COMMUNICANDA
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Roma, 25 de diciembre de 1988
Gen. 476/88
LA COMMUNIDAD APOSTOLICA REDENTORISTA EN SI MISMA:
PROCLAMACIÓN PROFETICA Y
LIBERTADORA DEL EVANGELIO
Queridos hermanos,
I. FINALIDAD
DE ESTA COMMUNICANDA
1. Cuando hablamos
de «proclamación del Evangelio» normalmente
tendemos a pensar en la predicación y en otras
actividades apostólicas. Tenemos una tradición
según la cual el trabajo pastoral goza de prioridad
absoluta. Ese trabajo apostólico se ha entendido
principalmente que es el ministerio sacramental,
la predicación y la catequesis. Todo debe estar
al servicio de ese trabajo. Por eso, nuestra
misma comunidad religiosa fue concebida únicamente
en términos de las necesidades de ese apostolado.
Pero en los últimos años hemos ido descubriendo progresivamente
que nuestra vida de comunidad es en sí misma
testimonio evangélico, y como tal constituye
parte vital de nuestra misión de evangelización.
Nuestras Constituciones dan gran relieve a la vida de comunidad;
vivir en comunidad es uno de los valores esenciales
de nuestra Congregación, como la proclamación
explícita y la opción por los pobres. «Ley esencial
de la vida de los congregados es: vivir en comunidad
y realizar la obra apostólica a través de la
comunidad» (Const. 21).
2. Muchas veces
hablamos de la dicotomía entre nuestra «vida
religiosa» y nuestro «apostolado»; acerca de
esa dicotomía nos pone sobre aviso la Constitución
primera: «La Congregación sigue el ejemplo de
Cristo por la profesión de la vida apostólica,
la cual comprende a la vez la vida especialmente
consagrada a Dios y la actividad misionera de
los Redentoristas». Uno de los motivos por los
que sufrimos tal dicotomía es por no caer en
la cuenta de un punto de la predicación misionera:
«El fin de toda acción misionera es suscitar
y formar comunidades que vivan dignamente la
vocación con que han sido llamadas, ejercitando
la función sacerdotal, profética y regia que
el Señor les ha confiado» (Const.12). Si tenemos
que proclamar ese mensaje a los pobres abandonados
¿no debemos vivirlo primero nosotros mismos?
3. El último
Capítulo General de nuestra Congregación, al
fijar el tema principal para el presente sexenio,
indicó a quiénes somos enviados «evangelizare
pauperibus» añadiendo una característica
importante: «a pauperibus evangelizari».
Pensamos que ambas partes del tema tienen relación
directa no sólo con nuestro trabajo pastoral
sino también con nuestra vida de comunidad apostólica.
Invitamos a reexaminar las verdaderas bases
de nuestra vida de comunidad, para poder valorar
la cualidad evangélica de nuestras mutuas relaciones
como hermanos, y a reflexionar sobre el testimonio
que nuestra comunidad apostólica puede ofrecer
a la sociedad humana actual (ver DF, 09, 10,
11, 12).
4. Escribimos
esta carta para promover este proceso en nuestra
Congregación. Estas reflexiones no pretenden
ser un tratado sobre las dimensiones de nuestra
comunidad apostólica. Podemos encontrarlo fácilmente
en nuestras Constituciones, especialmente en
el capítulo II. Lo que nos proponemos es reflexionar
sobre nuestro vivir y trabajar como comunidad
apostólica, y esto a la luz del tema principal
del último Capítulo General: evangelizare
pauperibus et a pauperibus evangelizari.
Invitamos, pues, a todos nuestros cohermanos a hacer con
nosotros una reflexión seria sobre nuestra comunidad
apostólica, para que podamos progresar en la
renovación de nuestra Congregación.
II. SITUATION
ACTUAL DE NUESTRA CONGREGACIÓN
5. Gracias
a Dios, en nuestras comunidades se están produciendo
importantes iniciativas y realizaciones. No
debemos lamentar nos inconsideradamente de nuestras
comunidades que, aunque no son perfectas, posees
grandes méritos,
El Secretariado para la Vida Comunitaria ha hecho un sondeo
sobre la situación de la vida comunitaria en
la Congregación, Pese a que pertenecemos a culturas
muy diversas, se comprueba que, como Redentoristas,
compartimos muchas vivencias semejantes.
-
Nuestra
misión apostólica en la Iglesia la vamos concibiendo
cada vez más como una tarea que desempeñar juntos
en comunidad. Este hecho se evidencia en los
esfuerzos hechos por fijar las prioridades apostólicas.
-
La gran
mayoría de nuestras comunidades son conocidas
por su cordialidad y su hospitalidad. La sencillez
exenta de formalismos preside nuestras relaciones
mutuas, por encima de barreras artificiales.
Se comprueba que somos generosos en ayudarnos
unos a otros en el trabajo y en nuestras obligaciones.
-
Se ve
una mayor apertura en convidar a nuestras casas
a aquéllos que colaboran con nosotros en la
pastoral y a aquéllos que tratan de discernir
su propia vocación.
- Tras las crisis
pasadas, se nota en la mayoría de nuestras unidades
un esfuerzo por descubrir nuevas formas de vida
comunitaria.
