnación o inculturación
en zonas geográficas, en ámbitos sociales, en
sectores culturales y en puestos eclesiales
que sean coherentes con el dinamismo peculiar
de nuestra misión" (DF, n. 27). Es una llamada a llevar a cabo,
en capítulo provincial, opciones prioritarias
en armonía con nuestro carisma propio.
3.9. Por otra parte, la vida religiosa apostólica, en general, esta fuertemente
condicionada por sus orígenes, con frecuencia
europeos. Este es nuestro caso. Si queremos
vivir juntos nuestra vocación de apóstoles de
forma que se adapte a las diversas expresiones
culturales del mundo, pensamos que es necesario
reflexionar en profundidad sobre la forma de
vivir esta consagración. ¿Podríamos, junto con
otros religiosos y religiosas de nuestro país
o continente, buscar la mejor forma de expresar,
en nuestra propia cultura, los votos de pobreza,
castidad y obediencia? Una vez más se nos invita
a la creatividad, a buscar con profundidad «en
lo nuevo y en lo viejo», en las realidades actuales,
en las tradiciones vivas de nuestros pueblos
y en el Evangelio siempre vivificante.
4. Conclusión
4.1. Esta diversidad de la congregación a través de los continentes,
que se expresa también en diferentes ritos,
es buena e incluso necesaria. Es el signo de
que establecemos comunión con los pueblos a
los que pertenecemos. Es el reflejo de la catolicidad
de la Iglesia, presente en las diversas culturas.
Es una llamada a cada uno de nosotros a abrir
su mente y su corazón al Espíritu presente en
todos los continentes. La Buena Nueva es acogida
en todos los caminos del mundo: En África, en
Asia, en Oceanía, en América, en Europa. A veces
en un mismo continente, en un mismo país, en
el seno de una misma provincia, se expresa en
formas distintas. Pero lo que nos une es el
Evangelio del Señor Jesús vivido como redentoristas.
El nos cuestiona y nos purifica, a nosotros
y a nuestras culturas. El nos invita permanentemente
a la fraternidad, a la apertura al otro distinto
de nosotros, al diálogo purificador y siempre
fuente de enriquecimiento.
4.2. Las grandes líneas del mensaje de este XXI Capitulo general son
una llamada a la conversión dirigida a los apóstoles
de la conversión. Expresan la voluntad de dar
un paso adelante en los próximos seis años para
ser misioneros más «auténticos», más «audaces».
Ojala crezcan esas semillas de esperanza que
vamos encontrando en todos los continentes.
"Hemos experimentado con gratitud cómo
los redentoristas en todo el mundo tienen confianza
en que nuestro carisma todavía sigue siendo
un don para el pueblo de Dios" (DF, n. 6). Deseamos compartirlo en Iglesia. Que todos unidos
seamos unos apasionados del Evangelio, según
el ejemplo de san Alfonso, para anunciar a los
más abandonados, especialmente a los pobres
esta Buena Noticia: «¡Dios nos ama!»
AI final de esta reflexión, deseamos
también que María, la primera discípula del
Redentor, nos guíe en el camino de nuestra identificación
con Cristo Redentor. Ella es el "icono
más perfecto de la libertad y de la liberación"
que estamos llamados a llevar al mundo como
una abundante Redención.
Con
nuestros saludos fraternos en nombre del Gobierno
General.
Juan M. Lasso de la Vega, C.Ss.R.
Superior General
El
texto original de esta communicanda es el francés.