6. Pero tenemos
la impresión de que algunos congregados no captan
la posibilidad de vivir el ideal de la vida
comunitaria. Tal vez han tenido problemas en
su experiencia de relacionarse con los hermanos,
que ahora les hacen sentir dificultades en vivir
y trabajar con otros en comunidad. Tras semejantes
experiencias, algunos pueden concluir que no
vale la pena de molestarse en procurar vivir
y trabajar juntos, y tratan de ver qué pueden
hacer ellos solos.
Por ello, para esos congregados la comunidad primera
no es su comunidad en la Congregación. Para
sustituirla, buscan amigos o grupos que les
ayuden a aguantar o a aceptar las dificultades
que experimentan en su comunidad, o a encontrar
sentido y satisfacción en aquello que hacen.
7. En algunas
comunidades, el problema para algunos congregados
es la falta que sienten de un auténtico afecto.
Algunos han quedado anclados en el antiguo ideal
de una vida común basada principalmente en la
regla y la disciplina, sin especial interés
por la comunicación fraterna. Hay comunidades
que echaron por la borda todas las estructuras
antiguas de vida de comunidad, sin lograr introducir
ninguna estructura nueva, lo que ha producido
una sensación de vacío y sentimientos de frustración.
Por eso, algunas comunidades van descubriendo cada vez
más la necesidad de fomentar la auténtica vida
afectiva en las relaciones intercomunitarias
y con otras personas.
8. Nos encontramos,
pues, de camino; estamos aún buscando nuevas
formas de vida comunitaria: formas adaptadas
a las diversas culturas y tradiciones y a las
diferentes clases de comunidades.
En nuestra misma comunidad del Consejo General experimentamos
esos desafíos a desarrollar en nuestra vida
de comunidad un proceso continuo de experiencia;
también en el Consejo General, como comunidad, tenemos que
buscar renovarnos continuamente, para poder
vivir y testimoniar los valores evangélicos
en nuestra misión como Congregación.
III. BASES DE
LA COMUNIDAD APOSTÓLICA
9. Cuando nuestras
Constituciones hablan de «comunidad apostólica»,
hacen referencia a la primerísima comunidad
apostólica, la de Jesús con sus apóstoles: «La
vida comunitaria se ordena a que los congregados,
a ejemplo de los Apóstoles (ver Mc 3,14; Hch
2,42-45; 4,32), compartan en sincera comunión
fraternal las oraciones y deliberaciones, los
trabajos y los sufrimientos, los triunfos y
los fracasos, y también los bienes temporales
al servicio del Evangelio» (Const. 22).
10. En consecuencia,
necesitamos contemplar esa comunidad apostólica
primitiva:
(Jesús) «subió al monte y llamó a los que él quiso, y vinieron
donde él. Instituyó doce, para que estuvieran
con él, y para enviarlos a predicar...» (Mc
3,13-14).
Tres son los elementos esenciales de la vida de esa comunidad
apostólica:
-
ser
llamado por Jesús;
-
estar
con Jesús;
-
ser
enviados por Jesús.
11. No nos reunimos
en comunidad por nuestra propia iniciativa,
ni por motivos de eficiencia pastoral o de apoyo
psicológico. Acreditamos haber sido llamados
por el Señor para estar con él. Esta llamada
es la que nos constituye en comunidad, no los
lazos de sangre, de amistad o de ideologías
o de nacionalidad. Esta llamada nos confiere
la posibilidad de ser una continuación de la
comunidad apostólica, de ser «ante los hombres
signos y testigos de la fuerza de su Resurrección,
mientras anuncian la vida nueva y eterna» (Const.51).
12. La iniciativa
de Jesús, al llamar a los apóstoles para que
estuvieran con él y para ser enviados por él,
no sólo creó aquella comunidad particular, sino
que también creó una nueva especie de relación
entre los pertenecientes a tal comunidad; «No
os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe
lo que hace su amo, A vosotros os he llamado
amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre
os he dado a conocer» (Jn 15,15-16).
Esta experiencia de comunidad (o amistad) con Jesús capacita
a los apóstoles para escuchar y comprender el
mensaje del Reino de Dios vivido y proclamado
por Jesús:
«A vosotros se os dado el conocer los misterios del Reino
de los Cielos,..¡Dichosos, pues, vuestros ojos,
porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!»
(Mt 13,11.16).
13. La relación
de los Apóstoles con Jesús revela también una
relación nueva con Dios y ellos mismos:
-
Aprenden
a llamar «Padre»a Dios: «Estando él orando en
cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de
sus discípulos: Maestro, enséñanos a orar, como
enseñó Juan a sus discípulos. El les dijo: Cuando
oréis, decid: Padre...» (Lc 11,1-2).
-
Existiendo
un solo Padre, ellos ya no pueden ser sino hermanos
unos de otros. «Vosotros no os dejéis llamar
Rabí, porque uno solo es vuestro maestro, y
vosotros sois todos hermanos... Ni llaméis a
nadie «Padre» en la tierra, pues uno solo es
vuestro Padre, el del cielo» (Mt 23,8-9).
14. Por esto,
esa comunidad vive según leyes nuevas, muy diversas
de las de este mundo:
«Jesús, llamándoles, les dice: Sabéis que los que son tenidos
como jefes de las naciones, las gobiernan como
señores absolutos, y los grandes las oprimen
con su poder. No ha de ser así entre vosotros,
sino que el que quiera llegar a ser grande entre
vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera
ser el primero entre vosotros, será esclavo
de todos» (Mc 10,42-44),
15. A través
de esta forma de vivir juntos, el Reino de Dios
se hace ya presente en este mundo. Y la unidad
fraterna de esta comunidad es el testimonio que dispone a las personas a creer
en ese Reino: «(Ruego por) que todos sean uno,
como tú, Padre en mí, y yo en ti; que ellos
también sean uno en nosotros, para que el mundo
crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).
16. Este nuevo
estilo de comunidad humana debe conservarse
vivo y ser testimoniado ante el mundo por aquellos
que anuncian Jesucristo, o sea, por toda la
Iglesia y por cada una de las comunidades cristianas
de dentro de la Iglesia.
Tarea especial de un religioso es ser signo profetice de
viabilidad y validez de Reino dentro de la Iglesia
y entre el pueblo. Este testimonio precede a
cualquier clase de predicación explícita. La
experiencia de la redención copiosa, de realidad
del amor del Padre, debe realizarse primeramente
en el seno de la propia comunidad religiosa.
Sin esa experiencia personal será difícil –
por no decir imposible – predicar hacia afuera
ese amor.
«Fieles siempre al magisterio de la Iglesia, los Redentoristas
han de ser entre lo hombres, servidores humildes
y audaces del Evangelio de Cristo Redentor y
Señor, principio y ejemplar de la nueva humanidad.
En su anuncio proclaman de manera especial la
«redención copiosa», es decir: el amor del Padre
«que nos amó primero y nos envió a su Hijo como
propiciación de nuestros pecados.» (1Jn 4,10),
y que vivifica el Espíritu Santo a cuantos creen
en El» (Constó).
17. La realidad
de nuestra consagración religiosa posee en sí
misma una fuerza evangélica, cuando se encuentra
con aquéllos que están fuera de nuestra comunidad,
en cuanto significa desafiar los ideales de
la sociedad mundana. Mientras que la sociedad
del mundo se manifiesta individualista y aprovechada,
la comunidad apostólica redentorista contraría
esa realidad mediante la participación comunitaria
y la puesta de todos los bienes en común. Mientras
que la sociedad mundana se manifiesta dominante
y viola la dignidad humana, el testimonio de
la comunidad apostólica redentorista consiste
en el respeto incondicional hacia todos los
cohermanos como hermanos que son iguales.
18. Nuestras
Constituciones hablan con frecuencia del testimonio:
Somos testigos de la gracia de Dios y como tales,
los Redentoristas "reconocen ante todo
la grandeza de la vocación de cada hombre y
de todo el género humano" (Const.7).
"En cada circunstancia indagarán con ahínco qué
es lo que conviene hacer o decir: si anunciar
explícitamente a Cristo o hacerlo, al menos,
con el testimonio callado de la presencia fraterna"
(Const.8).
"...los misioneros, con paciencia y prudencia unidas
a una gran confianza, den testimonio de la caridad
de Cristo y, en la medida que les sea posible
ofrézcanse como hermanos a todos los hombres.
Esta caridad la podrán de manifiesto por la
oración, el servicio sincero prestado a los
demás y el testimonio de su vida, irradiado
en formas diversas" (Const.9).
"El testimonio de vida y de caridad lleva al testimonio
de la palabra" (Const.10).
19. Este testimonio
de vida y caridad es posible a todos en nuestra
Congregación. Por eso es por lo que nuestras
Constituciones dicen que todos los Redentoristas
son verdaderamente misioneros., "lo mismo
si están dedicados a las diversas tareas del
ministerio apostólico que si se encuentran impedido
para el trabajo" (Const.55).
"Por esa total consagración a la Misión de Jesucristo,
los congregados comparten la abnegación de la
cruz del Señor, la libertad virginal de su corazón,
su profunda disponibilidad para dar vida al
mundo. Por consiguiente es necesario que sean
ante todo los signos y testigos de la fuerza
de su Resurrección, mientras anuncian la vida
nueva y eterna" (Const.51).
20. En consecuencia,
la comunidad apostólica redentorista, en la
que vivimos y trabajamos juntos, es en sí misma
parte del contenido auténtico de nuestra proclamación
profética y liberadora de la palabra de Dios
a los abandonados, y especialmente a los pobres.
Nuestra comunidad apostólica es el hecho que
testimonia la verdad de nuestra proclamación;
es realmente el medio fundamental que tenemos
para cumplir nuestro deber de «solidarizarse
con los pobres y promover sus derechos fundamentales
de justicia y libertad» (Const.5), porque formando
comunidades que respeten debidamente los derechos
y libertades de los cohermanos, damos consistencia
a nuestra predicación de justicia y de paz.
IV. COMO VIVIR
ESTE TESTIMONIO
PROFETICO Y LIBERADOR
IV.
1 «Constituir
una verdadera hermandad» (Const36)
IV. 1.1 Antes
que nada, una actitud de fraternidad
21. Para que
nuestra comunidad religiosa pueda dar testimonio
de esta visión evangélica, y antes de comenzar
a pensar en cualquier estructura concreta o
en cualquier modelo de organización, necesitamos
construir una comunidad sobre la base de la
fraternidad cristiana, o sea, debe estar enraizada
en una actitud de amor mutuo que Jesús nos dejó
en su palabra y en su ejemplo: «Este es el mandamiento
mío: que os améis unos a otros como yo os he
amado» (Jn 15,12). Este ideal de amor fraterno
que Jesús nos dejó, cuando va unido a nuestra
espiritualidad redentorista, asume la característica
de ser continuación de la presencia del Santísimo
Redentor para el bien de los otros (Const. 1).
22. Nuestros votos se asientan sobre esta base dela
mutua fraternidad:
La obediencia, que rechaza cualquier forma de dominio de
los unos sobre los otros, que nos dispone a
servir libremente (Mc 10,42-45) y que acepta
el fracaso individual para garantizar el bien
común.
La castidad, que renuncia al derecho a un mundo limitado
de afectos para abrir la persona al amor de
muchos como repuesta a sentirse amada por el
Señor. El cuidado esmerado por la vida de castidad
desarrolla en nosotros actitudes de acogida
de los otros, de atención a ellos, de sinceridad,
sin juzgar ni condenar, de acercarse a otros
sin dominarlos, y finalmente de una profunda
amistad.
La pobreza que dispone a vivir «con aquel espíritu que
animaba a la comunidad apostólica, por el que
se convierten en signo de la vida fraterna de
los discípulos de Cristo» (Const. 62).
23. Fomentando
esta profunda fraternidad cristiana en nuestras
comunidades, damos el primer paso fundamental
en la proclamación del Evangelio liberador de
paz y de justicia. Si esperamos realmente convertir
a otros hacia esas actitudes sociales, por las
que en nuestro mundo actual sean posibles la
paz y la justicia, tenemos que hablar por experiencia
y con el apoyo de una verdadera comunidad cristiana.
24. La palabra
clave que describe esta actitud de fraternidad
es «comunión», como lo dicen nuestras Constituciones:
«La comunidad no consiste tan sólo en la cohabitación material
de los cohermanos, sino a la vez en la comunión
de espíritu y de hermandad» (Const.21).
«La vida comunitaria se ordena a que los congregados, a
ejemplo de los apóstoles (cf Mc 3,14; Hch 2,42-45;4,32),
compartan en sincera comunión fraternal las
oraciones y deliberaciones, los trabajos y los
sufrimientos, los triunfos y los fracasos, y
también los bienes temporales al servicio del
Evangelio» (Const.22)
25. Una condición
fundamental (indispensable) de fraternidad,
de amistad y de comunión es el reconocimiento
y la profunda estima que debemos tener por la
persona de cada uno, por sus valores y cualidades
(ver Const.35). Sólo la aceptación de los cohermanos,
tales como ellos son, abre el camino a la comunión,
a la fraternidad e incluso a la amistad, y proporciona
la posibilidad de «que se fomente la madurez
y responsabilidad de todos los cohermanos, dando
a cada uno oportunidades de tomar decisiones
personales» (Const.36).
IV.1.2 Medios prácticos para desarrollar
la comunión fraterna
- Todos los miembros son iguales
26. La primera
consecuencia de la realidad de una comunidad
apostólica es el hecho de existir un único padre
y ser todos hermanos (ver Mt 23, 8-9). Nuestras
Constituciones afirman esto claramente: «En
la comunidad todos los hermanos son de por sí
iguales» (Const.35).
Existan ciertamente diversas tareas y servicios que realizar
en nuestras comunidades redentoristas, pero
que no alteran la cualidad esencial de la realidad
de ser «hermanos unos de otros». Repasando la
historia y las tradiciones de nuestra Congregación,
nos gana la convicción de que nosotros, los
Redentoristas, necesitamos una conversión radical
en esta materia.
En este punto es importante considerar cómo nuestra comunidad
apostólica atribuye un puesto a aquéllos que
no son sacerdotes, o no puedan ejercer su sacerdocio
activamente: Hermanos, congregados de edad avanzada,
enfermos, neoprofesos. Si queremos tener una
auténtica comunidad apostólica, es necesario
que nuestro modo de tratar a dichos cohermanos
manifieste nuestra creencia de que todos somos
iguales como Redentoristas y de que todos somos
misioneros (Const. 55)
27. La comunidad
redentorista reconoce la condición de misionero
a cada uno de los congregados y confía a cada
cual la responsabilidad de una misión específica,
sea la predicación explícita, sea el ministerio
laical, sea un servicio doméstico en la comunidad.
En el caso de los Hermanos, tenemos que confesar
que aún hay en la Congregación comunidades en
que se les trata más como criados que como cohermanos.
El hecho de que una persona no haya sido llamada
a predicar explícitamente o a celebrar funciones
litúrgicas, no quiere decir que tenga menos
derecho en la participación comunitaria. El
discernimiento del papel de nuestros Hermanos
y de su preparación para asumir las responsabilidades
de su propia misión, tanto personal como pastoral,
es derecho que debe ser respetado y programado.
La comunidad debe prever la posibilidad de trabajo pastoral misionero a nuestras hermanos
que tengan capacidad, preparándoles y confiándoles
responsabilidad en ministerios que no exigen
la ordenación sacramental.
28. El respeto,
la acogida y la atención que dedicamos a los
cohermanos de edad avanzada y a los enfermos
es un testimonio real de amor fraterno en una
sociedad acostumbrada a apartar de la vida normal
a los ancianos y a los enfermos. Va en aumento
actualmente, en muchas (vice)provincias el número
de congregados mayores, es importante que cada
(vice)provincia determine el modo mejor de atender
debidamente a dichos cohermanos. Por un lado
se debe proveer a las necesidades físicas y
sicológicas de dichas personas, y procurar que
no queden abandonadas a sí mismas. Por otro
lado, no se puede esperar que comunidades pequeñas
con compromisos apostólicos atiendan como se
debe a esos cohermanos mayores o enfermos. Cada
(vice)provincia debe afrontar esos problemas,
preparando a los congregados a saber vivir en
medio de las inevitables limitaciones de edad
y de salud, pero satisfaciendo también las necesidades
previsibles de tales personas.
29. Los neoprofesos,
que se encuentran aún en la fase de su primera
formación, deben también ser tratados con respeto.
Debe permitírseles participar en las realidades
de la vida apostólica y comunitaria de la (vice)provincia
en el modo fijando en el programa de formación.
La actitud de fraternidad cristiana requiere,
de parte de esos congregados, que mantengan
una disponibilidad respetuosa y abierta a la
experiencia de los cohermanos mayores, así como
la actitud de duda ante la propia inexperiencia
y falta de práctica prolongada. Por parte de
la comunidad debe existir la buena voluntad
de enseñar con el ejemplo, de permitir nuevas
formas de oración y participación y de conceder
la libertad necesaria para nuevos intentos e
iniciativas. Los congregados jóvenes, que comienzan
a integrarse en nuestro trabajo, no pueden ser
considerados como meros substitutos o continuadores
obligados únicamente a repetir lo que siempre
se ha hecho. La renovación pastoral y comunitaria
es imposible sin una sabia combinación de la
experiencia de los mayores con la creatividad
y energía de los jóvenes. Si queremos una Congregación
siempre renovada, debemos aplaudir a los cohermanos
que se abren a las nuevas necesidades pastorales
y a los nuevos métodos de evangelización.
- Vivir juntos
30. Una comunidad
de comunión fraterna requiere tiempo de cohabitación.
Cada una de las comunidades locales debe buscar
momentos naturales y oportunos para que, al
menos la mayor parte de los cohermanos, puedan
estar juntos. Esos momentos deben sucederse
regularmente: todos los días en las casas en
que la comunidad vive junta, todas las semanas
o meses en las comunidades en que los congregados
tienen que vivir separados. El tiempo de las
comidas es momento natural de comunión fraterna.
La comida en común es el signo más natural de
amistad: quienes comparten el pan, comparten
el medio fundamental de sobrevivencia. Cada
comunidad ha de esforzare para que haya regularmente
una comida en común. Momentos de recreo juntos
son también esenciales, ya sea diarios u ocasionales
de algunas fiestas, momentos vividos en «gaudeamus»
o en paseos fuera de casa, etc.
31. Un segundo
paso de gran importancia son las reuniones comunitarias
regulares. No hablamos aquí de las reuniones
destinadas a decidir puntos prácticos u horarios,
presupuestos, etc., que se deben tener en todas
las comunidades. Revisten más importancia, para
nuestro intento, las reuniones en que se comparten
actitudes, perspectivas teológicas, preocupaciones
y ansiedades, etc. Diversas provincias tienen
programas sencillos de revisión de vida cada
tres o cuatro meses. Tales reuniones se centran
en la lectura de la Sagrada Escritura o de nuestras
Constituciones, dejando un tiempo para la reflexión
personal, para la oración y para la comunicación
de ideas. En momentos como esos es cuando vislumbramos
la vida interior propia y de los otros, pudiendo
así negar a ver las dificultades, necesidades,
alegrías y sufrimientos que constituyen la base
para la comunicación fraterna y para la simpatía
mutua. Entonces es cuando comenzamos a remover
los obstáculos que nos impiden la penetración
en la debilidad humana de unos y otros, y podemos
empezar a proporcionar el apoyo que necesitamos
para la vida.
32. Finalmente,
no podemos pasar por alto el último fundamento
para realizar esta fraternidad cristiana: desear
y pedir la conversión. Necesitamos pedir al
Señor el don de sentir la igualdad fundamental
de todos los cohermanos y de fomentar el deseo
sincero de realizar juntos nuestro proyecto
misionero. La realidad de la comunidad cristiana
requiere la gracia de la conversión, de la humildad,
de la sed de justicia. Esto exige la comprensión
de la oración común y el interés por ella en
todos nosotros.
33. Una tarea
indispensable en todas las comunidades cristianas,
como la nuestra, que desean vivir fraternalmente
el Evangelio, es la asimilación de la Palabra
de Dios en común. Una comunidad que no puede
rezar junta no puede ser una fraternidad cristiana.
La participación en la Palabra de Dios debe
iluminar los acontecimientos de la comunidad
y de los hombres a quienes servimos, de modo
que produzca actitudes concretas de compromiso
por la justicia y la paz. El uso adecuado de
los tiempos de oración comunitaria puede proporcionar
esa posibilidad. Cada comunidad debe tener celebraciones
regulares de la Eucaristía y/o de la Liturgia
de las Horas, de modo que, a través de la homilía
o de las reflexiones participadas, el grupo
pueda ver su centro y su inspiración en el Evangelio
de Jesús. La oración común de súplica, atenta
a nuestra misión evangélica, acredita que «si
dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra
para pedir algo, sea lo que fuere, lo con seguirán
de mi Padre que está en los cielos» (Mt 18,19).
Por consiguiente, lo mismo en casa que en tiempo
de trabajo misionero, reunirse para rezar constituye
la garantía de que testimoniamos la naturaleza
evangélica de nuestra comunidad.
IV.2 «Vivir
una vida pobre en realidad
y en espirito» (C. 68)
34. El testimonio
evangélico de nuestra vida comunitaria y «la
caridad misionera exige que los Redentoristas
lleven una vida verdaderamente pobre, que sea
pareja a la de los pobres que evangelizar. De
este modo demuestran solidaridad con los pobres
y se convierten en señal de esperanza para ellos»
(Const.65).
35. El actual
escándalo de creciente enriquecimiento de algunos,
de una parte, y de progresivo empobrecimiento
de los dos tercios de la humanidad, por otra,
cuando ya van veinte siglos de predicación de
la Buena Nueva de Jesús, necesariamente debe
conducirnos a una revisión de nuestra consagración
de pobreza. Tenemos que reconocer que la pobreza
religiosa ha sido malherida también por el secularismo
y el consumismo, que no sólo aleja nuestro nivel
de vida del de mayor parte de la humanidad,
sino que nos vuelva incapaces de ser sensibles
ante la injusticia social.
36. Sin duda,
dejarse interpelar por los pobres (a pauperibus
evangelizari) significa volvernos conscientes,
como comunidad, de la situación de injusticia
social en el mundo, y testimoniar la posibilidad
de vivir de un modo distinto. Para ello, necesitamos
gracia y decisión de cambiar maneras y actitudes
impropias, a fin de ganar credibilidad para
las propuestas de Jesús.
37. Con profunda
seriedad debemos dedicarnos a recuperar muchos
aspectos de la experiencia y del mensaje de
San Alfonso sobre la vida de pobreza de los
Redentoristas, si queremos responder positivamente
a la llamada que, el tema principal del Capítulo
General, hace a la comunidad. Llamamos la atención
sobre los siguientes cuatro aspectos, que nos
parecen de los más importantes.
IV.2.1 Participación de los bienes
38. Sea cual
sea la teoría que tenemos sobre la pobreza,
de hecho, en nuestras comunidades redentoristas,
la práctica de la pobreza se centra en «una
vida común», o sea, en compartir los bienes
(ver Const. 64). Quizá esta cara de la pobreza
es la única que hoy día es moralmente posible
que podamos manifestar para dar sentido a nuestro
voto de pobreza, tanto ante nosotros mismos
como ante los demás. La capacidad de la comunidad
en compartir sus bienes, de modo que cada uno
reciba lo que necesita, que nadie se sienta
precisado a buscar ayudas fuera de la comunidad,
que nadie pretenda poseer cosas mejores que
los otros, y que todos quieran colaborar con
todo lo que ganan y con su trabajo, no puede
dejar de ser una señal de esperanza para el
mundo. «Poner libremente en común todos los
bienes fomenta de modo excelente la voluntad
de comunión y de participación, sobre todo con
los humildes y los pobres. A ejemplo de Cristo,
quien nos lo dio todo, la pobreza lleva consigo
la comunicación (Est. 044).
39. Compartir
nuestros bienes con nuestra comunidad y Congregación
da testimonio de un modelo alternativo de sociedad
en el mundo capitalista y en el mundo socialista.
Colocar en común nuestros bienes y ganancias
para el bien común y las necesidades del apostolado
es verdaderamente un acto de justicia distributiva,
40. Es también
obligación nuestra compartir nuestros bienes
con ajenos a nuestra comunidad. Esto significa
evitar el enriquecimiento a nivel institucional,
y así damos testimonio de solidaridad concreta
con la mayoría de la humanidad que carece de
riquezas económicas. Si en la Congregación es
inadmisible una actitud de propiedad privada
personal, la propiedad privada de la comunidad
ha de estar constantemente sometida a revisión.
Delante de las necesidades fundamentales de
tantos pobres, tal vez el tren de vida de nuestras
casas, nuestros coches, nuestro mobiliario,
etc., se convierta pecaminosamente extravagante.
Juzgamos que sensatamente nuestro planteamiento
financiero debe tener en cuenta a la generación
actual, sin trasmitir a la siguiente una riqueza
peligrosa,
IV.2.2 Desprendimiento
41. El espíritu
de participación, más arriba mencionado, no
es posible sin una actitud fundamental de desprendimiento,
que fue el timbre de la espiritualidad de San
Alfonso. El desprendimiento nos exige un alejamiento,
a veces incluso geográfico, del modelo de sociedad
materialista y consumista en que nos encontramos:
estar en el mundo, pero sin integrarse en las
in justicias de su sistema (Jn 17,14-15). Si
el deseo de poseer cada vez más y el apego a los bienes materiales (que es realmente
un «signo de nuestro tiempo») se introducen
en nuestras comunidades, en nuestra vida personal,
comunitaria, (vice)provincial, acabará por colocar
el «tener» por encima del «ser», transformándonos
en agentes de injusticia social. Aparece como
importante que en nuestras comunidades examinemos
temas como: reservas monetarias que acumulamos
para el futuro; uso personal de los fondos y
los donativos; nivel de «comfort» o de imagen
que damos con la clase de nuestros coches, diversiones,
etc.; duración y frecuencia de nuestras vacaciones,
etc. No existen respuestas fáciles para estas
cuestiones delicadas, ni se logra en un instante
el acuerdo o la concordancia. Tales decisiones
sólo se pueden alcanzar con un deseo profundo
de conversión al Señor «el cual, siendo rico,
por vosotros se hizo pobre, a fin de que os
enriquecierais con su pobreza» (2Cor 8,9). Este
sentido de desprendimiento constituye un signo
importante que nuestra comunidad fraterna puede
ofrecer a nuestro tiempo y a un mondo que no
anhela compartir lo que posee sino salvaguardarlo
lo más posible.
IV.2.3 Austeridad
42. Nuestro compartir
con otros será consistente sólo si cada uno
procura limitar sus propias apetencias y trata
de evitar crear «necesidades artificiales»,
que transforman lo que sólo es útil en algo
«indispensable» y lo que realmente es superfluo
en «necesario». Austeridad quiere decir contentarse
con aquello que es necesario para nuestra vida:
alimentación suficiente, vivienda decente, salud
congruente, formación primera y continuada,
instrumentos necesarios para el trabajo pastoral
y medios apropiados para el descanso y recreo.
La eliminación de la acumulación de bienes o,
lo que aún es más importante, de creación de
necesidades artificiales, depende de una sensibilización
social radicada en el Evangelio. La llamada
de Jesús a no olvidarnos, en su presencia, de
los pobres que nos rodean y de las urgentes
necesidades materiales de tantísimos otros,
está pidiendo a la comunidad una respuesta.
No podemos justificar gastos en cosas superfinas
para nosotros, nuestras casas, nuestras provincias,
cuando con ese dinero podríamos costear lo que
es necesario para la sobrevivencia de otros
seres humanos. «Como miembros de un Instituto
destinado a la evangelización de los pobres,
los congregados tengan una fina sensibilidad
ante la pobreza del mundo y los graves problemas
sociales, que angustian a casi todo los hombres«
(Est. 44).
IV.2.4 Nuestras
casas
43. Los proyectos
de nuevas fundaciones deben tomar en serio la
práctica de San Alfonso en cuanto a la situación
de nuestras casas, o sea, que se establezcan
entre aquéllos que estamos llamados a servir,
para estar siempre a su disposición. Es un hecho
descubierto por la sociología que el lugar social
en que se vive condiciona fuertemente el comportamiento
y la actitudes de cada uno. Fuimos fundados
especialmente para evangelizar los pobres; por
consiguiente, debemos vivir donde ellos se hallan.
Uno de los grandes escándalos de nuestra Congregación
consiste en que algunas (vice)provincias se
atan a fundaciones por un ideal mal entendido
de que, por perseverar abierta una fundación,
la Congregación está obligada a mantener un
trabajo en ese lugar. Atarse a fundaciones que
perdieron casi enteramente la razón de ser de
la presencia de los Redentoristas está en contradicción
con una de la características fundamentales
del desprendimiento redentorista: «Abrácense
de buena gana con aquellas situaciones que tal
vez les llamen a pasar de un lugar a otro para
vivir así en espíritu de abnegación, la libertad
evangélica» (Const. 67). En muchos casos, ese
apego impide el lanzamiento de iniciativas que
podrían servir mejor a los abandonados, especialmente
a los pobres.
IV.3 Comunidad abierta
44. Evangelizar
a los pobres y ser evangelizados por ellos significa
que nosotros, como comunidad, tenemos que estar
próximos al pueblo. Esto ha sido una tradición
fuerte desde el comienzo mismo de la Congregación,
y cobra mucho resalte en nuestras Constituciones.
«Para desarrollar eficazmente la acción misionera en cooperación
conjunta con la Iglesia, se requiere un adecuado
conocimiento y experiencia del mundo. Por eso,
los congregados entablan confiadamente un diálogo
misionero con éste. Interpretando fraternalmente
los angustiosos interrogantes de los hombres,
procuren discernir los signos verídicos, que
ellos dejan traslucir, de la presencia y los
designios de Dios» (Const. 19).
La comunidad «debe estar abierta al mundo que los rodea
a fin que, en diálogo con los hombres, conozcan
los designios de los tiempos y lugares y se
adapten mejor a las exigencias de la evangelización»
(Const. 43).
45. Una de las
más importantes tradiciones de nuestra Congregación,
ya desde el principio, es la llamada «misión
permanente», iniciada por el propio San Alfonso,
Uno de los elementos de esa misión era la oración
con el pueblo: dos veces por día, la comunidad
hacía meditación juntamente con el pueblo en
nuestras iglesias, además de la visita al Santísimo
Sacramento. Esta tradición se perdió cuando
comenzamos a reunimos en la capilla de nuestras
casas para la oración de comunidad.
La oración manifiesta nuestra fe, y cuando la hacemos juntamente
con el pueblo, se transforma en plegaria auténtica.
Invitar al pueblo y facilitarle la participación
en nuestra vida de oración común es expresión
de espiritualidad alfonsiana que vale la pena
recuperar.
46. El último
Capítulo General puso en mucho relieve nuestra
colaboración con los seglares. No la debemos
restringir a la colaboración en el apostolado;
sí es ley esencial de nuestra vida el vivir
en comunidad y ejercer nuestro apostolado a
través de la comunidad (ver Const. 21), esto
implica de alguna manera a los seglares, que
colaboran con nosotros, en nuestra vida de comunidad.
Concebir de este modo la colaboración de los seglares puede
vitalizar el inoperante concepto de oblatos.
Animamos a las Provincias a que promuevan nuevas formas
de asociación con los seglares, a que programen
asociaciones con ellos, a que compartan con
ellos las experiencias.
47. Nuestras
comunidades tienen una misión especial ante
los jóvenes. Muchos jóvenes buscan la experiencia
de acogida, de comunidad y de participación,
mediante la cual lograr descubrir el sentido
y la orientación de la propia vida. Nuestras
comunidades podrían desempeñar ese papel.
En su mensaje a los Redentoristas, tras el encuentro de
Pagani, los jóvenes decían: «Precisa ser corroborado
el don de mantener viva la posibilidad de que
los jóvenes encuentren a Cristo. Para ellos
es necesario que abráis vuestras casas como
lugares de acogida y de oración a los seglares,
y especialmente a los jóvenes, que son los nuevos
pobres del mundo...No tengáis recelo en participar
con nosotros la espiritualidad de San Alfonso
en su tiempo y en sus circunstancias de vida».
48. «En ciertos
casos los congregados, con el consentimiento
de la comunidad, pueden sentirse movidos a compartir
realmente la penuria y la inseguridad de los
pobres de más humilde condición» (Est. 045).
Todas las comunidades redentoristas deben estar
próximas al pueblo; pero no todas hay que incluirlas
en el contenido de este Estatuto.
En algunas Provincias, especialmente del Tercer Mundo,
algunas comunidades están practicando las recomendaciones
de este Estatuto viviendo como «comunidades
insertas», esto es, como comunidades que adoptan
el modo de vida de los pobres entre los que
viven, y actúan con ellos en la lucha por la
liberación. Grande es nuestra estima por tales
comunidades y cohermanos.
Sin embargo, la vida en estas comunidades insertas puede
hacerse difícil, y a veces puede ejercer gran
presión sicológica sobre los cohermanos. Por
eso, necesitan del pleno apoyo de la Provincia.
Dicho de otra forma, el Gobierno Provincial
debe proporcionar también a esos congregados
espacio y tiempo para vivir en verdadera comunidad
redentorista, a fin de evitar el peligro del
desgaste.
49. Muchas Provincias
sienten dificultad en comprender y en practicar
la segunda parte del tema principal «a pauperibus
evangelizari».
Un modo de descubrir su sentido puede ser abrir más nuestras
casas a las personas; compartir con ellas la
fe, la oración, el discernimiento; trabajar
con ellas, evitando sin embargo perturbar la
vida personal de los demás congregados.
Estamos convencidos de que una conversión de nuestro modo
de sentir y vivir la comunidad, así como nuestra
vida persona], puede producir una mayor apertura
en nuestra vida de comunidad.
V. CONCLUSIÓN
50. En nuestro
primer Communicanda sobre el Tema Principal
presentábamos unos puntos de reflexión; algunos
de ellos se referían a «Vida comunitaria y solidaridad
con los pobres» (ver Communicanda 4,
n. 9.3).
A ello queremos referirnos de nuevo.
«...que la vida común de los congregados se adapte verdaderamente
a la mentalidad de cada región y ofrezca un
testimonio eficaz de pobreza y solidaridad con
los pobres...» (Est. 046.2).
Nuestro estilo de vida en las comunidades debe corresponder
a la situación de las personas entre las que
vivimos y trabajamos. Lo que se llama «aculturación».
Nuestra opción por los pobres nos pide también
una sencillez de vida que haga más auténtica
nuestra predicación a los pobres.
-
¿Nuestro
estilo de vida ¿refleja nuestra solidaridad
con los pobres a los que anunciamos el Evangelio?
-
¿Vemos
alguna posibilidad de participar en la penuria
e in seguridad de los pobres, como propone el
Est. 045?
-
¿Cómo
nos portamos ante el dinero (en nuestro modo
de poseer, de invertir, de gastar)?
-
¿Cómo
practicamos la solidaridad con los pobres dentro
de nuestra misma Congregación?
51. Muchos viven
en el mundo solos, alienados y sin esperanza.
Buscan una alternativa a su experiencia diaria
en la sociedad en que viven. Desean alcanzar
y experimentar la Buena Nueva, que es redención
copiosa y liberación. Intentamos vivir esa alternativa
en nuestras comunidades, como proclamación profética
y liberadora de esa Buena Nueva.
Pero cuando, llegado el momento en que el Señor les abre
la puerta de la predicación (Col 4,9), los Redentoristas
están siempre dispuestos a dar razón de la esperanza
que los anima (ver 1Pd 3,15).
Nuestra predicación explícita de la Palabra complementa
el testimonio tácito de la presencia fraterna
con el anuncio confiado y constante del misterio
de Cristo (ver Const.10).
Fraternalmente vuestro en Cristo Redentor,
Juan M. Lasso de la Vega, C.Ss.R.
Superior General